15 de agosto de 2018

El Masai Mara y la gran migración

7 tortuosas horas separan Nakuru de la entrada a la reserva más famosa de Kenia: la Reserva Nacional de Masai Mara.

7 horas en las que pasas de los fértiles campos de cultivo de las tierras Kikuyu a los áridos pastos de los Masai.

7 horas en las que uno se adentra, sin darse cuenta, en un mundo perdido, en un lugar que escapa de nuestra imaginación, en una enorme arca de Noé en forma de colinas y llanuras sin fin, pero claro, eso, por entonces, nosotros, aún no lo sabíamos.

Pero mucho no tardaríamos en descubrirlo, la verdad.

Es a partir de Narok, la capital administrativa de la región y la ciudad más importante en tierra Masai, cuando uno ya se mete de lleno en el área de influencia de la Reserva, el asfalto desaparece por completo, y las Bomas, que es el nombre con el que se conoce a las aldeas en las que se distribuyen los miembros de las distintas familias Masai se van alternando con grandes extensiones de sabana en donde ya se ven con frecuencia familias de jirafas, de antílopes y de ñus.

Esta parte del trayecto, en la que nos vamos cruzando con improvisados peajes montados por los Masai por atravesar sus tierras y, ya de paso, sacarse unos pavillos, nos lleva directamente hasta Oloolaimutiek, un pueblo de chapa y pintura, improvisado por las circumstancias y que se ha convertido en el último punto de avituallamiento antes de entrar a la reserva y, por lo tanto, en lugar de paso obligado: más allá de él, ya no hay nada.

O todo, depende de con que ojos se mire.

Y en estas estábamos, a punto de cruzar la puerta de la Reserva Nacional de Masai Mara, posiblemente, en esos instantes, el mejor lugar del mundo donde podríamos estar.

Esta Reserva Nacional, de 1.500 kilómetros cuadrados, y que es una prolongación por el norte el Parque Nacional del Serengeti, en Tanzania, es el lugar del país donde uno se encuentra con la mayor concentración de animales, además con diferencia, lo que lo convierte en el lugar más visitado de Kenia.

El secreto de esto es que, junto con Serengeti, forma un ecosistema común, sin las fronteras con las que nos encontramos los humanos, y los animales van pasando de un lugar a otro en función de la época del año. Y es precisamente en la época en la que nos encontramos, entre Julio y Agosto, que se da uno de los mayores fenómenos de migración animal que se puede ver actualmente en el planeta cuando prácticamente 2 millones de ungulados (principalmente ñus pero también cebras y gacelas) cruzan de las ya resecas planicies del Serengeti a las aún húmedas tierras del Masai Mara y con ellos, siguiéndoles de cerca, claro está, todo de depredadores en busca de sus presas.

Y es que nadie falta en esta fiesta.

Y todo esto y más, allí estaba, justo detrás de esa puerta que teníamos en frente, mientras esperábamos que Bonny hiciera todo el papeleo para que nos dejaran entrar de una vez por todas.

Y entramos.

Delante nuestro se abrió, de repente, otro mundo, incluso la luz cambió, mientras cruzábamos con nuestra furgoneta, que a estas alturas era ya nuestra casa, sus suaves colinas, enlazadas por llanuras salpicadas por miles de ñus, de cebras y de impalas y en donde ya aparecían, por primera vez, las gacelas de Thompson, nuestros primeros Topis, algún que otro Eland solitario y de vez en cuando, en la copa de algún árbol, los buitres, buscando la muerte, que aquí, siempre está cerca.

Primeros momentos de abrumadora locura, y es que por mucho que hayas leído o visto en televisión, uno no se hace a la idea en que puede consistir esto hasta que no lo tienes en tus morros, y es que es todo el paisaje el que ocupan estos animales, colinas enteras y hasta el horizonte, llenas de ellos.

