15 de Agosto de 2017

Y mira que lo dijimos convencidos anoche, eh: – Si, si, mañana sin falta a las 7:30 en pié y a las 8:00 desayunando para aprovechar el día al máximo!

Claro que si, guapi. Pues nada, que eran las 10 pasadas cuando, por esas casualidades de la vida, abría un ojo para mirar el reloj. Ni al desayuno hemos llegado!! Si es que quien vale, vale.

Total, estamos de vacaciones y si en lugar de salir a las 8 del hotel salimos a las 11, pues tampoco pasa nada, al menos ya hemos recuperado todo lo que hemos ido dejando por el camino estos días, eso seguro.

Y eso que el orden del día de hoy iba cargadito de cosas que hacer y empezaba fuera de Kuala Lumpur, concretamente en las Batu Caves, a unos 15 quilómetros del centro de la ciudad. Estas son un enorme complejo de templos, entre los más sagrados de Malasia para los hindús, situados cada uno en una cueva distinta del enorme sistema de grutas que hay en las montañas de esta localidad a las afueras de Kuala Lumpur.

Las Batu Caves

Llegar a ellas es fácil, y barato. Para ello solo tienes que llegar a la estación de KL Sentral, en nuestro caso a tan solo una parada de metro de donde estábamos nosotros y coger el KTM de la línea 2, cuya parada final es precisamente Batu Caves, el precio son RM2,60 y tardas aproximadamente una media hora en hace el trayecto, eso sí, a tener muy en cuenta, para este y para todos los transportes públicos de Malasia en general: entrar a un vagón de estos es como cruzar más allá del muro. El aire acondicionado esta tan fuerte que nada más poner un pie en el vagón, todo el sudor que el enorme bochorno que casca fuera te ha dejado por la ropa se te congela al momento, las temperaturas bajan por debajo de cero y los caminantes blancos aguardan en cualquier esquina así que ya sabéis, que nunca falte algo de abrigo en vuestras mochilas si no queréis pasar un muy mal rato.

Por la demás, lo que decíamos, no tiene pérdida, y nada más bajar de la estación unas pasarelas te llevan del tirón a la entrada del complejo.

El primer templo que nos encontramos es la Cueva de Ramayana, con una enorme figura que flanquea la entrada de este dios hindú. Una vez dentro, encontramos todo de escenas de la epopeya india de Ramayama, no os engañaré, es algo difícil de ver, o mejor dicho, de tomarse en serio, ya que las figuras parecen sacadas de un libro para niños, pero vale la pena dedicarle un rato en leer los fragmentos de cada escena para ponerse un poco en situación. Yo confieso que a partir del quinto o sexto cartel ya pase de todo y me dediqué únicamente a intentar no morir deshidratado y es que, no veas lo que se llega a sudar allí dentro, la humedad debe ser de prácticamente el 100% y las empinadas escaleras para llegar a un linga de origen natural, símbolo de Shiva, que te encuentras en lo alto de la cueva no ayudan a tal labor. Pero vale la pena, la verdad. Por cierto, la entrada son RM5, que se me olvidaba.

Una vez fuera ya lo suyo es dirigirse a la Cueva del Templo por una avenida por la que ya empiezas a ver a todo de Maras formadas por macacos asesinos, atentos a cualquier descuido par hacerte la trama y robarte cualquier cosa que puedan pillar. En las pocas horas que estuvimos allí fuimos testigos de varios intentos de asalto, la mayoría, como no, a chinos confiados que se piensan que son de peluche.

Desde lejos (de hecho desde el mismo tren ya se ve) se divisa la enorme estatua de Murugan, de más de 40 metros de altura y de un color dorado que resalta delante del verde de la selva de alrededor. Y lo mejor de todo, lo que empieza a los pies de esta estatua, nada más y nada menos que 272 escalones con la máxima humedad que uno se puede tirar a la cara que hacen que se hagan eternos, pero como todo lo eterno, siempre acaba.

Una vez arriba se abren dos enormes cuevas conectadas entre ellas por otro tramo de escaleras (por si no teníamos suficiente) y en la última de ellas es donde se encuentra la estatua del dios Murugan que se colocó en el año 1890 para fundar el templo.

Al loro porque volvemos a estar en territorio de Maras y los monos campan a sus anchas intentando hacer el mal. Mil ojos, estáis avisados.

