1 de abril de 2018

Los beduinos cuentan una antigua leyenda que dice que aquí, en el Wadi Rum, cuando el calor aprieta, aprieta de tal manera que incluso funde las rocas como si de una vela encendida se tratase, y que es precisamente esta roca fundida la que, al caer por las paredes como si fuera cera, deja esas formas imposibles que ahora mismo teníamos delante de nuestros ojos.

Por desgracia, aunque los caprichos de la naturaleza hagan parecer que esto sea cierto, la realidad es otra y es que aunque las temperaturas, en el desierto del Wadi Rum, pueden llegar a los 50 grados y hacer de él un lugar inhabitable para la gran mayoría de los mortales, las formas de las paredes que tenemos ahora mismo delante nuestro se deben a que, a diferencia de otros desiertos, aquí, llueve. Poco, si, y si lo hace solo lo hace durante algunos días de los dos meses que dura la estación de lluvias, pero lo hace lo suficiente como para erosionar la arenisca y que esta, al salir de nuevo el sol y calentar la pared, se vuelva a solidificar creando esas formas más propias de un cuadro de Dalí que de uno de los lugares más inhóspitos del mundo.

Todo esto y mucho más nos lo estaba contando Abdulah, el joven beduino que iba a ser nuestro guía durante nuestro primer día en el Wadi Rum: para muchos, el desierto más hermoso del planeta.

Hacía apenas un par de horas que habíamos dejado, montados en la caja trasera de un viejo Toyota, la casa de Mohammad, nuestro anfitrión, en Wadi Rum Village. Un pueblo con un aire fronterizo, con un continuo trajín de coches 4×4, arriba y abajo, cargando provisiones y turistas, antes de cruzar esa frontera que separa el asfalto de la arena, la “civilización” de lo salvaje pero sobre todo, esa frontera que separa la realidad de lo onírico.

Porque es precisamente eso es lo que parece cuando dejas atrás el pueblo y te adentras en este desierto, que entres en un sueño, flanqueado de enormes gendarmes de roca que se levantan varios centenares de metros del suelo, formando un laberinto del que solo puedes salir si te acompaña gente como Abdulah, cuyo pueblo lleva habitando los desiertos de Arabia y del norte de África desde los siglos de los siglos.

Y ahí estábamos nosotros, Alexia, Adri y yo, junto con un par de chicas belgas, en silencio, entrando en ese mundo de fantasía, y del que, a pesar de todo lo que veíamos, aún no nos podíamos ni imaginar lo que escondía.

Pero vayamos por partes y es que para llegar a ese punto donde nos encontrábamos en ese preciso instante, habíamos realizado, previamente, dos paradas, que sirvieron para empezar a hacernos una idea de donde estábamos realmente.

La primera había sido en el lugar que se conoce como Lawrence Spring, donde según nos cuentan, Lawrence de Arabia, durante la revuelta árabe de 1916, se abastecía de agua para su empresa. A decir verdad, al menos a mí, lo que realmente me llamaba la atención del lugar es que esas fuentes, tal y como indicaban las inscripciones Nabateas que te encuentras a sus pies, llevaban saciando la sed de los moradores del desierto desde hacía más de 1000 años y es que lo que esos grabados explicaban precisamente era como encontrarlas a todos aquellos que tuvieran la suerte de caer allí y pudieran conseguir, de esta manera, el preciado liquido, que aquí, en el desierto, es lo más codiciado que hay.

El lugar en si no es muy espectacular, a pesar de que con la emoción que llevábamos encima hasta una mierda de camello nos lo pareciera y además queda un poco desvirtuado por la gran cantidad de gente que te encuentras: no en vano es el primer “atractivo” con el que uno se topa al abandonar el pueblo e internarse en el desierto con lo que es la primera parada de la mayoría de tours, así que nos demoramos poco tiempo, sabíamos que a medida que pasara el día los grupos se irían distanciando y la sensación de “soledad” iría en aumento aunque, a decir verdad, el día estrella en cuanto a soledad era mañana, cuando nos iríamos a Nomad’s Land, pero eso, ya es otra historia y tendrá que esperar.

Y es que aún estamos en nuestras primeras horas en Wadi Rum, ahora en una gran duna de arena rojiza una vez dejadadas atrás las fuentes, que da acceso a un plató desde el que se pueden tener unas vistas de 360° de lo que nos rodea, que no es otra cosa que la más absoluta desolación, hecha belleza sí, pero al fin y al cabo desolación y es que allá donde te alcanza la vista solo ves arena y rocas o rocas y arena.

