24 de febrero del 2018

Ahorrarse una noche de hotel en Londres está de puta madre, pero tiene un precio que hay que pagar: 4:00 de la mañana y el ruido infernal del despertador empieza a sonar. Es lo que tiene el querer coger un vuelo a las 6:20 de la mañana para pisar tierra inglesa cuando aún no son ni las 8:00 de la mañana hora local. Quieres aprovechar al máximo tus días? Pues madrugón al canto.

Eso hicimos, y ahí estábamos, caminando por el aeropuerto de Stansted, siguiendo las señales que nos llevarían, sin problema alguno, hacia nuestro tren Stansted Express, para el que ya teníamos los billetes comprados desde casa, con lo que nuestra única preocupación era la de buscar un asiento para pasar los tres cuartos de hora que hay de trayecto hasta Liverpool Street, ya en el mismísimo centro de la ciudad.

Una vez allí, la misión está clara, toca sacar tu Oyster Card para moverte por la ciudad sin problemas y sin dejarte una fortuna, cosa que puedes hacer en cualquiera de los cajeros que hay repartidos por la estación (más adelante, en otro post, explicaré mejor esto de la Oyster card, tranquilos) y una vez con ella en tu poder, sin tiempo que perder, lo mejor es acercarte hasta el hotel elegido para dejar las maletas y empezar con tu ruta para ver Londres en 4 días, que parecen muchos pero os aseguro que, en una ciudad como esta, son el mínimo imprescindible para ello.

Notting Hill y Portobello Market

Que nuestro hotel estuviera en Notting Hill obedece a dos razones. La primera, que es una zona con hoteles de calidad y a buen precio, como ya expliqué en su día en los preparativos de este viaje y dos, que llegábamos en sábado y los sábados, en una calle de Notting Hill, se arma el que seguramente es, junto con el de Candem, el mercado más famosos de toda la ciudad: Portobello Market.

Para llegar a él, desde nuestro hotel, solo tenemos un corto paseo que ya nos va mostrando los iconos de la ciudad, como son los autobuses de dos plantas, las cabinas de teléfono, ahora convertidas en cajeros o en puntos Wifi debido a que ya, hoy en día, ni el tato utiliza una cabina de teléfono para llamar y esos taxis que me fascinan desde la primera vez que me subí a uno de ellos hará ya como 18 o 20 años mínimo.

Pero lo dicho, nuestro objetivo era llegar a Portobello y empezar a recorrer el mercado que cada sábado se monta en esta calle de antigüedades y objetos Vintage de lo más peculiares. Se peta, ya os aviso, pero si dominas el arte de aislarte del mundo y chafardear lo gozarás.

Veréis que un lado de la calle es para las paraditas, más enfocadas a ropa y souvenirs y otro para los establecimientos propiamente dichos. Estos, son un saco de sorpresas ya que te metes por uno y sales por otro después de recorrer todo de pasillos llenos de absolutamente de todo lo que tu cabeza se pueda imaginar. Aquí puedes encontrar desde un juego de cubertería de plata que debió pertenecer a un Sir como mínimo hasta una muñeca africana lista para que le puedas hacer vudú.

Fue precisamente aquí donde encontré una mesa llena de brújulas de época a cada cual más bonita. Un buen rato estuve decidiéndome. Entre que no soy de comprarme nada cuando voy a los sitios y que me cuesta más decidirme que a un tonto, media hora bien buena estuvimos que si venga va esta, que si espera espera no mejor la otra. Como un niño tonto, vamos, pero al final, y después de pagar 22 libras, ya tengo brújula para mi comedor. No me diréis que no es bonita.

Una vez aquí seguimos Portobello Road en dirección a la estación de metro de Notting Hill, para que os orientéis, hasta llegar a las famosas casitas de colores icónicas de este barrio, no sin antes pasar por la tienda que, en la película que protagonizaron Julia Roberts y Hugh Grant y que llevaba el mismo nombre del barrio, hacía de librería de viajes en donde, por casualidad,se encontraban los dos protagonistas. Ahora, por cierto, es una tienda de souvenirs. Cosas de la fama, supongo.