Pero aún así, por mucho que pese, siguen siendo actores secundarios en esta película, y es que cuando, a un lado del camino, en un pequeño barrizal formado por las intermitentes lluvias que pese a ser la estación seca aún caen por aquí, nos encontramos con nuestra primera familia de elefantes, los ñus y demás pasaron a un segundo plano y es que, no en vano, son nuestros primeros elefantes del viaje, libres y salvajes, el cuarto de los Big Five que hemos visto en menos de dos tardes de Safari (solo nos queda el leopardo) y eso siempre hace especial ilusión a pesar de la distancia que nos separa.

Pero oye, una cosa: – Porque nadie se detiene??

Y es que al estar embobados con los enormes paquidermos no nos hemos dado cuenta que, mientras tanto, un buen puñado de coches han pasado detrás nuestro sin siquiera reducir la velocidad, cagando ostias que se dice, y se han detenido a menos de un kilómetro de donde nos encontramos: No hay duda, allí hay algo.

Reconozco que, al llegar, el panorama que nos encontramos nos deja algo descolocados a pesar de que ya estábamos avisados al respecto: aquí hay mucha más gente de la que nos encontraremos en otros parques, hasta el punto de que lo único que vemos enfrente nuestro es como a unos veinte vehículos haciendo un semicírculo en medio del camino y claro, en nuestra furgoneta, una única pregunta: que mierdas habrá ahí dentro?

Y en estas que Bonny empezó a bailar, siguiendo las indicaciones de Colleta, un poco hacia adelante, ahora un poco hacia detrás, ahora metiendo el morro aquí y ahora por allá y premio!!

De repente estábamos en primera fila y no nos podíamos creer lo que veíamos: una manada de leonas con sus cachorros, tumbadas ellas, descansando, mientras los pequeños hacían de lo que son, pequeños, y jugaban entre ellos o retozaban panza arriba formando una enternecedora imagen y ,todo esto, nada más llegar.

Con todo contamos unas 3 leonas adultas y un mínimo de 6 cachorros, algunos más bichos que otros, en especial uno que no paraba de dar por culo a los demás y que ya posaba practicando para cuando en su cuello haya una densa melena y sea él quien manda en toda esta historia.

Habían sido nada, poco más de dos horas de Safari en el Masai Mara, dos horas en las que apenas habíamos rascado su parte más superficial, dos horas de presentaciones tan solo, pero dos horas llenas de sensaciones y de emociones, dos horas de vida salvaje a rebosar, sin duda, la mejor toma de contacto posible y es que, por si fuera poco, ya dirigiéndonos hacia nuestro alojamiento, volvió a suceder: por si no nos quedó claro ayer en el Lago Nakuru, los atardeceres de África son pura magia: una enorme bola de fuego incandescente hizo que tuviéramos que detener el coche, bajarnos de él y frotarnos los ojos para ver si era real.

Y si, lo era…

16 de agosto de 2018

Un partido de Tenis en el río Mara

En la sabana, para que unos vivan, otros han de morir. No falla.

Esto, aquí, es el día a día y en verdad, todos somos conscientes de ello, pero reconozco que, hasta que no lo ves con tus ojos, resuena en tus oídos y en tu nariz se impregnan los olores de la muerte no te das cuenta de hasta que punto, todo esto que tienes en frente, es real, completamente real.

Apenas hacia un par de horas que habíamos cruzado, con las primeras luces del alba, la puerta de entrada a la Reserva de Masai Mara y en ese poco tiempo ya nos habíamos encontrado con nuestro primer león y su melena, aunque nos habíamos tenido que conformar con verlo en la distancia ya que, a diferencia de muchas otras agencias de las que aquí operan, para nosotros no todo vale para sacar una foto: los caminos de la Reserva están para respetarlos ya que al meterse campo a través uno no ve nada de lo que hay oculto entre la maleza como nidos, madrigueras o incluso crías que, por supuesto, quedan completamente destrozadas al pasar una enorme furgoneta cargada con todo de turistas por encima.

