10 de Setiembre de 2017

El sur de Gran Canaria es, con diferencia, la zona más turística de la isla, eso no lo vamos a negar. En ella los grandes hoteles afloran como setas en otoño y aunque todo ese turismo de masas desalmado nos acostumbra a dar más grima que otra cosa, no queríamos dejar pasar la oportunidad de verlo con nuestros propios ojos así que ahí nos ves, diez de la mañana recién tocadas y desayunando en la terraza de nuestro apartamento, la Playa de las Canteras, con un día gris y frío igual que ayer, pero con la esperanza de que en el sur la cosa fuera distinta.

La idea era un poco la misma de ayer, es decir, pillar la autovía, en este caso la GC-1 y recorrerla toda hasta el final, en Puerto Mogán, para desde allí ya empezar a volver parando en los sitios que creyéramos oportunos así que al lío que luego el día pasa volando.

Puerto Mogán

Dentro de lo que cabe, Puerto Mogán es la excepción que confirma la regla en este sur de Gran Canaria. Su bonita playa de arena negra está rodeada de casas bajas típicamente canarias, con balcones llenos de flores y tranquilos rincones y tabernas de las que sale el sonido de alguien cantando a viva voz acompañado de una guitarra en la barra del bar.

Todo es muy bonito, aunque con cierto aire de postal, de decorado, no en vano es uno de los principales reclamos del sur de la isla aunque a ella no hayan llegado los grandes complejos que si que copan todas las demás poblaciones de la zona.

Bien merece un paseíllo, acercarse hacia su puerto pesquero, cruzar sus canales, tomarse algo en cualquier bar. Al final, de todas formas, el pueblo pequeño lo es un rato con lo que una hora después de entrar ya estábamos sacando el coche del parking para continuar con nuestra por esta parte de la isla y ahora le tocaba el turno al plato fuerte del sur: Maspalomas y sus dunas.

Maspalomas

Cuando hablamos de Maspalomas hablamos de, con diferencia, la zona de la isla donde el turismo de masas más ha arraigado, convirtiéndolo en una especie de parque temático enfocado, todo, a satisfacer al turista.

De eso una se da cuenta rápido nada más acercarse ya que lo primero que uno ve son la cantidad, indecente sin duda, de complejos turísticos que ocupan cada metro cuadrado de este litoral.

Entre medio, a lo lejos, destacan sus famosas dunas, el único trozo sin edificar ya que lo declararon a tiempo espacio protegido pero todo lo que hay a su alrededor, todo, esta construido.

Nuestra intención es la de pegarnos un rato de playeo y para eso elegimos la zona del Faro, justo en un extremo de las dunas. Aquí, la playa, se extiende hasta la Playa del Inglés y encontramos espacios para todos los públicos, desde zonas nudistas, para perros, chiringuitos, deportes acuáticos. Lo que queramos, lo encontraremos aquí. Por suerte el día se habai despejado, aunque el viento omnipresente seguía haciendo de las suyas aunque sin ser lo suficiente molesto como para jodernos el tinglado. Además, la mejor opción para que el viento moleste lo menos posible es la de pillarse una hamacas para levantarte algo del suelo. Con ello ya ganas el no quedar enterrado bajo toda la arena que el amigo Eolo levanta y si encima te pillas una sombrillita entonces ya sí que lo partes. Además no es nada caro comparado con los precios de la península ya que por 7,5€ pues pillarte un par de hamacas y la sombrilla para todo el día así que no hay ni que penarlo, vamos.

Eso sí, el agua, como de costumbre en el atlántico: fría de cojones, tanto que, a pesar de la chicha que caía, ni me metí. Con los pies tuve suficiente.

