8 de Setiembre de 2017

Tiene huevos la cosa: hace menos de una semana regresábamos de un viaje de más de veinte días por la Malasia Peninsular y Borneo, improvisando una y otra vez, reservando hoteles sin apenas antelación, y yendo a la caza de ferris sin tiempo físico para llegar, pero llegando, y ahora aquí nos ves a los dos: en una tienda 24 horas en la Playa de las Canteras, en la isla de Gran Canaria, en busca de la llave de nuestro apartamento que nadie dejó y con los dos únicos teléfonos que teníamos apagados o fuera de cobertura. La madre que nos parió.

Habíamos llegado a Gran Canaria sobre lo previsto y utilizando la estrategia de siempre: uno se queda esperando la maleta que, como de costumbre, Ryanair nos factura con la excusa de que no hay espacio en cabina y el otro se va cagando leches a por el coche. Todo bien, perfecto, pues sigamos.

La verdad es que habíamos hablado con nuestro anfitrión unas horas antes y nos aseguró que su madre llevaría la llave al 24 horas esa misma tarde, como hacen muchas veces, que no nos preocupáramos así que la cara que se nos quedó cuando las chicas de la tienda nos dijeron que allí no habían dejado nada fue un poema. Eran algo más de las 3 de la madrugada, estábamos petados y, la verdad, esa situación nos daba un palo tremeeeendo. Pero bueno, que le vamos a hacer, tocaba buscar soluciones.

El recurso fácil era meternos a sobar en el coche, lo habíamos dejado en un parking justo en frente del apartamento por unos 25€ los tres días (lo jodido de la playa de las Canteras es que el coche o lo metes en un parking o te lo comes con patatas) y mañana cuando se despertara nuestro anfitrión o su madre y vieran las cuatrocientas mil llamadas perdidas que tenían en el móvil cagarnos en sus muertos, con mucha educación, claro, y que nos trajeran las llaves y, con ellas, la pasta, está claro.

La otra opción que teníamos era pillar una cerveza en el 24 horas (ya que estábamos) y seguir un rato más dándole caña al teléfono, si no dormía yo no dormía ni cristo y en esas nos hemos pasado un buen rato, que se yo, una hora igual, hasta que al final, por pesaos, hemos conseguido hablar con ellos. La Primera que ha pillado el teléfono ha sido la madre que, con voz de ultratumba, nos ha pedido disculpas una y mil veces, pasándole el marrón a su hijo que le dijo que era mañana cuando tenía que dejar las llaves. Me da igual de quien es la culpa pero ya puedes venir hacia aquí y dicho y hecho. 15 minutos después se bajaba de un Taxi la pobre mujer, sin parar de pedir disculpas, hasta el punto de que nos supo hasta mal. Sin problema mujer, ya está solucionado, ahora todos a dormir y mañana será otro día.

Y justo al cerrarse la puerta ha sido el hijo quien dio señales de vida, acojonado para que no le pusiera ningún comentario negativo y regalándonos noches gratis para olvidar lo ocurrido. En verdad yo ya estaba dentro y eso era lo que quería, para nada era mi intención ponerlo a parir así que por nuestro parte olvidado. Ya estábamos en el apartamento y, ahora sí, empezaba nuestra escapada de 3 días a Gran Canaria. No queríamos nada más.

9 de Setiembre de 2017

Como dios. Así podríamos definir el estado en el que dormimos y es que, al final, con todo el trajeteo estábamos reventados y cuando pillamos la cama, la verdad, es que costó soltarla, pero a pesar de todo no habíamos venido a Gran Canaria a dormir con lo que poco después de las 9 de la mañana empezábamos el desperezamiento para empezar a movernos por la isla y, concretamente, por el noroeste de esta.

El Noroeste de Gran Canaria

Unas buenas Crepes de Nutella ayudaron para tal labor y, después de una pequeña toma de contacto con la Playa de las Canteras, cogíamos el coche para dejar la capital y las negras nubes que sobre ella habían para recorrer la carretera que cruza el norte de la isla, la GC 2, que sale desde prácticamente la misma playa y llega hasta Agaete, hacia donde nosotros nos dirigíamos. Por el camino vas dejando atrás algunas poblaciones de interés como Guia o Gáldar aunque, a decir verdad, ninguna nos llamaba mucho la atención sino que íbamos a tiro fijo no hacia un lugar en concreto, sino hacia una carretera.

En concreto la carretera que une Agaete, donde termina la autovía, con la Aldea de San Nicolás. Esta carretera discurre durante unos 30 quilómetros cruzando acantilados volcánicos que caen directamente al mar, con algunos tramos no aptos para gente con vértigo y que te pone de lleno en situación, con áridos valles en los que de repente crece la vegetación y que los habitantes de la zona han sabido leer a la perfección para sembrar las tierras.

Son 30 quilómetros de curvas, a cada una más cerrada y con escasos miradores en los que parar con lo que has de guardar rápidamente en la retina lo que ven tus ojos pero sin dejar de vista la carretera si no quieres acabar formando parte del imponente Océano Atlántico, único dueño y señor del lugar.