Pero no todo son unicornios volando y dejando un arcoiris a su paso, ojo y es aquí, en nuestra segunda parada, ya eran varios los quilos de arena que teníamos cada uno de nosotros dentro de las zapatillas, arena que, por mucho que te la quitaras, en nada, sin que te dieras cuenta, volvía a estar allí. Más vale que os acostumbréis rápido a ella. Al principio es incómoda, sobre todo al caminar, pero a todo se acostumbra uno y cuando vuestro cuerpo esté cubierta por ella, y vuestra piel adquiera ese color tan característico del Wadi Rum, ya ni os enterareis, hacerme caso.

Y ahora ya sí, estamos en ese momento en el que hemos empezado el relato, con Abdulah contándonos con su voz calmada que allí, en el Khazali Canyon, sus antepasados, hacía muchísimo tiempo, ya lo cruzaban, y ya sabían cómo utilizar el agua que por él se canalizaba cuando llovía, y que las inscripciones nabateas que adornan sus paredes nos contaban el ciclo de la vida y de la muerte, y nos muestran los animales que allí habitaban en libertad y de los que hoy, por desgracia, ya no queda ni rastro, y nos contaba que los dos árboles que custodian la entrada, cuando es época, dan los higos más dulces que uno se pueda imaginar y nosotros lo mirábamos absortos, enfilado en esas paredes por las que se movía con los ojos cerrados, sin hacer un movimiento más brusco que otro, mientras nosotros nos las veíamos canutas para poder avanzar.

Aquel cañón por el que nos movíamos como buenamente podíamos, y que en sus paredes escondía la viva historia de ese lugar, se iba estrechando hasta el punto de que, en algunos tramos, solo podíamos avanzar en fila india y en sus profundidades, aun con pozas de agua de las últimas lluvias de hace algunas semanas, cuando la estación húmeda tocaba a su fin, la temperatura disminuía una decena de grados en comparación con el exterior, mientras que arriba, esas paredes que los antepasados de Abdulah creían de cera, se calentaban al sol del desierto, como lo llevaban haciendo durante miles y miles de años. Acabábamos de aterrizar en ese desierto y ya podíamos decir que nos había atrapado. Y esto solo acababa de empezar.

Nuestra siguiente parada, ya metidos de lleno en el personaje, fue en uno de los muchos arcos de roca que la erosión de la arenisca ha creado con el paso del tiempo en el Wadi Rum: el Little Bridge. Aún no lo sabíamos pero sería el primero de muchos que veríamos durante estos días y lo pillamos con especial ganas sobre todo porque, ahora ya si, la gente empezaba a escasear y podíamos vivir la experiencia del desierto al 100%.

Cerca de allí, aunque a decir verdad las distancias aquí son un concepto un poco abstracto, nos encontramos con una construcción Nabatea en ruinas, conocida como la Lawrence House, que, a los pies de un risco, servía en su tiempo de Check Point para controlar las caravanas de camellos que por aquí venían desde lo que hoy en día es Arabia Saudí para comerciar con oriente, ya que dispone de una posición y en consecuencia, de unas vistas privilegiadas.

Si hoy en día se le conoce con ese nombre es porque, según dicen, también fue utilizada por Lawrence de Arabia durante sus campañas por el Wadi Rum, así que igual ya va siendo hora de explicar un poco porque tanta mención a este hombre, Lawrence de Arabia, del que todo el mundo ha oído hablar en alguna ocasión y que se ha convertido en el personaje más universal que ha pasado por este desierto, sobre todo debido a la película de David Lean o a Los 7 Pilares de la Sabiduría, la obra autobiográfica que dio a conocer su figura.

Y para empezar, lo que más sorprende es que el personaje más universal del Wadi Rum no sea un Beduino, ni siquiera un árabe, sino un inglés. Y es que Lawrence de Arabia se llamaba Thomas Edward Lawrence y no había nacido bajo las estrellas del desierto sino en Caernarfonshire, en Gales.

Su relación con Oriente empezó como arqueólogo, sobretodo en Siria e Iraq, y no fue hasta ya empezaba la Primera Guerra Mundial que se involucró en el conflicto y es que su figura interesaba, y mucho, a lo que se conocía como Oficia Árabe, que veía en Lawrence la figura ideal para llevar a cabo sus planes en Oriente Medio. Estos planes consistían en utilizar a Lawrence para ganarse la confianza de los pueblos del desierto, de los cuales tenía un gran conocimiento, y convencerlos para levantarse contra el imperio Turco desde dentro y de esta manera desestabilizar las fuerzas otomanas. Un plan perfecto para los británicos, ellos no movían un dedo, eran otros los que se partían la cara por ellos con la promesa de convertirse en un protectorado británico y, cuando todo terminó, si te he visto no me acuerdo. En verdad la cosa no ha cambiado tanto desde entonces.

