13 de Agosto de 2017

Nada más despegar del Aeropuerto Internacional Ataturk de Istambul , el Boeing 777 en el que íbamos enfilaba dirección Ankara para cruzar el país de oeste a este. Luego vendría Irán, el sur de Pakistán, la India hasta Calcuta y de allí ya se disponía a cruzar el mar de Andamán hasta llegar a la altura de Pukhet donde giraba en dirección al estrecho de Malaca para volver a ver tierra firme a la altura de Penang, ya en Malasia. Todo esto en algo más de 10 horas de las cuales me pasé durmiendo o en un estado de semi inconsciencia la gran parte del vuelo. Como todos sabéis, volar no es que me haga demasiada gracia y no estaba dispuesto a pasar una hora tras otra intentando analizar el porqué de ese ruido o descifrando las facciones de la tripulación para ver si algo iba mal así que recurrí a la vieja escuela, diazepán y vino, nunca falla, con lo que me desperté como quien dice ya bajando del avión y lo que queríamos: en tierras Malayas!

Serían algo más de las 17:00 hora local y desde ese momento nuestra única fijación fue recoger equipajes y largarnos para el hotel a pegarnos una más que merecida ducha.

Primero, por eso, has de pasar el control de pasaportes, en nuestro caso nada más que un mero trámite pero para el que te has de comer una buena cola de alrededor de tres cuartos de hora, luego viene el momento equipaje y el por favor que haya llegado y luego el momento a ver como coño vamos ahora hasta la ciudad.

Opciones hay varias, de más rápidas y de más lentas, de más baratas y de más caras, todo depende de lo que busques en ese momento.

Si a estas alturas aún tenéis el chichi para farolillos, en la planta inferior de la estación encontrareis autobuses que por poco más de RM10 te llevan al centro de la ciudad en algo más de una hora.

Nosotros, después de 48 horas sin pillar una cama ya no estábamos para ostias y decidimos ir por la vía rápida, el KLIA exprés, un tren que te deja directamente en KL Sentral, el nudo de transportes de la ciudad y bien comunicado con prácticamente toda ella. En nuestro caso, a tan solo una parada de metro de nuestro destino así que ni lo pensamos, eso sí, barato no es, ya que te sale al final la broma por RM55, eso es un poco más de 10 euros, pero en menos de tres cuartos de hora ya estábamos entrando por la puerta de nuestro hotel, el 5 Elements, en pleno Chinatown.

El hotel está bien, sin pretensiones pero todo en su lugar, una habitación en la décima planta con Petaling street a nuestros pies y una cama enorme para recuperar todo el sueño pendiente hacen que todo lo demás ya nos parezca bien y después de una ducha reconstituyente, terapia de choque y directo hacia el mercado de Petaling, o sea, Chinatown en estado puro y, igual, demasiados estimulos para nuestros destartalados cerebros a estas alturas. De todas formas ya ha servido para poner la puntita del pie en el agua para ver a que temperatura está, primera cena impronunciable e indescifrable para mí y primer pollo al Limón para Adri y ahora si, por fin, más de 48 horas después de tocar una cama por última vez, podíamos decir que íbamos a descansar, que ya habíamos llegado y que mañana, empieza eso que desde el pasado mes de enero venimos buscando. Malasia, allá que vamos…

14 de Agosto de 2017

Ya no es que hacía más de 48 horas de la última vez que había estado tumbado en una cama sino que las últimas veces que lo hice, aún en mi casa de Terrassa, con la emoción previa inherente a cualquier viaje, no era capaz de dormir más de tres o cuatro horas seguidas y es por eso, que las 8 o casi 9 horas que dormimos en nuestro cuarto de la decima planta del 5 Elements me supieron a gloria como nunca antes lo había hecho.

Así que con las pilas algo ya cargadas, que no del todo, ni mucho menos, era hora de ponerse en marcha, aunque no todo iba a ser tan fácil como nos pensábamos.