También habíamos tenido tiempo de cruzarnos con los primeros hipopótamos del viaje, esos animales tan monos que, sin embargo, son el mamífero que causa más numero de muertes en toda África y con los que nos habíamos topado casi por casualidad, mientras flotaban tranquilamente en una poza llena hasta los topes de su propia mierda, y habíamos visto, también, nuestros primeros chacales y nuestros primeros avestruces, todo eso en apenas nada, no llegaba al par de horas, sin contar, claro está, los miles y miles de ñus que dominan el paisaje prácticamente en su totalidad: allá donde mires, hay ñus, eso aquí, en Masai Mara, es un axioma.

Pero de todo eso, lo que más nos había golpeado, para lo bueno y para lo malo, era precisamente el espectáculo dantesco que teníamos en ese preciso instante delante de nuestros ojos, que oíamos hasta hacernos estremecer y que, también se ha de decir, apestaba horrores.

Y es que no se cuantos buitres debería haber, igual medio centenar, quizás más, no lo se, porque mientras unos se las veían canutas para poder levantar el vuelo de lo que llegaban a pesar, otros, en cambio, esperaban pacientemente su turno mientras una masa plumada despedazaba, delante nuestro, lo que parecía ser un ñu.

Ese ruido, esas cabezas llenas de sangre, esos picos que se metían dentro del estomago del animal para arrancar sus entrañas. Lo que estábamos presenciando era un autentico frenesí para estas aves que viven, como muchos de los animales que habitan estos parajes, de la muerte de otros. La vida y la muerte en estado puro, y delante nuestro, sin anestesia, y lo dicho: el día, justo, acababa de empezar.

Para hoy, el primer día que pasaríamos entero en Masai Mara, el objetivo que teníamos estaba muy claro desde el primer momento y era, como no tardaríamos mucho en darnos cuenta, el mismo que para la gran mayoría de visitantes de la Reserva: mirar de coincidir con los ñus cruzando el rio Mara como parte de su migración desde el Serengeti hasta aquí en busca de mejores pastos. Esas imágenes que tantas y tantas veces habíamos visto en documentales de miles de ñus cruzando despavoridos el río mientras intentaban esquivar a los temibles y enormes cocodrilos del Nilo que habitan sus aguas es una de las imágenes más preciadas por todo el mundo pero tiene una pequeña objeción: uno no tiene ni idea de cuando ni por donde van a cruzar y claro, estos no avisan, así que se trata de tener paciencia, esperar y sobre todo, estar en el lugar y en el momento adecuado.

Para llegar al río, eso si, no hay perdida: uno solo tiene que seguir las enormes hileras de estos animales que se forman y que llegan a ser kilométricas: por muchos que te imagines, siempre son más, es realmente acojonante la cantidad de estos animales que hay, no en vano, se calcula que durante este periodo de migración son más de 2.000.000 de estos animales los que hasta aquí se acercan, sin contar, claro, los que ya viven aquí de forma permanente.

Y siguiendo esa fila, lo que decía, uno llega al rio Mara.

Y que nos encontramos??

Imaginaros el rio Mara como una enorme red en un partido de Tenis.

En un lado de la cancha, igual 20 o 30 coches alineados perfectamente, con sus motores rugiendo como si de una salida de Formula 1 se tratara.

En el otro lado de la cancha, es decir, en el nuestro, más coches aún, igual 50 o 60, no lo se, muchos, muchísimos, y entre los coches y el río, miles de ñus.

Aún falta, por eso, un actor en este partido, el arbitro, claro está.

Y aquí, este papel, corresponde a los guardas de la Reserva, situados estratégicamente entre los ñus y los coches para que nadie se adelante: cuando hay ñus debatiendo si cruzar o no ,uno no se puede acercar a la orilla del río ya que eso podría hacerles desistir en su empeño con lo que solo nos podemos mover después de ellos, cuando el arbitro de la señal de salida.

Así que si, toca esperar.