De toda la contienda, el episodio más importante y que mayor relación guarda entre Lawrence y el Wadi Rum es la conocida como la Conquista de Àqaba, una plaza de mucha importancia y estratégicamente situada como ciudad portuaria y bajo control otomano por aquel entonces. Estos, creyendo que el desierto del Wadi Rum ya era una defensa en si mismo ya que era prácticamente inexpugnable, tenían fuertemente defendida la ciudad por la costa, pero no por donde aparecieron los hombre de Lawrence y las fuerzas irregulares árabes: por el puto desierto. Obviamente, Àqaba cayó y Lawrence de Arabia saltó a la fama.

Como dato curioso que seguramente mucha gente no sabe, es el que la muerte de Lawrence guarda una relación directa con la invención de los cascos para ir en moto y es que este, ya en Inglaterra, era un gran aficionado a las motocicletas hasta el punto de que falleció en un accidente una mañana mientras circulaba con su Brough Superior al intentar esquivar a unos niños que iban en bicicleta. Su muerte causó tanto impacto en la sociedad de la época que un médico, Hugh Cairms, inició un estudio médico que terminaría con la creación de los cascos para salvar la vida de los motoristas en caso de accidente. Como os habéis quedado?? Yo la verdad es que hasta hace poco tampoco no tenía ni idea, tranquilos.

Y después de esta lección de historia, pues toca comer, y aquí, en el desierto, se come bajo la sombra de una roca, con una esterilla sobre la que tumbarse y con un fuego en el suelo con el que cocinar. El Menú? Verduras y Hummus, queso fresco de oveja y este pan que tanto nos gusta, calentado por el mismo sol. Y ojo, que luego hay siesta, y la verdad que poderse dar el lujo de tumbarse en el desierto, bajo el silencio más sepulcral, solo roto por los pájaros que hasta aquí se acercan para ver que les cae, es un placer de los que no se pueden olvidar jamás. Lo siento, pero ahora, ya, ninguna siesta volverá a ser lo mismo.

Y es que en el desierto hay cosas que son inamovibles y una de ellas es que, de 13 del mediodía hasta las 16 aproximadamente, uno no se puede mover de la sombra donde esté y es que el sol tiene tanta mala ostia que lo mejor que se puede hacer es dejar que haga de las suyas, que siga dando rienda suelta a sus caprichos con la roca, que siga secando cualquier atisbo de vegetación que tenga el valor de aparecer por aquí y cuando ya se canse, cuando ya no arda al respirar, solo entonces, es cuando uno se vuelve a poner en marcha después de dejar, eso sí, todo igual que estaba antes de nosotros llegar.

Ahora, hacia donde nos dirigíamos, era lo que se conoce como Valle Blanco, donde la erosión a moldeado formas imposibles en una arenisca blanca distinta a todas las que habíamos visto hasta el momento y es que el Wadi Rum parece una enorme paleta de pintor con todo el Pantone en ella. Mires hacia donde mires encuentras un matiz distinto pero que igual, de aquí unas horas, o tan solo unos minutos, cuando el reflejo del sol cambie de ángulo, esa tonalidad ya será historia para volverse de un color totalmente distinto.

Nosotros, mientras, nos dirigíamos hacia el Burrah Canyon, otro cañón esculpido por el paso del tiempo, atravesado por un lengua de esa arena roja de Wadi Rum. Es curioso porque cuando parece que ya no te vas a sorprender más, llegas a un lugar como este y se te vuelven a caer los cojones al suelo y es que este desierto es una gran caja de sorpresas, sobre todo cuando Abdulah, tranquilo y risueño como siempre, mientras esperábamos que nos diera las explicaciones oportunas, lo único que suelta es: -Take a water and see you on the other side.

  • Mande??

Pero no bromeaba, no, y es que lo que teníamos que hacer ahora era meternos en las profundidades del cañón y salir por la otra banda donde, según él, no estará esperando.

Esto Mola!

Así que ya nos ves a los tres, a estas alturas de la película ya bastante cansados, bajo un sol de mil demonios pese a ser y las 17 de la tarde pasadas andando un paso hacia adelante y dos hacia detrás por encima de esa finísima arena que, a base de años y años de esfuerzo, había terminado por conquistar las profundidades de ese cañón.