El primer obstáculo: la fuerza de atracción que por lo visto tenía el lado de la cama de Adri, no había manera de que se levantara y a mi ya no me quedaban más cosas para tirar al suelo. Lo siguiente era ya romper la ventana a ver si con el estruendo lo conseguía pero no era plan.

El segundo: la mierda de día que hacía, pero mierda, mierda, eh. Lo ideal, vamos, para patearnos la ciudad.

Pero en fin, no nos hemos vestido así para nada así que serían poco más de las 10 de la mañana que salíamos del hotel, ya desayunados, en dirección Menara Tower (o KL Tower), a unos 20 minutos del hotel andando, y es que si de algo nos hemos dado cuenta en el poco tiempo que llevamos en esta ciudad es que todo, o prácticamente todo, esta a una distancia caminable, y eso nos gusta.

O al menos esa era la intención pero no habían transcurrido ni 10 minutos que nos caía encima la primea tromba de agua del día y del viaje. A ver, a ver, no podemos estar así todo el día, tenemos que buscar un plan B.

Y rápidamente lo encontramos, o eso creíamos al menos al principio. Que cual era? My hop On hop Off. O lo que es lo mismo: el típico bus para guiris que van recorriendo las calles y parando cerca de los principales atractivos turísticos de la ciudad. En la teoría que nos habíamos montado en nuestra cabeza, el bus nos iría llevando a los mismos sitios que queríamos ver, pero nos ahorrábamos los trayectos a pata entre unos y otros y con ellos el riesgo de que nos pillara en pelotas alguna tromba de agua más. Veríamos, además, otros lugares que de otra forma no veríamos ya que también abarcaba barrios más periféricos de la ciudad e, incluso, llegaba hasta el palacio presidencial. Así que, con nuestra motivación hecha a medida, pagamos los RM55 (11 eurazos, si si) que valía el billete para 24 horas por persona y nos subíamos, por primera vez en mi vida, en bus de estos.

Pero que va, nada más lejos de la realidad. En mis cálculos mentales previos a comprar el billete no caí que Kuala Lumpur debe ser una de las ciudades más congestionadas en cuanto a trafico que existen en Asia con lo que el entre parada y parada se convertían en una eternidad y, al final, tardábamos más de dos horas en llegar a los pies de la Menara Tower, pero en fin, a lo hecho pecho, que dicen por ahí y a seguir con esta historia.

La Menara Tower (o KL Menara) es la séptima torre de telecomunicaciones más alta del mundo y sirve como una genial toma de contacto con la ciudad ya que desde ella puedes coger una perspectiva de esta que os será muy útil para organizaros un poco. Además, las vistas de 360 grados que tienes desde arriba son de esas que quitan el hipo, eso os lo aseguro.

La entrada es cara, eso sí, subir arriba, al Sky Desk, que es el punto más alto al que puedes subir y que además esta a cielo descubierto tiene un precio de RM105 por persona (también te entra el pase al Observatori Desk, a una altura inferior y cubierto por cristaleras), eso son unos 21€ nada más y nada menos. Es por eso que la mayoría de gente se decide por una de las dos torres de la ciudad, o esta, o las Petronas, de precio más o menos similar. Nosotros nos decidimos por esta más que nada porque las vistas de las torres que se tienen desde aquí no se consiguen desde ningún otro lado pero sin más, al no haber estado en las otras pues mucho no puedo opinar. Bueno, poder sí que podría, pero me lo estaría inventando, aunque visto lo visto, esto de inventarse cosas no es nada del otro mundo en esto de los blogs de viaje y demás, y con el cuchillito ya lanzado en busca de su destinatario, si os parece os sigo contando cómo fue esto de la Menara Tower, va.

La entrada la puedes comprar por internet también, aunque en este caso no vale mucho la pena ya que la poca cola que hay va bastante por faena, luego, donde ya sí que tienes que esperar es en los ascensores para subir, que aunque suban a toda ostia, solo hay dos y eso hace que abajo se congestione un poco pero vamos, tampoco nada del otro mundo.

Una vez fuera, pues lo típico, selfie por aquí selfie por allá, los japos haciendo que cogen con la mano las torres Petronas, lo de cada sitio, vamos. Pero las vistas la verdad que valen la pena, abarcas toda la ciudad y sus alrededores, y con cielo despejado, incluso puedes llegar a ver el mar.