Sin duda una de las carreteras más bonitas que he recorrido últimamente y muy recomendable si te gusta conducir, sino ahórratelo, lo pasarás de pena.

La carretera termina en el pequeño Puerto de la Aldea antes de entrar en la Aldea de San Nicolás, el principal municipio de la zona y en donde, casualmente, estaban celebrando su Fiesta Mayor.

Por desgracia para nosotros, a esas horas, el principal evento era la Feria de Ganado y, la verdad, ver todo de animales bajo un cañizo con la chicharra que estaba pegando pues como que muy motivador no era, no nos vamos a engañar así que vueltecilla por el pueblo de rigor, cuatro fotos y de vuelta a la carretera a desandar lo andado. Nos volvíamos a Agaete y si, de nuevo por la carreterita del amor.

Agaete y el Puerto de las Nieves

Agaete en sí, es un pequeño y tranquilísimo pueblo que bien merece una paseadita. No os penséis que os tirareis allí mucho rato, eh, nada de eso. En el centro del pueblo encontramos el Huerto de las Flores, un pequeño jardín botánico con todo de ejemplares traídos del Caribe y de otras zonas del planeta (poco vistoso, a nuestro parecer, como mínimo en esta época del año) y de allí sale la calle de la Concepción, con todo de casas típicamente canarias, con sus balcones de madera, que dan a la plaza donde se encuentra la iglesia del mismo nombre, junto con alguna que otra taberna de esas que a mí me gustan, de las de toda la vida, para tomar cañas de pié y tirar las cascaras de los cacahuetes al suelo. Al final, poco más da de sí este pequeño pueblecito con lo que rápidamente hemos cogido dirección el cercano Puerto de las Nieves, donde encontramos una de las imágenes más características de Gran Canaria, bueno, encontrábamos, mejor dicho. Se trata del dedo de dios, que debido a un temporal en el 2005 pasó de dedo a muñón. Cosas de la naturaleza, y aquí sí que no hay nada que hacer.

Este puerto fue el principal puerto de la isla hasta el siglo XIX y mantiene ese ambiente pesquero que lo caracteriza: sus casitas bajas de blanco radiante en contraste con el negro de las formaciones basálticas que rodean el pueblo le dan ese encanto que solo puedes encontrar aquí, en las Canarias.

Su playa es de guijarros con lo que si tenéis previsto pegaros un chapuzón mejor llevar de esas zapatillas, escarpines se llaman, para poder meteros en el agua sin parecer medio tonto caminando, aunque si os van los saltos siempre podéis lanzaros del muelle al agua y subir por unas escaleras que hay colocadas para las embarcaciones y así si que ni piedras ni nada. A lo autóctono.

Nosotros, por eso, dejaríamos el baño para luego y nos fuimos a hacer una de las mejores cosas que aquí se pueden hacer: comer.

Y es que todo el puerto está lleno de marisquerías donde ponerse uno las botas a marisco y pescado.

Nosotros nos decantamos por el restaurante Angor, justo en frente del puerto, donde nos pusimos finos de pescado, calamares y Sangría recordando nuestra anterior visita a la vecina Tenerife y es que si algo tienen estas islas, entre otras muchas cosas, está claro, es que comer, lo que es comer, come uno como dios. Y barato, esto es lo mejor.

Aunque también he de decir que me quedé con las ganas de poder comer Lapas, un fijo en mi nota en Tenerife y en cambio aquí, de momento, ni rastro. Y eso es un bajón.

Las Salinas

Y con la pancha ya contenta, era el turno de un poquillo de sol y sal, a pesar de que el viento que pegaba, se empeñara en lo contrario.

Para ello elegimos las vecinas piscinas naturales de Las Salinas, a las que se puede llegar andando desde el Puerto sin ningún problema, y que constan de una serie de piscinas robadas al mar, con sus escaleritas y una especie de pilones de hormigón puestos para que no hayan sustos con el fuerte oleaje que a menudo encontramos en esta zona.

La verdad es que el sitio es curioso y vale la pena de ver, incluso para pasar un día de playa aquí pero lo que estaba claro es que hoy, no era ese día. Y es que el viento del que hablábamos antes se encargaba de descargar toneladas y toneladas de agua contra las rocas y hacían del sitio un lugar realmente peligroso. Aún así había algún que otro loco que se metía y, eso sí, todo de surfistas disfrutando como enanos pero para meternos nosotros va a ser que no. Aunque como dicen no hay mal que por bien no venga y el espectáculo que creaban las olas al chocar contra las rocas y levantarse metros y metros por encima del nivel del mar han hecho que hayamos pasado una tarde de los más entretenida, al sol, eso sí, pero no a la sal, hasta que ha ido cayendo la tarde y hemos decidido tocar retirada. Queríamos ducharnos antes de ponernos con la capital y tampoco era plan de hacer turismo por Las Palmas de Gran Canaria a la 1 de la madrugada así que de nuevo, sube al coche y vámonos que esto no ha hecho más que empezar…

Seguimos!!

 

 

 

 

 

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