12 de Octubre de 2017

Hablar de Lanzarote es hablar, sin duda, de Cesar Manrique. Este artista, cuya obra, en mayor parte, se encuentra aquí, en su isla natal, es el responsable de que hoy en día, Lanzarote sea lo que la mayoría de los turistas que hasta aquí nos acercamos vemos y es que, prácticamente todos los lugares de mayor interés de la isla llevan su sello.

Es un jefe, la verdad, y es que consiguió hacer lo imposible y eso es embellecer la belleza, aprovechando los recursos naturales de esta surreal isla para darle una vuelta de tuerca más y eso es, precisamente, lo que nos disponíamos a ver hoy.

Pero para ello tocaba, madrugar, ya que la hoja de ruta que teníamos en mente estaba apretadita así que queríamos empezar lo antes posible y eso aquí en Lanzarote es a las 10 de la mañana, cuando abren la mayoría de atracciones turísticas.

Bono Turístico

Para ello, y para ahorrarse algo de pasta, existen en la isla unos bonos con los cuales compras entradas conjuntas y así te ahorras unas perrillas, cosa que se agradece.

Exactamente hay tres bonos que te permiten entrar a los 6 centros turísticos que tiene la isla:

· Bono 3 Centros (21€):

A elegir 2 de estos centros:

  • Jameos del Agua
  • Montañas de Fuego – Timanfaya
  • Cueva de los Verdes

A elegir 1 de estos centros:

  • Mirador del Río
  • Jardín de los Cactus

· Bono 4 Centros (28€):

  • Jameos del Agua
  • Montañas de Fuego – Timanfaya
  • Cueva de los Verdes

A elegir 1 de estos centros:

  • Mirador del Río
  • Jardín de los Cactus

· Bono 6 Centros (33€):

  • Jameos del Agua
  • Montañas de Fuego – Timanfaya
  • Cueva de los Verdes
  • Mirador del Río
  • Jardín de los Cactus
  • Museo Internacional de Arte Contemporáneo – Castillo de San José

Jardín de los Cactus

Estos bonos se pueden comprar en la misma taquilla del primer centro que visitéis que, en nuestro caso, debido a que era el primero que nos venía de camino, fue el Jardin de los Cactus.

Este Jardín fue el último centro turístico de los que construyó Manrique y es la síntesis perfecta de su obra ya que convirtió un feo paisaje en un lugar de cuento, y es que antes de que metiera mano en él, los terrenos donde está situado no era otra cosa que una cantera abandonada de ceniza volcánica. De hecho, si nos fijamos, los alrededores están llenos de volcanes como mordisqueados, como si les faltara un cacho y es que el “rofe”, que es como se le conoce aquí a este material, fue en su día uno de los pilares de la economía isleña.

Pero, al menos desde las puertas, de tiempo pasados ni rastro, y ya ni os cuento una vez cruzamos las puertas y nos encontramos, de golpe, en medio de un idílico jardín con ni más ni menos que unos 10.000 ejemplares de cactus traídos de todo el mundo, aunque priman los provenientes de México y de Madagascar.

Además el jardín ya te da una idea del tipo de artista que era Cesar Manrique, y es que todo en el está integrado, cada rincón es como una continuidad del anterior y no hay nada, absolutamente, fuera de lugar.

Un bonito rincón coronado con un blanco molino que todo lo domina, y al que se puede entrar sin problemas para ver como se hacía antiguamente el Gofio en la isla.

Con todo, la visita al Jardín ya da para una horita bien buena, algo más si eres un friki de las plantas y esas cosas pero, en mi opinión es ideal para empezar al día y ponerte un poco en lugar de lo que te espera.

Los Jameos del Agua

Pero sin duda, juntamente con Timanfaya, una de las atracciones turísticas más visitadas de la isla son los Jameos del Agua, a pocos quilómetros de donde nos encontramos.

Aquí os aviso ya que os encontrareis cola, eso fijo, aunque si le echáis un poco de morro y decís que tenéis el bono, en principio, os dejaran pasar.

Los Jameos del Agua es la primera obra de Manrique en la isla y sorprende ver que data de los años 60, época en que lo que se llevaba era el todo por la pasta sin pensar en las consecuencias que tendrá. Pues bien, aquí el amigo ya apuntaba maneras y en lugar de cargarse todo lo que se le ponía por delante para poder explotar al máximo el turismo de masas que ya empezaba a despuntar en las islas siguió fiel a su estilo y logró acondicionar un precioso paraje natural, dándole un toque artístico pero sin romper con la esencia del sitio.