Justo antes de llegar a las casitas, por eso, a mano derecha, nos encontramos con otra tienda que hará las delicias de los más frikis como yo, una tienda de mapas antiguos hechos a mano, autenticas obras de arte, algunos de hace pero que muchos años, en donde perderte y dejar volar la imaginación. Un lugar para señalar en el mapa, nunca mejor dicho.

Kensington Gardens y Hyde Park

Por poderte estar te puedes estar bien bien un día entero por aquí merodeando, entrando en tiendas y más tiendas, tomándote algo en alguno de los muchos garitos que te vas encontrando por el camino, a cada uno más cool, pero no era nuestra intención ya que nuestra siguiente parada pequeña pequeña no es que fuera: nos dirigíamos a Kensginton Gardens y a Hyde Park.

Desde donde nos encontrábamos, en la parada de metro de Notting Hill, hasta la entrada de los primeros hay un corto paseo y en seguida pasamos de un mundo color gris hormigón a un verde esperanza que hace que te aísles del todo en un momento. Esto es algo que siempre me ha gustado de todas las ciudades anglosajones, estos enormes espacios verdes que te encuentras en medio de las ciudades y que sirven para coger aire y respirar al mismo tiempo que te olvidas del ritmo frenético de la city.

Entramos a él por la zona de juegos infantiles que se convertido en memorial de la princesa Diana y desde allí nos dirigimos hasta las afueras del Palacio de Kensington, al que pertenecen en verdad estos jardines. El palacio se puede visitar a pesar de que hoy en día sigue siendo la residencia de los príncipes Guillermo y Enrique y si dispones de la London Pass es una de las visitas incluidas en ella pero nosotros no lo hicimos. El motivo? Como os explicamos en los preparativos elegimos la opción de la London Pass par dos días y estos cuentan a partir de la primera visita que realizas con ella. Teniendo en cuenta que en nuestro itinerario de hoy este era el único punto en el que podíamos hacer uso de nuestra tarjeta no quisimos gastar un día entero para ver el palacio donde viven los principitos y tampoco teníamos ninguna intención de pagar las 19 libras que vale su entrada si no dispones de London Pass con lo que nos limitamos a verlo desde fuera y sobretodo disfrtuar de sus jardines, repletos de ardillas que se te acercan para que les des de comer.

Aquí fue, sin duda, uno de los momentos en que más disfruto Adri y es que, enamorada como es de los animales, tener a estos encantadores bichejos comiendo de su mano sin ningún pudor era sin duda un momentazo hasta que, eso si, una de ellas confundió su dedo con un cacahuete y le pego un bocado que le dejó el dedo guapo. Aunque no os penséis que so hizo que se le quitaran las ganas eh. De eso nada.

Sea como sea, estos jardines son un buen lugar para pasear tranquilamente y eso hicimos, hasta empalmar con el vecino Hyde Park, el parque real más grande de Londres, que en verdad es la continuación del de Kensignton una vez ya superado el Serpentine, un inmenso lago en donde se realizaron las pruebas de natación en aguas abiertas de las olimpiadas de Londres, para que os podáis hacer una idea de su tamaño, no sin antes pasar por la estatua de Peter Pan.

Lo que nosotros hicimos fue llegar hasta el lago y una vez allí subir hasta los Italian Gardens, para luego bajar por la otra orilla del Serpentine hasta llegar al puente que lo cruza. En verdad, uno no tiene la magnitud de la realmente grandes que son estos parques hasta que no estás en ellos metido de lleno y sientes la ciudad cada vez más y más lejana. Me encantan, los quiero para mi ciudad, si.

De todas formas, ya llevábamos un buen rato en ellos, los centenares de ardillas que en ellos habitan ya conocían a Adri y la saludaban por su nombre al pasar y aquí uno ya empezaba a tener hambre con lo que llegó el momento de poner dirección a nuestra última visita del día y, para mi, una de las más esperadas: El Museo de Historia Natural de Londres.

Museo de Historia Natural

Y es que una de las cosas que más me gusta de Londres es que los museos más importantes de la Ciudad son totalmente gratuitos y esto es algo de lo que muchos lugares tendrían que tomar ejemplo. Que luego te meten las clavadas por otros lados, si, de acuerdo, pero los museos son gratis, eso lo tienen.