A ciencia cierta no se cuanto tiempo estuvimos, tres cuartos, igual una hora, la verdad es que aquí un servidor se paraba cada dos pasos para fotografiar cualquier cosa que me flipaba y además tampoco teníamos prisas para disfrutar de ese momento: estábamos solos y el desierto era solo para nosotros. Por que correr, no?

Con todo, después de esto, si que nuestro Tour de un día por el Wadi Rum iba llegando a su fin, aunque aún nos tenía guardadas dos sorpresas antes de llegar a nuestro campamento y las dos en forma de arco.

La primera era el que se conoce como Burdah Bridge, encaramado en lo alto de una mole rocosa y al que, para llegar a él, hay que andar unas 3 horas, tiesas hacia arriba, cosa que, con el tiempo que teníamos, no íbamos a hacer a pesar de que, una vez allá arriba, las vistas bien deben de ser de escándalo.

Y la segunda sorpresa y esta sí que a tocar, era el arco que llaman Um Frouth Rock Bridge, otro capricho de la naturaleza, de dimensiones mucho más grandes que el que vimos al empezar y al que puedes subir después de una fácil trepada por su arenisca, adherente como nada, y apto para casi todos los públicos. Llevábamos a estas alturas 8 o 9 horas sin parar por el desierto estábamos muertos y llenos de mierda, pero es que no podíamos hacer nada al respecto: sitio al que parábamos, sitio al que pegábamos un brinco y al lío, que esto no se vive cada día.

Sin embargo, no os negaré que cuando Abdulah puso la directa por en medio del desierto, ya dirigiéndonos hacia nuestro campamento, aunque sea solo un poquito, lo agradecimos y es que llevar las revoluciones al tope todo el día, como si fuéramos niños la noche de reyes, la verdad, revienta un montón.

Atardecer y noche en el desierto

Pero es que esto aún no había terminado y es que una experiencia en el desierto es una experiencia completa, de principio a fin, y nada más llegar a nuestro campamento, sin tiempo que perder, lo primero que hicimos fue dejar nuestros bártulos en nuestra Haima y encaramarnos en los riscos que cierran el campamento para poder disfrutar de otra de las experiencias Top que aquí, en el Wadi Rum puedes vivir, y no es otra que ver el atardecer y su juego de colores sobre el infinito del desierto.

La sensación es indescriptible, como mínimo para alguien con mis recursos, y es que si lo intento describir igual mi madre se enfada y es que el espectáculo que desfila por delante de ti, esos cambios de colores, casi a cada segundo, ese velo que va ganando fuerza a medida que el sol se rinde, solo me sale compararlo con alguna ingesta de narcóticos que, por supuesto mama, yo nunca he tomado. Es de lagrimita, palabra.

Y así, de repente, todo el espectáculo de colores que hasta hace poco teníamos delante de nosotros había desaparecido y la oscuridad más sepulcral reinaba, ahora, sobre el desierto. Un desierto que había sido nuestro durante un largo día, un desierto que intentábamos descifrar, pero del que, siendo realistas, uno tan solo puede rascar su corteza y poco más, un desierto que, se escapa de lo humano y te has de resignar a admirar y a soltar un uau a cada pocos segundos. Y esa mierda, os juro, vale millones.

Ahora ya solo quedaba relajarse, asearse un poco, recuperar fuerzas con una deliciosa cena al más puro estilo beduino, haciendo un horno de arena y cociendo la carne en él, y esperar en ascuas a que llegue mañana y continuar con esta historia. Una historia que, mañana, empezaría a muuuchos metros sobre el suelo y es que, uno de nuestros sueños era poder ver el amanecer, desde un globo, en el Wadi Rum aunque por desgracia, esa actividad solo se puede hacer si las condiciones atmosféricas son favorable y ahora ya hacía varias semanas que no era así. En esta época, cuando se da el paso del invierno, por llamarle de alguna manera, al verano, tal y como ya nos dijeron ayer en Aqaba, los vientos cambian de dirección y aumentan en potencia, es nada, solo un par de semanas, pero nos había pillado de lleno y teníamos muy cuesta arriba el poder volar.

Solo nos quedaba una pequeña esperanza y es que habíamos quedado en que llamaríamos a Khalid, el responsable de la única empresa que ofrece este servicio, para ver si, con el parte oficial de la noche ocurría un milagro y nuestro sueño se hacía realidad aunque sabíamos que la opciones eran muy escasas…

  • Hi! I’m Pol.
  • Hi! Mister Pol I have a bad news to you…
  • Ohhh, I know, tomorrow it’s not ok?
  • No, it’s not ok, tomorrow it’s very very Ok! Tomorrow you will fly!