Os cuento, a ver. A un Jameo aquí se le llama a los tubos volcánicos que, por el motivo que sea, han acabado colapsando y se han venido abajo dejando esa parte al descubierto.

En los Jameos del Agua tenemos exactamente 3 jameos, provenientes de la erupción del volcán Corona, omnipresente en todo momento presidiendo el paisaje, y por el que se entra es por el conocido como Jameo Chico.

Una vez sacamos la cabeza por él ya vemos enfrente nuestro una parte del tubo volcánico al que pertenece, de unos 100 metros de largo, e inundado de agua salada, que esta se filtra por encontrarse por debajo del nivel del mar. Solo hay una pequeña abertura más o menos en el centro de este tramo que deja que entre el sol e ilumina lo que hay en él: miles y miles de mini cangrejitos, los Jameitos, endémicos del lugar y que debido a los miles de años que han pasado en la más absoluta penumbra son albinos y ciegos y son, sin duda, uno de las imágenes más icónicas, no solo del lugar sino de la isla entera.

Para salvar este tramo, una pasarela perfectamente mimetizada cruza el tubo volcánico de punta a punta y nos lleva al siguiente Jameo, el Jameo Grande, donde Manrique construyó una piscina de suaves formas y de un blanco puro que contrasta de manera espectacular con el negro oscuro de las paredes. Lástima que uno no se pueda meter en ella porque la chicharra que pega ya es considerable aunque entiendo perfectamente que esté prohibido y es que, conociéndonos, duraría tres días. Así nos va.

Encima de este Jameo, antes de la salida, nos encontramos con la Casa de los Volcanes, una especie de museo que te explica de forma muy didáctica el porqué de todo esto, y el funcionamiento de los volcanes, algo que para garrulos como yo, la verdad que se agradece bastante.

También tenéis varios bares y restaurantes, perfectamente integrados con el lugar que, en mi opinión, no valen un carajo, y es que pagas por el lugar donde se encuentra, que oye, tampoco está mal, pero fuera de estos centros puedes comer mil veces mejor y bastante bastante más barato así que como mucho hacer como nosotros, un buen carajillaco para pillar fuerzas y a seguir, que esto no ha hecho más que empezar.

La Cueva de los Verdes

Y como si de una continuación de la visita de los Jameos se tratara, a poco más de un quilómetro de allí nos encontramos con otro de los iconos de la isla: La Cueva de los Verdes.

En verdad forma parte del mismo tubo volcánico que los Jameos del Agua, aunque en ella la actuación que se llevó a cabo fue mínima y se basa, principalmente, en la iluminación.

Eso sí, solo se pueden recorrer los algo menos de dos quilómetros que hay adaptados para su visita (de los 6 que tiene en total el tubo volcánico) en grupos de aproximadamente 50 personas y con guía, el cual te va dando alguno que otra explicación en castellano y en inglés y a decir verdad, de la misma manera que en las anteriores atracciones no tengo ninguna queja, aquí sí que digo que la gestión de la cueva debería ser mejor, a como mínimo, distinta.

Y es que una vez esperas el turno de tu grupo (por cierto, a pleno sol en medio de ninguna parte, llevar gorra y crema o moriréis antes de entrar si el sol pica como lo hacía hoy) la visita en si de la cueva no tiene ni puta gracia y es que los tiempo están tan calculados que cada grupo forma parte de un engranaje que tiene que estar en un lugar concreto en un tiempo concreto, eso hace que no puedas detenerte a observar nada, ni para hacer una foto si no es en el lugar que te dice tu guía, por no decir que un grupo de 50 personas silencioso silencioso no es que sea, la verdad.

Es lo que tiene, supongo querer abarcar el máximo de gente posible, que le quita la gracia a todo. En mente tengo la visita que hicimos hace unos meses en Tenerife a la Cueva de los Vientos, mil veces menos espectacular paisajísticamente hablando, pero que con la visita que te hacen, en pequeños grupos y de forma más personal, pues se disfruta más o como mínimo te queda más claro dónde estás. No sé, es mi opinión, sin más.

Por lo demás la cueva es un pasote y es que pasas por distintos niveles del tubo volcánico, con partes que superan los 50 metros de altura y casi 20 de ancho, para que os hagáis una idea de las dimensiones del lugar. Además, lo que decíamos, la iluminación está muy pero que muy lograda, dándole al lugar la belleza que le corresponde en su justa medida. Si es que este tío era un crack.