Nosotros, gracias a la pericia de Bonny al volante, estamos colocados en una muy buena posición en la casilla de salida aunque eso, en verdad, al final, poco importa: puedes tener miles de ñus a pocos metros de la orilla del río justo delante tuyo que, de repente, a uno de los que está liderando al grupo le da un cortocircuito en el cerebro y empieza a correr en otra dirección y ya ves a tooooodos los demás siguiéndolo y ala, ya está liada.

Además, mires hacia donde mires, van llegando otros grupos de estos animales con lo que la acción va cambiando de tercio cada poco tiempo y es en estas cuando, en la otra orilla del río, empieza a verse movimiento: un enorme de grupo de más de mil de estos ungulados se dirige, directa, hacia el río. La lastima es lo que decíamos antes, al final es cuestión de suerte, nosotros no podemos llegar hacia donde ellos se dirigen, llegaríamos cuando ya todos hubieran cruzado a esta banda y finalmente, en esta ocasión, solo alcanzamos a ver como 3 de estos animales, en un alarde de valentía, locura o de poco cabal, deciden cruzar solos, y con mucha calma, el río por delante nuestro.

Así que si, toca seguir esperando.

Aquí, a uno, las horas le pueden caer sin darse cuenta y es que esto no es un zoo donde se programan los espectáculos: hay gente que igual lleva desde las 6 de la mañana aquí esperando e igual hoy ni se deciden a cruzar, es lo que decíamos antes, es un juego y a veces uno gana, y otras, uno pierde.

Cuando en una de esas, un rumor nos despierta de nuestro letargo.

El gran grupo que tenemos delante se estremece al mismo tiempo que gira la vista hacia atrás para ver que, de la nada, ha aparecido otro grupo, enorme también, con miles de estos animales y acompañados esta vez por grupos de cebras que lo tienen muy claro: van a cruzar.

Y aquí empezó todo.

La enorme nube de polvo que levantaban los dos grupos hizo que todo oscureciera hasta el punto de vernos inmersos en una densa niebla que nos cubría hasta el último centímetro de nuestro cuerpo. Los dos grupos se habían juntado y estaban cruzando ya, a unos 250 metros de nosotros.

Y Bonny tenía muy claro lo que tenía de hacer.

En pocos segundos estábamos dirigiéndonos hacia allí aunque creo que ninguna de nosotros se esperaba que pasara lo que pasó: de repente, una docena de enormes 4×4, sin miramiento alguno, cruzaron campo a través el tramo que nos separaba del río, haciendo caso omiso de los guardas a los que la situación ya se les había desbordado e incluso llegando a cortar por la mitad el grupo de ñus que se dirigía a cruzar y que, al ver la situación, solo pudieron darse media vuelta y desistir.

No nos lo podíamos creer, pero que coño es esta mierda?

Obviamente, estos gigantes llegaron antes que nadie a orillas del río y lo peor de todo, haciendo que solo lo cruzaran un pequeño grupo ya que el resto había sido cortado con lo que para cuando nosotros llegamos ya no había nada que rascar a parte de cagarnos en la puta madre que los parió.

La verdad es que fue muy decepcionante, obviamente por no poder ver a los animales cruzar pero sobre todo por el circo que se montó alrededor.

Desde que empezamos a organizar esto, desde Udare, la agencia con la que organizamos esto, nos dejó muy pero que muy claras las pautas a seguir y estas fue una de las razones por los que los elegimos a ellos: no se puede interferir en la vida de los animales salvajes y se ha de intentar, siempre en la medida de lo posible, que nuestro paso por aquí, que al final es su casa, sea lo menos invasivo posible.

Y Bonny lo había hecho todo a la perfección, rápido y ágil, siguiendo las pautas, pero si todas las demás agencias, o casi todas, se lo pasan por el forro pues poco se va a conseguir. No se, es un tema peliagudo pero creo que en sitios y épocas del año tan concretas como esta y que atraen a tanta y tanta cantidad de gente se tendrán que tomar medidas si no quieren que esto se vuelva insostenible, si no lo es ya, claro.