Y después de nuestra dosis de playeo, ya con el sol picando algo menos, hacia las 17 de la tarde, decidimos que era el momento de dejar el mar de agua por el mar de arena así que pillamos el coche y nos fuimos hacia el mejor sitio que hay para visitar las Dunas de Maspalomas: los alrededores del Hotel Rui Palace Maspalomas. Para llegar hacia aquí, si estás en la zona del faro, como nosotros, tienes que rodear el campo de golf (si, si, efectivamente, hay un campo de golf, totalmente verde, tocando con un desierto, exacto) y mirar de aparcar por los alrededores del hotel.

Desde aquí ya tienes las dunas a tiro y solo tienes que bajar unas escaleras que dan a ellas para poner los pies sobre la fina arena negra y ardiendo. Es obligatorio meterte de lleno en ellas, andar, subir, bajar, correr, saltar. Dan para todo y para todos ya que, no en vano, el sistema dunar tiene una amplitud de más de 6 kilómetros así que de pequeño nada de nada. Eso sí, al principio he de reconocer que da pena ya que acaso hay algo más perfecto en este mundo que una duna hecha solo por el efecto del viento y la arena? Siempre que estoy en un desierto, o en una duna, ya que esto no es un desierto, no lo hemos de olvidar, me da palo dejar mis pisadas en ella, aunque a decir verdad es un poco estúpido por mi parte, como si una simple pisada de un ser insignificane como yo pudiera alterar lo que la naturaleza tarda años en crear.

Aquí la actividad principal es buscar el rincón perfecto, esa duna perfecta para sentarte a descansar y a relajarte contemplando el espectáculo y, por suerte para nosotros, sin mucha gente con lo que compartir. Es un lugar imprescindible sin duda y que, de alguna manera, justifica el haberse llegado hasta aquí.

Eso sí, si las dunas merecen una visita, todo lo que hay a sus alrededores lo que se merece es salir corriendo.

Aprovechamos que estábamos aquí para acercarnos hasta la vecina Playa del Inglés por el paseo que recorre todo el litoral y, a decir verdad, lo que allí nos encontramos nos horrorizó. Yo no sé en qué narices estaban pensando los promotores urbanísticos que llegaron aquí para crear todo esto pero tendría que salir en los manuales de lo que no hay que hacer, como cargarse una costa con un gran valor paisajístico y dejarlo convertido en algo gris, sin alma, lleno de hormigón.

Y ya no hablo solo de construcciones, que también, hablo del turismo que aquí se lleva, de borrachera, con garitos sin ningún tipo de encanto, anticuados, rollo años 80, donde lo único que diferencia uno de otro (y hay muchos) es quien tiene el cartel más grande donde anunciar el alcohol más barato. Solo podíamos hacer una cosa y no era otra que salir corriendo de aquí. Así que dicho y hecho.

Arguineguín y su Cofradía de Pescadores

Así que aprovechando que el día llegaba a su fin, decidimos acercarnos a la vecina localidad de Arguineguín, que por sorpresa nuestra aún conservaba en la zona del puerto algo de ese ambiente marinero, y donde pudimos disfrutar de un daiquiri al atardecer sobre la pequeña bahía alrededor de la cual crece el pueblo. Incluso tuvimos la suerte de poder ver el Teide a lo lejos, sacando la cabeza entre las nubes, y quitarnos un poco el mal sabor de boca que nos había quedado con nuestra visita exprés a la playa del Inglés.

Y para acabar de borrarlo de nuestra mente, a caso hay algo mejor que cenar en la Cofradía de Pescadores?

Este local, situado dentro mismo del recinto portuario, es de esos que nos gustan, que buscamos. Manteles de papel, vino en vaso, camareros chillando y, lo mejor de todo, pescado fresco, comprado directamente a los pescadores tan solo unas horas antes.

Pulpo frito, almejas vivas, calamares y lenguado fueron el menú. Total? Poco más de 50€. Si es que nos encantan estas islas. Lastima de esos iluminados que un día decidieron vender su alma al turismo de masas, una verdadera lástima.

Mañana más!

 

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