Solo dos apuntes, el primero es que al final de la ruta hay una sorpresa que no os voy a revelar, si queréis descubrirla os tocará ir a vosotros mismo y dos, de Verde, lo que se dice Verde, no tiene una mierda, y es que lleva este nombre porque era el apellido de una familia de la zona que se refugiaba en la Cueva cuando la isla era atacada por mis coleguis Piratas, simplemente por esto, así que no esperéis nada de ese color porque, se siente, no lo hay.

El Volcán de la Corona

Y con el tute que llevábamos ya encima, tocaba, sin duda alguna, para a zampar.

En Arrieta, un pequeño pueblo marinero a pocos quilómetros de donde nos encontrábamos, este el que, según muchos, es el mejor restaurante de la isla para comer pescado fresco, el Amanecer.

Este es un restaurante de los que nos gustan, de toda la vida, sin grandes pretensiones donde lo que importa es el buen comer así que hacia allí nos fuimos, como si de otra atracción turística se tratara aunque con una pequeña diferencia con las demás: estaba cerrado.

Si, los jueves es el día de cerrar y da igual que sea 12 de Octubre (nada que celebrar), 25 de diciembre o 15 de Agosto, si es jueves, es jueves, así que nada, a buscar otro lugar.

Y el elegido fue un restaurante llamada El Volcán de la Corona, situado, como no, a los pies del Volcán de la Corona, claro, y que nos iba bien ya que está a tocar de nuestra siguiente parada, el Mirador del Río así que decididos empezamos a subir por la carretera que discurre por la ladera del volcán sin saber que de allí saldríamos como salimos unas pocas horas después.

Y es que, la puta, que bien comimos. En él la estrella es la carne a la brasa y el problema lo tendréis para elegir que trozo de carne echaros a la boca de todos los que hay.

Nosotros elegimos para picar un poco de queso asado y unos champiñones fritos con miel tremendos pero lo mejor estaba por llegar: costillar de cerda con miel de caña para Adri y, yeah, chuletón de novillo de 800 gramos para un servidor. Supongo que no hace falta que os diga como costó salir de allí, con una sobredosis de proteína en sangre que nada bueno pues llevar. Hasta respirar me costaba pero eh, oye, todo enterito me lo comí. Si las cosas se hacen se hacen bien, sino para qué.

El Mirador del Río

Y así, intentado respirar como fuera, y con toda la energía de mi cuerpo concentrada en mi estomago para llevar a cabo la dura digestión que tenía por delante, nos acercamos hasta el vecino Mirador del Río, otra obra del amigo, que consiguió hacer, en este caso, de una antigua batería de cañones otra obra de arte.

Aunque aquí, lo que es realmente acojonante son las vistas que hay, desde los casi 500 metros de los riscos de Famara, que quitan, literalmente, la respiración.

En frente tuyo se abre todo el archipiélago de Chinijo, con La Graciosa, a la que iremos en unos días, presidiéndolo todo, y con Montaña Clara y la Alegranza, así como los islotes del este y del oeste, detrás. Lástima que con el paso del día se ha ido metiendo en el ambiente la calima, que ha creado como una especie de peliculilla en el aire que le quita nitidez, pero aún así la vista es de postal.

Y ya no solo el archipiélago, sino que los mismo riscos y la costa de Famara que tienes debajo, cayendo casi en vertical. Que si, que menudo pasote de lugar. No lo dudéis. Vale mucho la pena.

Lástima por eso, que mi batalla por mantenerme con vida y no sucumbir al chuletón que tenía dentro hacía que necesitáramos de un brake real y se nos ocurrió que la mejor opción para ello era meternos una cata de vinos entre pecho y espalda, si es que somos lo más, así que cogimos la preciosa carretera que lleva hasta Haría, lo que antiguamente se conocía como el valle de las 10.000 palmeras, de las que hoy solo quedan unas pocas, la verdad, para luego dirigirnos hacia Teguise y dar un salto hasta La Geria, la zona vinícola por excelencia de la isla, pasando, y parando, antes, por el Monumento al Campesino, también de Manrique, como no, pero se dio el caso de que las bodegas, al llegar a ellas, por la tarde como era ya, estaban cerradas lo que, posiblemente, me salvó de fallecer.

Era una señal de que tocaba poner fin a ese sufrimiento y nos dejamos caer hasta El Golfo, a tocar ya, de hecho, y nos cascamos una siesta de esas de enmarcar, que empalmamos, muy sutilmente, con la noche ya.

Sin duda había sido un largo y, lo más importante, productivo día. Tocaba asimilar y, sobretodo, descansar, que aún tenemos mucha isla por delante.

Asi que por si no lo sabíais, nosotros, seguimos!

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