Con todo, y después de esperar un rato más a ver que pasaba, decidimos dejar a los ñus para más tarde aunque no así el río: sus aguas son el hábitat de un gran numero de hipopótamos, que a esas horas del día se dedican a flotar tranquilamente esperando las horas de menos calor para salir a pastar, y de los antes nombrados cocodrilos del Nilo, que pueden llegar a medir hasta 5 metros y a pesar más de 400 kilos. Viéndolos, no es difícil de entender porque se lo piensan tanto los ñus en cruzar y sobretodo cuando ves el cementerio de huesos en que tiene convertido los cocodrilos el cauce del rió: decenas de esqueletos de ñus que no tuvieron la suerte de otros al cruzar el río y terminaron devorados por este reptil, el más grande que existe después del cocodrilo marino.

Y lo mejor de todo, el día aún tenía un par de sorpresas guardadas para nosotros y si es cierto que, al menos hoy, no veríamos el cruce del rio Mara, nos esperaba un encuentro muy especial y que nos demuestra que, a veces, somos lerdos.

Y es que si nosotros ya habíamos pasado página, no podían decir lo mismo las decenas y decenas de coches que se agrupaban esperando el gran momento en que pudieran volver a convertir el Masai Mara en un pequeño Paris Dakar y claro, todos con la mirada dirigida hacia el río.

Pues bien, aquí la vida no se detiene, sigue su curso, y en estas que mientras todos observaban el río, por detrás, una gran familia de elefantes hacia acto de presencia: a pesar de que ayer ya habíamos tenido un encuentro con estos animales, nada que ver con el de ahora, y es que la distancia que nos separaba de ellos era de metros, de hecho en alguna ocasión incluso nos llegaron a avisar que era por allí por donde querían pasar y haciendo que tuviéramos que retroceder un poco para no meternos en su camino.

Sin duda fue un momentazo, el momentazo del día diría yo y que hizo que disfrutáramos como enanos con estos animales, los verdaderos dueños de todo esto, los únicos a los que nadie les tose y, viéndolos de cerca, uno entiende la razón.

Llegaba el momento de irnos, y es que aún teníamos varias horas por delante para llegar a la puerta de la Reserva cuando, en medio de la sabana, aún tuvimos tiempo para una visita inesperada en forma de leona solitaria. Sin duda la mejor despedida que uno puede tener para un día como el de hoy.

Visita a un Boma Masai

Y ojo, porque nuestro día no terminaba aquí y es que hoy, a nuestra salida de la reserva, íbamos a visitar una autentica Boma Masai de las inmediaciones.

Reconozco que yo no acostumbro a ser muy partidario de estas cosas si no se del cierto a donde va a parar el dinero que se paga para hacer la visita y solo ha sido cuando Colleta me ha asegurado que el dinero se reparte luego entre la comunidad que hemos accedido a hacerlo y, la verdad, a merecido la pena.

Como antes he comentado, estas tierras están habitadas por la etnia Masai, una tribu nilótica que actualmente está compuesta por unas 850.000 personas viviendo entre Tanzania y Kenia y que vive mayoritariamente de la ganadería y, ahora ya también, del turismo.

Son conocidos en el mundo entero por su vestimenta, envueltos en coloridas mantas (shuckas) que les sirve para todo, y por sus bailes, y se organizan en distintos clanes que viven agrupados en bomas, que es el nombre que reciben sus aldeas, de forma circular y protegidas por un cercado hecho a base acacias, llenas de pinchos, para proteger a su ganado del ataque de los animales salvajes.

Sus cabañas, que reciben el nombre de Manyatta, están hechas de adobe y estiércol y en ella se agrupan las distintas familias donde la poligamia es la nota predominante.