Y es que los Milagros existen chicos, solo le has de tirar y esperar que todo salga bien y a veces, algunas veces, tener una puta flor en el culo.

Y ahora sí, con más motivos que nunca, nos íbamos a dormir, mañana, a las 5 de la mañana, nos íbamos a volar.

Seguimos!

DATOS PRACTICOS

· Como llegar al Wadi Rum: Desde Àqaba, que es donde estábamos nosotros, solo hay que coger la Carretera del Desierto y a 40 quilómetros pillar el desvío, muy bien señalizado, hacia Wadi Rum Village. Total: 1 hora.

· Hay que pagar para entrar al Wadi Rum? Efectivamente, para acceder a el área protegida del Wadi Rum hay que registrarse en el Wadi Rum Visitors Center (en la misma carretera de acceso al pueblo, si te lo saltas es que te has chocado con él) y pagar 5 JODS a no ser que, como espero que hagas, tengas la Jordan Pass. En este caso, solo tienes que presentarla, te la sellan y arreando.

· Donde dormir en el Wadi Rum: La oferta de campamentos, al estilo beduino, dentro y fuera del Wadi Rum es enorme. A pesar de todo, el lugar es tan vasto que tranquilos que no os vais a encontrar con mucha gente, no os preocupéis.

Nosotros, después de leer algunas buenas referencias y de echar algún vistazo en su web y encontrar un programa que se ajustaba a lo que nosotros buscábamos, terminamos haciendo una reserva desde Barcelona con la gente del Wadi Rum Bedouin Camp y la verdad que estamos muy contentos aunque claro, es el único que conocemos. Tiene un campamento a la entrada del desierto desde donde se ve uno de los mejores atardeceres del Wadi Rum y eso debe ser así ya que, a la hora señalada, son muchos los 4×4 de otros campamentos que se acercan hasta aquí para ver la puesta de sol.

El campamento lo forman una dozena de Haimas puestas en fila para que, al abrir la puerta, una se encuentre con un mar de arena en frente de sus morros y haga de ese uno de los mejores amaneceres que uno puede tener. Las tiendas son sencillas, eso sí, pero muy limpias y confortables, sin pijerías ninguna, pero chico, estás en el desierto, que quieres.

Hay baños e incluso duchas compartidas para sacarse los quilos y quilos de arena de encima a pesar de que, al poco rato, ya vuelves a estar lleno de ella, pero eso aquí es normal.

La cena se sirve en un comedor grupal, consta de ensaladas varias, platos típicos jordanos como el Hummus o el Muthabal y carne o pollo hecho en el horno de arena que hay en el exterior, junto a un fuego donde uno se puede sentar a tomar té, fuamar shisha o simplemente escuchar, que no entender, los relatos que los beduinos cuentan cuando cae el sol y que deben ser interesantes por el interés que ponen aunque, claro, puede ser que se estén riendo de ti en tu cara y tu tampoco te ibas a enterar.

De todas formas, los campamentos que hemos visto duran el día siguen todos la misma pauta, así que mirar más bien las actividades que proponen y que os encajen que al final son solo unas pocas horas las que estás aquí.

Nosotros elegimos un paquete que incluía un día entero en 4×4 a través del Wadi Rum, que ha sido lo relatado en esta crónica, y para el día siguiente una excursión que nos permitía adentrarnos en lo que se conoce como Nomad’s Land, la tierra de los nómadas, cerca de la frontera ya con Arabia Saudí y que, como bien nos dijeron nada más llegar, seríamos los únicos guiris que habríamos en ella y es que la mayoría de gente no se adentra tanto en el desierto.

Todo, con todas las comidas de los dos días y toda la pesca por 250 JODS los tres.

Puedes llegarte al centro de visitantes sin reserva, no hay problema en eso, y contratarlo al momento, posiblemente encontréis un precio más económico aunque uno se habrá que amoldar al circuito que haya disponible, eso ya es elección de cada uno.

· Indispensable en el Wadi Rum: Estáis en el puto desierto, así que no seáis cafres y llevaros una gorra para la cabeza, un pañuelo para protegeros del sol tampoco está de más y crema solar, da igual la época en que lo visitéis, llevaros la crema solar y es que aquí el sol no calienta, achicharra. Eso si, por las noches puede llegar a refrescar así que algo de abrigo en la mochila no está de más.

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