Justo al sur de Hyde Park se encuentran dos de ellos: el Museo de Historia Natural y el Victoria and Albert Museum. Tanto uno como el otro son más que recomendables aunque eso si, los dos son enormes y una de las cosas que ya no mola tanto de los museos de la City es que cierran, para mi gusto, muy pronto: algunos a las 17, otros a las 17:30 pero todos ellos antes de las 18:00 están cerrados.

Y claro, eso es un putadón, no nos vamos a engañar, con lo que teníamos que elegir uno de los dos y ojo, para verlo por encima eh, no os penséis, si en verdad cada uno ya da para un día entero entre sus paredes, en serio.

Nosotros elegimos el Museo de Historia Natural porque, desde la primera vez que entré en él, me cautivo, pero antes, eso si, tocaba comer algo, cosa nada difícil ya que justo enfrente del Museo tienes infinidad de restaurantes entre los que elegir el que más te apetezca. Nosotros tiramos de italiano, nunca falla y la verdad es que no nos podemos quejar. Rápido y relativamente barato con lo que eran las 15:00 de la tarde cuando entrábamos, ahora si, al museo.

Este está dividido en colores: Rojo, verde, azul y amarillo.

Nosotros entramos por la zona roja aunque recomiendo entrar por la Puerta principal, ya que desde allí sales de pleno en el Hintze Hall, un gran salón, similar al de una catedral de donde cuelga el esqueleto de una gran Ballena Azul. Impresionante, la verdad. Fue Richard Orwen, el primer director del museo, quien se refirió a él como la catedral de la naturaleza y, la verdad, entrando por aquí no es muy difícil imaginarse el porque.

Como he dicho antes, el museo es enorme, y mirarlo con detenimiento llevaría todo el día lo que si que hay ciertos imprescindibles que no podéis dejar de ver bajo ningún concepto.

En la zona azul la zona de los dinosaurios es totalmente imprescindible , donde haces un recorrido a través de esqueletos y figuras para terminar en un T-Rex animatrónico un tanto peculiar. Justo enfrente de esta galería está la de los mamíferos y una figura en tamaño real de una ballena azul espectacular también.

De la zona roja el plato estrella es un simulador de terremotos y una colección de fósiles desde los orígenes del planeta hasta nuestros días y una muestra de la evolución del hombre, con esqueletos de los primeros hominidos como la famosa Lucy, de más de 3 millones de años de antigüedad.

En la zona verde destacan los tesoros de la galería Cagodan. Aquí encontramos algunas de las piezas con mayor historia del museo, como un ejemplar original del Origen de las Especies, de Charles Darwin, cuya estatua, por cierto, preside el Hintze Hall o un huevo de pingüino recogido durante la expedición del capitán Scoot.

Pero sobretodo recordar lo que os he dicho anteriormente, esto es solo lo más destacable, con lo que lo mejor es perderse entre sus paredes sin prisa y maravillarse con todos los descubrimientos que una hará. Sin duda se trata de uno de mis museos favoritos. Si.

Pero llegó el momento de terminar la visita y, con el día que llevamos encima, lo mejor es ir desfilando ya hacia el hotel, no sin antes pasar por los almacenes posiblemente más famosos del mundo entero junto con las Galerias Lafayette de París: los Almacenes Harrods.

Estos se encuentran en la misma Brompton Road y sirven para darle un toque glamuroso a nuestra jornada de hoy. Eso si, solo mirar, ya que nada de lo que allí se vende tiene un precio asequible para la mayoría de los mortales. No es de extrañar que comprando solo veamos a gente procedente de oriente medio o chinos. Es donde está la pasta, está claro.

Y después de esta visita, entre curioso y pedante, ya era el momento ahora sí de tirar para casa y poner el punto y final a este nuestro primer día en Londres.

Mención a parte merece el lugar que elegimos para la cena, en Westbourne Grove, muy cerca de nuestro alojamiento: Restaurante Turco Lokkanta. Un pequeño local pero en donde nos pusimos las botas de delicias turcas hasta reventar. Y barato, la verdad. Muy pero que muy recomendable, eso si, ir con hambre.

Y ahora ya si, 33.000 pasos después, era el momento de despedirnos de la ciudad por unas horas y cargar pilas para mañana, donde, entre otros platos, nos esperaba la Torre de Londres o el The Shard. Palabras mayores, efectivamente.

Ya sabéis como va esto…Seguimos!

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