Una vez allí, y después de las presentaciones, nos reciben con los bailes de rigor, a la entrada de la Boma, donde te dan la bienvenida e incluso te dejan bailar un poco con ellos para luego, pasar a mostrarte su forma de vida, te enseñan como hacen fuego (o hacían, hoy en día los mecheros y las cerillas son mucho más practicas) y luego mostrarte como es una de sus Manyattas por dentro.

Al final de todo, a pesar de que el turismo ha tenido mucha incidencia en su forma de vida y en muchos casos a terminado con culturas milenarias, igual esta, la de pagar para que te enseñen un poco de su día a día, aunque igual no sea del todo así, es una forma para que perduren estas culturas que de otra forma serían arrasadas por el modo de vida occidental, no se, es una reflexión que me hago y que de bien seguro merece la pena pensar en profundidad.

Con todo, la guinda perfecta a nuestro día y, lo mejor de todo: Mañana más…

17 de agosto de 2018

The Five Brothers

Anoche, en la sobremesa que hacemos a diario con Colleta después de cenar y que se ha convertido uno de los momentos más agradables del día, en donde comentamos la jugada y nos marcamos el objetivo para el día siguiente pero, sobretodo, donde Colleta nos explica sus historias trabajando como guía y nos va descifrando los secretos de este país, decidimos, entre todos, no volver al rio Mara ya que, a pesar de que el espectáculo de miles de ñus cruzandolo es algo que siempre hemos querido contemplar, el espectáculo que se forma alrededor de él no nos compensa con lo que nos dedicaríamos a hacer lo que hemos venido a hacer aquí que no es otra cosa que buscar animales, recorrer la reserva con la cabeza fuera del coche observando cada rincón para descubrir en concreto a tres que teníamos en nuestra lista para hoy: un león macho (a pesar de que ayer ya dimos con uno, lo vimos de lejos y era joven, sin mucha cabellera), un leopardo, como no, al que podríamos llamar ya mi obsesión y otro de los felinos que habita el parque, el entrañable guepardo.

Así que con ese ambicioso objetivo, pero sabiendo que con Colleta guiándonos todo es posible, cruzamos por tercera vez la puerta de los sueños en que ya se ha convertido la entrada de la reserva del Masai Mara, nos pusimos de pie y nos preparamos para pasar otro inolvidable día en este mágico lugar.

Y nada más entrar, otra vez. La vida y la muerte. Por un lado, una mamá gacela de Thompson amamantando a su cría que apenas se mantiene en pie, un espectáculo lleno de vida que choca por completo con el que nos encontramos a continuación y que no es otra cosa que una continuación del frenesí que contemplamos ayer: otro ñu muerto siendo devorado por decenas de buitres en un espectáculo dantesco pero al que, poco a poco, ya nos estamos acostumbrando, aunque no así al insoportable olor que desprenden los cadáveres de los animales que te vas encontrando por el camino y que se te mete en la nariz.

Y después de ponernos en situación, de recordarnos cual es la realidad aquí dentro, y para no perder la costumbre, a lo lejos, una manada de ñus más recogida de lo habitual: eso no puede querer decir otra cosa que felino cerca. Y si la primera tarde que estuvimos en Masai Mara nos recibió una manada de leones y ayer, con las primeras luces del día fue un joven león macho el que nos dio los buenos días, hoy era una leona de una tamaño considerable que empezaba a buscar la sombra bajo unos arboles jodiendole el pasto mañanero a todos los ñus que había en la zona.

Hemos visto ya unas cuantas leonas entre Nakuru y los días que llevamos aquí pero que queréis que os diga, cuando aparece una de estas en el horizonte sigo sintiendo lo mismo y es que sin duda, estos animales son los reyes a los que nunca te vas a cansar de observar.

Lo que si que es cierto es que, a diferencia de los primeros días, a no ser que tengan una actitud que diga que en algún momento u otro va a ocurrir algo, ya no nos tiramos una hora parados sino que las observamos un rato en silencio, nos la guardamos en la retina y, ahora si, nos disponemos a seguir en busca de nuestros 3 objetivos del día.