Con todo la mañana ya estaba llegando a su fin, y era hora de volver a la ciudad a terminar lo que teníamos pendiente.

La idea era comer en el centro en un restaurante del que habíamos leído muy bien pero nos ha vuelto a pasar lo mismo que nos viene pasando desde que llegamos. Los horarios de las cocinas son infernales, cerrando al mediodía la mayoría a las 14 y por la noche a las 21:30, y nosotros que vivimos en los mundos de yupi pues una y otra vez haciendo el canelo y teniendo que buscar alternativas para comer que, en la mayoría de los casos, responden al nombre de mercados callejeros.

Plaza de la Merdeka y alrededores

Una vez ya comidos, pues a patear, empezamos en la estación de Masjid Jamez y saltamos a la mezquita del mismo nombre, situada en una salida de esta. Desde allí tienes a tiro de piedra la famosa Plaza de la Merdeka, una plaza gigantesca donde se proclamó la independencia del país a mediados del siglo pasado y que está flanqueada por todo de edificios de la época colonial y que, para joder un poco, no pudimos ver y es que, por lo visto, en unos días celebran algo gordo gordo por aquí y la plaza está convertida en un enorme estadio a base de andamios y gradas que hacen que no puedas ver absolutamente nada. Pero nada, nada.

Así que más rápido imposible. Continuemos pues.

Desde aquí la idea era la de entrar de nuevo en Chinatown, para terminar de patearlo por última vez y visitar un par de rincones que aún teníamos pendientes.

El primero era el templo de Sri Mahamariamman, el más antiguo de Malasia y posiblemente uno de los más vistosos. La entrada es gratuita y para hacerlo has de dejar los zapatos en una especie de consigna que hay en la entrada. Dentro encontramos varios templos alrededor del templo principal, uno dedicado a Parvati, otro a Ganesh y otro dedicado precisamente a Murugan, y donde encontramos una estatua que desfila en una carroza desde el templo hacia las Cuevas de Batu, en donde hemos estado esta mañana.

De aquí al Mercado Central, situado en un edificio de la época de la colonia en donde se puede encontrar absolutamente de todo, sin duda el lugar indicado para aquellos que guste de comprar souvenirs, aunque con los precios un poco por arriba de lo que te puedes encontrar en el vecino mercado de Petaling. Supongo que el aire acondicionado se paga, será.

Y entre vuelta y vuelta, otro día que llega a su fin. Aunque el fin de este no es una cama enorme como estos dos últimos días, que va, nada de eso.

En un par de horas tenemos que estar en la TBS Station para coger un autobús que nos lleve hasta Mersing para tomar el ferry hacia Pulau Tioman y, la verdad, que no las tenemos todas.

Resulta que, teóricamente, el bus llegaba a Mersing a las 5:00 de la mañana y el ferry partía de allí a eso de las 6:00, pues bien, hoy, en una paradita para tomarnos un café que hemos hecho y en las que aprovechamos para mirar el correo y demás, los de la compañía del ferry nos han dicho que la salida de este se adelanta a las 5:00 am por las condiciones del mar, es decir, en teoría, todo siempre en teoría, nuestro autobús llega a la misma hora que sale el ferry, si no contamos, claro está, con los 90 minutos que te piden que llegues antes, pero eso ya es otra historia. Total, que le tiramos y ya veremos qué es lo que va a pasar, por ahora, nos despedimos de esta ciudad con un sabor nada amargo.

Es obvio que está atrapada entre sus vecinas Bangkok y Singapur y eso es un lastre que le pesaría a la gran mayoría de ciudades del mundo sin embargo Kuala Lumpur sabe explotar sus virtudes hasta el punto de hacer de su multiculturalidad el principal activo para quienes pasamos por aquí de visita. En muy pocos sitios, por no decir en ninguno, he visto convivir culturas tan distintas con tanta naturalidad y eso es algo que atrapa de esta ciudad, el poder desplazarte por el mundo entero con solo girar una calle, el descubrir por los olores que te llegan en qué país estas en ese momento, el poder admirar monumentos o templos Chinos, Hindúes, Cristianos o musulmanes, pared con pared, codo con codo. Y eso es algo, que en muchos lugares, se tendría que aprender, que la diversidad, siempre, en todas las circunstancias suma, nunca puede restar.

Mientras tanto, ya sabéis, seguimos!!

 

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