Uno de los platos fuertes de este Sky Desk son las dos plataformas con el suelo de cristal, no aptas para gente con vértigo en las que hacerte una foto de esas que quedan de puta madre en el Instagram y demás. Aunque he de reconocer que el momento de dar el primer paso y ver los así 400 metros que tienes por debajo te ponen los huevos un poco por corbata.

Y con nuestras fotikis ya hechas pues a seguir, que esto es solo el comienzo.

Para bajar, más de lo mismo, un ratito de cola esperando el ascensor, oídos que se destapan al bajar en él, y otra vez en el bochorno de la calle.

Con todo, ya era la hora de comer y esta nos ha recibido con un señor chaparrón. Pero de los guapos eh. Así que momento para aprovechar, arroz con curry y para la habitación mientras amaina un poquito.

Lo bueno de los chaparrones de aquí es que tan rápido como vienen, se van, y a las 18 de la tarde ya estábamos de nuevo en movimiento, con la idea de ir primero a echar un vistazo al mercado de comida de Jalan Alor, de camino a las Petronas, y luego, ya que estábamos al lado, sacar la cabeza en el Centro Comercial Paviliun, uno de los más modernos y pijos de por aquí.

Lo bueno de todo esto es que entre uno y otro hay apenas 200 metros de distancia, aunque la diferencia entre uno y otro es abismal, en uno puro lujo, con Cartier y compañía, aires acondicionados a toda máquina y una pulcritud quirúrgica. En el otro, centenares de puestos callejeros de comida, compitiendo por ver quien grita más fuerte para atraer tu atención mientras andas bajo un bochorno insufrible intentando distinguir entre los miles de olores que te llegan a la vez. Esto es Kuala Lumpur, esto es Asia.

Pero ni uno ni otro era nuestro objetivo de la tarde. Nuestro objetivo no era otro que las famosas Torres Petronas, imagen icónica de la ciudad desde su construcción en 1998 y que albergan la sede de la compañía nacional de petróleo y gas. La verdad que impone verlas desde abajo, con sus 88 pisos y sus 452 metros de altura, una enfrente de la otra, allí, como si nada. Todo en ellas hace referencia al Islam, desde su planta baja en forma de estrella de ocho puntas o los cinco niveles que tiene cada torre en referencia a los cinco pilares del Islam y el mejor sitio para contemplarlas, sin duda es el parque KLCC, a tiro de piedra desde el centro comercial Pavilion, mediante unas pasarelas elevadas que te llevan directo al parque.

En este, cada día, a las 20, a las 21 y a las 22 las fuentes se iluminan para crear un espectáculo acompañado de luz y sonido para los centenares de asistentes, guiris y no guiris, que andan por allí para conseguir la mejor visión de las torres que uno puede tener, iluminadas de arriba abajo, resaltando entre la negra noche. Un imprescindible de la ciudad, sin duda.

Y una vez visto y de soltar el oh de rigor al acabarse el espectáculo, pues a desandar lo andado y a buscar sitio para comer. Podíamos elegir entre la pulcritud de postín del centro comercial y la autenticidad con olor a fritanga de Jalan Alor y, obviamente, nos hemos decantado por el segundo. Lo que hemos comido? Pues muy bien no sé, yo la verdad que me como todo lo que me ponen delante pero aún no sé muy bien lo que he comido en ninguna de las comidas que hemos hecho desde que estamos aquí, pero bueno, sin problema, de momento el estomago resiste. Y en cuanto a Adri, pues es más sencillo, pollo por aquí y pollo por allá aunque ya empieza a soltarse y a probar cosas distintas, tiempo al tiempo.

Y con todo, nuestro día ya no daba para más y reventados como estábamos, eran las 23:00 que entrabamos ya por la puerta del hotel para decir adiós a nuestro primer día real en esta ciudad, país, continente y no se cuantas cosas más.

Y como siempre sabiendo que mañana más, y mejor…

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