6 de abril de 2018

El desierto oriental jordano es una extensión en donde nada crece y en donde no existe nada más que el infinito. Kilómetros y kilómetros de tierra quemada totalmente llana y en donde el calor hace de las suyas dejando un falso mar en el horizonte que traiciona hasta a los habitantes del lugar.

Y lo que decíamos: nada.

Esta sería la palabra que mejor definiría esta tierra fronteriza, violenta, y prácticamente deshabitada y en donde el único movimiento que uno ve en ella son los cientos de pequeños tornados de arena que se forman por todos lados fruto de las columnas de aire caliente que vienen de las profundidades del desierto y que le dan, aún más si cabe, un aspecto tétrico y fantasmal.

Aunque espera un momento: – Eso de allí que es? Es un castillo?

Los Castillos Omeyas del Desierto Oriental

Y es que aunque parezca mentira, en medio de la nada más absoluta se levantan los testigos mudos de una época pasada en que estas tierras eran cabalgadas por los califas omeyas y en donde estos se construyeron palacios, baños, pabellones de caza y otras edificaciones perdidas en medio de la nada y en donde se saltaban todas y cada una de las reglas del Islam, como si por estar en ningún lugar, todo estuviera permitido.

Nosotros llegamos a ellos después de visitar la antigua ciudad de Jerash siguiendo primero el curso del rio Zarqa hasta que, de repente, este desaparece y con él las verdes y fértiles montañas que nos llevaban acompañando durante decenas de kilómetros para mostrarnos la puerta del mismísimo infierno en Al Hashemiya, ciudad con aires fronterizos dominada por una gran refinería de Petroleo y que es el último asentamiento civil en muchos kilómetros a la redonda y es que a partir de aquí los únicos que viven en el desierto son los militares que habitan alguno de los tantos y tantos cuarteles con los que te vas cruzando, los refugiados sirios que nadie quiere y los contrabandistas que habitan el desierto y solo se mueven al caer el sol.

Es sin duda una Jordania distinta a la que llevamos viendo hasta ahora pero una Jordania real, de carne y hueso y cemento y petroleo y pólvora y es que muchas veces corremos el riesgo de perder la perspectiva cuando viajamos y siempre va bien un baño de realidad.

Qsar Al-Hallabat

Nosotros, la primera parada que hacemos es en un castillo que, por el contrario, no fue edificado por los Omeyas sino por los romanos en la época de Caracalla: Al-Hallabat.

Se encuentra ubicado en lo alto de una colina a la que solo puedes subir si lo haces a pata y esto, aquí, es un gran trabajo, os lo aseguro, y es que el aire que corre quema como aceite hirviendo y cada bocanada que uno da solo sirve para darse cuenta de que no es suficiente el aire que le llega a los pulmones.

De los ricos mosaicos que cubrían el pavimento no queda ni rastro pero aún así vale la pena observar los muros de lo que en su día fue un Palacio de ocio de los Omeyas y como se combinan la piezas de negro Basalto que aquí aún domina el terrena con los dorados bloques de caliza que ya se empiezan a dejar ver.

También encontramos, muy cerca de aquí, un curioso edificio que parece sacado de un plató de la Guerra de las Galaxias y que en la época de máximo esplendor de los Omeyas albergó unos baños: el Hammam as-Sarh.

Y es que aunque parezca mentira por aquí debajo corre el agua en corrientes subterráneas a pesar que pueda parecer que se está en el lugar más seco del planeta.

Lo encontramos ubicado justo al lado de un típico taller de carretera, dentro de un terreno vallado al que solo se puede acceder por una rotura de la verja y en donde parece que haga siglos que no pase ni dios y es que si esta mañana en Jerash eran muchos los turistas que nos acompañaban, aquí estamos completamente solos, nosotros, el desierto y los dos mecánicos que nos miran preguntándose que coño se nos habrá perdido por aquí.

Sin duda el aura misteriosa que desprenden estos edificios, y el marco inconmensurable en el que se levantan es parte del encanto de este lugar y lo que lo hace tan especial.

Una vez visto esto tocaba seguir dirección Al-Azraq y eso es coger la carretera que te lleva hasta Iraq, poner velocidad de crucero, y empezar a devorar kilómetros entre unos paisajes solo interrumpidos por los tornados de arena, que se cuentan por decenas, durante todo nuestro paso por el desierto compitiendo en numero con los puestos de control militar.

Si utilizáis el GPS, por eso, aunque sea totalmente absurdo porque no hay ninguna otra carretera por la que podáis circular, veréis que, de repente, el ocre del desierto se ve interrumpido por todo de cubos de color blanco, pero miles, a banda y banda de la carretera, siendo totalmente imposible descifrar de que se trata hasta que uno no da con él: estamos en el campo de refugiados de Al Azraq, gestionado por ACNUR y en donde hoy en día, oficialmente al menos, se amontonan más de 45.000 personas que han tenido que huir de Siria, a pocos kilómetros de donde nos encontramos, por la guerra civil que devora el país desde hace más de 6 años.

Y reconozco que es acojonante verlo en primera persona, más aún sabiendo donde se levanta, en el mismísimo infierno y es que aquí con suerte uno puede sobrevivir, olvidémonos ya de vivir, de eso nada.

Se trata de una ciudad hecha de lona, y es que hasta donde alcanza la vista uno solo ve pabellones y más pabellones, todos del mismo color, del mismo tamaño, llenos de gente que hasta hace poco tenían una vida, muchos incluso una buena vida y que, de un día para otro, como si de la peor de las pesadillas se tratara, todo terminó. Realmente increíble y lo que decíamos, un baño de realidad.

Por supuesto de parar ni pensarlo, de eso ya se encargan de recordártelo las muchas señales que hay repartidas por la carretera o, en su defecto, cualquiera de los militares que hay haciendo guardia por todo el perímetro. En verdad si lo ves desde fuera esto y una cárcel es lo mismo.

Qusayr Amrah

Y con todo, ya estábamos en las afueras de la ciudad que lleva el mismo nombre, Azraq, en dónde, entre otras cosas, encontramos otro de los Castillos Omeyas, aunque este dentro de los limites de la ciudad y donde también se abren los sorprendentes humedales que dominan toda la periferia de esta, sin duda sorprendente dado donde nos encontramos y es que esas aguas de las que antes hablábamos, por algún sitio tienen que salir.

Más allá, Arabia Saudí, a pocos kilómetros de donde nos encontramos y desierto y más desierto hasta llegar a la frontera con Iraq, aunque eso ya es otra historia que espero algún día poder escribir también.

Nosotros finalmente decidimos no acercarnos e ir directamente a buscar el que es seguramente es el edificio más visitado de todos los castillos del desierto que no es otro que el Qusayr Amrah, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO debido a sus frescos y que se encuentra en la carretera ya dirección Ammán después de dar un giro de 180 grados a las puertas de Azraq.

Si bien inicialmente este palacio se construyó para proteger las caravanas de camellos por allá en el año 705, la verdadera función que tubo fue la de lugar de recreo para los califas Omeyas y en su día estaba rodeado, aunque a día de hoy parezca algo totalmente imposible, por verdes y frescos jardines.

Para llegar a él se tiene que recorrer el camino que va desde el pequeño y sencillo centro de interpretación, donde uno deja el coche, hasta el Salón de audiencias y el Hammam, que son las dos edificaciones que hoy en día aún se conservan, y es precisamente en este camino, después de subir una pequeña loma, cuando uno tiene las vistas que mejor resumen toda esta historia: a un lado de la imagen vemos el edificio principal, cubierto con una bóveda, y los restos del sistema hidráulico que aún se conservan, con una pequeña noria de madera que, accionada por un camello, sacaba el agua del pozo para llenar el depósito del Hammam y los demás estanques y de fondo, hasta allí donde alcanza la vista, girando en 360° sobre nosotros mismos, la tierra quemada del desierto y un sinfín de pequeños torbellinos de arena. Y nada más.

Este paisaje, que nos lleva acompañando desde que nos hemos adentrado en el desierto oriental, aquí se hace aún más dantesco y he de reconocer que impresiona y es que parece permanecer al margen de la realidad.

Quien sabe si es precisamente por esto que aquí los Califas se permitían absolutamente todo, pasándose por el forro las reglas del Islam, cosa que queda demostrada una vez entramos dentro del Salón de Audiencias y se descubren ante nosotros los frescos que cubren sus paredes, con figuras femeninas prácticamente desnudas o pinturas de algunos emperadores de la época como el emperador de Bizancio, el rey Bisigodo Rodrigo o el Negus de Abisinia.

Anexionado a este salón, encontramos el Hammam, también perfectamente conservado, y de igual forma cubierto por enormes murales donde no faltan las mujeres en pelotas o una sorprendente representación de un mapa celestial del hemisferio norte con varios personajes representados en él.

La verdad es que es un sitio alucinante y una visita muy pero que muy recomendad y en donde, para variar, no nos hemos encontrado ni al tato. Curioso, la verdad pero supongo que la gran mayoría de gente que se acerca hasta Jordania no se acerca hasta esta parte del país y eso, a mi entender, es una soberana estupidez. Pero bueno, para gustos, colores.

Qasr Al-Kharanah

Y esto no se acaba aquí, aunque reconozco que nosotros, después del tute que llevamos hoy, ya empezábamos a estar cansados, tirando a mucho (recordar que nos habíamos despertado en Madaba, habíamos visitado Jerash y ahora estábamos en el puto infierno visitando los desperdigados Castillos Omeyas del desierto) pero no queríamos irnos sin la última visita del día. Y que visita. Y es que a apenas 15 km de Amrah se encuentra otro de los platos fuertes del día: la fortaleza y caravanserai de Al-Kharanah.

Esta se ve desde kilómetros de distancia y es que en medio del desierto se levanta un edificio perfectamente conservado de formas rectas que solo son interrumpidas por las torres redondas que flanquean sus esquinas y de una característica piedra rosada y que le da un aspecto de Uluru del desierto.

Como todos los castillos, su función real está envuelta en un halo de misterio y es que hay quien dice que era un lugar de encuentros políticos aunque lo más probable es que se tratara de un caravanserai dada su estructura y su ubicación, en una encrucijada entre las principales rutas comerciales de Arabia y Azraq y que sirviera para guarecer a las caravanas de camellos que hasta aquí llegaban.

De hecho, su interior así lo parece demostrar, ya que nada más entrar nos encontramos con un enorme patio y los establos junto con grandes almacenes donde se podrían guardar las mercaderías mientras los mercaderes recobraban fuerzas y los camellos se ponían las pilas después de tantos y tantos días por el desierto.

También encontramos unas escaleras que suben a un primer piso, donde se encuentran ni más ni menos que 60 habitaciones y más arriba aún, encontramos la terraza, desde donde las vistas deben ser de escándalo a pesar de que nosotros no pudimos subir dado que esta si se encuentra en muy mal estado y el acceso a ella está cerrado.

Y claro, solos de nuevo.

Y ahora ya si que con esto poníamos fin a nuestro paso por los Castillos Omeyas del Desierto Oriental, un paso que, para mi, se convertía en un imprescindible sin lugar a dudas en cualquier visita al país y que aún conserva ese punto de misteriosa aventura que ya no puedes encontrar en otros lugares como por ejemplo Petra.

Además tener en cuenta que estos son solo algunos de los Castillos, pero hay muchos más, algunos prácticamente derruidos, otros a los que solo puedes llegar después de comerte 30 kilómetros de pista de tierra por medio del desierto, pero que te garantizan una total soledad y una experiencia 100% autentica. No sería ningún disparate venir con la idea de dedicarle un par de jornadas a esta zona del país. Seguro que nos sorprendería. Más aún…

Nosotros ya sabéis, de camino a Ammán: Seguimos!


DATOS PRACTICOS

· Como llegar a los Castillos Omeyas del Desierto

Los Castillos Omeyas se encuentran al este de Ammán en el área comprendida entre la capital del país y la ciudad de al-Azraq. La mejor manera para visitarlos sin duda es en coche de alquiler aunque uno también puede contratar una excursión de esas de medio día desde Ammán que te llevara a los más destacados y luego te llevará de vuelta al hotel como si aquí no hubiera pasado nada.

Si vamos por libre, tenemos que salir de la ciudad dirección az-Zarqa y una vez allí seguir la carretera 15 hasta cruzarnos con la 30 que es la que nos lleva primero hasta al-Azraq y luego sigue hasta la frontera con Iraq.

En este tramo encontramos el Qsar al-Hallabat y el Hammam as-Sarh a parte del Campo de refugiados de al-Azraq.

En la misma Azraq hay otro de los c astillos omeyas destacados, el Qsar al-Azraqque nosotros no visitamos.

Los otros dos, seguramente los más impresionantes de todos, que son el Qusayr Amrah y el Qasr al-Kharanah se encuentran en la carretera 40, ya de vuelta hacia Ammán y tanto el uno como el otro se ve desde la misma carretera.

· Visita a los Castillos Omeyas del Desierto

La entrada a los Castillos Omeyas del desierto es libre en todos ellos exceptuando el del Amrah y el al-Kharanah, en donde te piden la Jordan Pass unos guardas muertos de aburrimiento que hay en la entrada de los recintos. En caso de que no dispongas de Jordan Pass la entrada es de 1JOD.

En el caso del de Amrah, el mismo guarda te tiene que venir a abrir el Castillo y aprovechará allí para darte una pequeña explicación de los frescos a cambio de una propina. La verdad es que vale la pena ya que sino puede que te pierdas el significado de la mayor parte de los murales y además el tío es muy majo con lo que no se hace nada pesado. Muy recomendable.

· Dónde comer en los Castillos Omeyas del Desierto

Tener en cuenta una cosa: las Castillos del desierto se llaman así porque están en el desierto así que, a excepción de Azraq, no hay absolutamente nada alrededor y es más, no hay nada a muchos kilómetros a la redonda así que olvidaros eso de: – ya comeremos algo por allí. No, no comeréis nada por allí a no ser de que llevéis la comida con vosotros. Como mucho algún te le podréis sacar a algún guarda que quiera algo de conversación. Nada más. Avisados estáis.

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