Con todo, volvemos a la pista principal de nuevo, y nos vemos inmersos otra vez en el espectáculo de la vida del Masai Mara, circulando entre miles y miles de ñus, cebras y gacelas que ocupan todo el paisaje allá donde se mire aunque no, ellas no son las protagonistas, injustamente igual, quien sabe, pero a los pocos metros nos desviamos de nuevo: un guía con el que nos hemos cruzado les ha soplado algo a Bonny y a Colleta y no han dudado ni un segundo en dar media vuelta y meternos de lleno en el barrizal en el que ahora están convertidas las pista por las que ayer se podía circular perfectamente.

Que qué hay? Pues ni puta idea y es que ninguna de los dos suelta prenda por mucho que les preguntemos: no van a ser ellos quien nos chafen la sorpresa y ojo, que se lo agradezco, pero en esos momentos, ahjjjjjj! Mataría por saber Swahili!

Sea lo que sea, fácil no nos lo va a poner y es que como decía, los caminos por los que ayer se circulaba sin apenas problema hoy se han convertido en un barrizal debido a la lluvia que cayó anoche y poco tardamos en encontrarnos con el primer coche atascado en uno de ellos con una rueda hundida medio metro en el barro sin poder ni avanzar ni retroceder. Cuando esto pasa, como es lógico, no hay animal que valga, lo primero es ayudar al coche que está en apuros a salir de allí ya que hoy es él pero mañana, o en media hora, puedes ser tu y no podemos olvidar donde estamos ni, sobre todo, quien puede estar escondido entre la maleza, observando, sin nosotros ni siquiera imaginárnoslo y es que en un Safari vemos miles de animales, pero son muchos, muchísimos más los que no vemos mientras que ellos, a nosotros, si. Y esto hay que tenerlo muy pero que muy presente.

En este caso, los que si están a la vista como a unos 50 metros son 3 búfalos adultos que nos observan con absoluta indiferencia: parece que su única motivación ahora mismo sea la de espantar a la nube de moscas que los rodea a base de espasmos, movimientos de orejas y certeros latigazos de cola pero aún así no nos podemos confiar con lo que Colleta, nuestra madre, no nos deja bajar del coche para echar un cable aunque, a decir verdad, poca falta hacemos: entre Bonny y otro coche no tardan ni cinco minutos en sacar al accidentado de turno.

Ahora si, podemos continuar.

Solo poco antes de llegar a la colina hacia la que nos dirigimos Colleta nos pregunta cuales eran nuestros 3 objetivos del día: ella ya ha visto algo, no hay duda, y es algo que queríamos encontrar. De nuevo los nervios previos al encuentro, la adrenalina que se dispara, la incertidumbre hasta que al fin lo vemos, donde sino iba a estar, tirado en una saliente rocoso, como si siguiera el guión previsto.

Un enorme león con una gran melena dormitando al sol.

Y nosotros calculo que a unos 5 metros de él, poco más.

Y la madre que me parió que grande que es el bicho.

La pena es que nos da la espalda pero Colleta nos tranquiliza, por la hora que es y el calor que empieza a caer, poco tardará en levantarse para buscar un poco de sombra y joder, dicho y hecho, ni 5 minutos habían pasado cuando aquel enorme macho se levantaba, dejando tras de si una mirada para la posteridad y abandonaba la escena para tumbarse detrás de unos arbustos lejos del molesto sol.

Primer objetivo del día conseguido y aunque todo fue muy rápido y no conseguimos sacar una foto potente de frente, en parte por los nervios cuando llega el momento que aún me juegan malas pasadas con mi cámara, nos dejó con la satisfacción de haber podido tener nuestro primer encuentro de tu a tu con un gran macho, con el icono sin duda, ya no de un país sino diría, incluso, que hasta de un continente.

Y tocaba seguir jugando porque al final, un Safari, no es más que eso, un juego, una búsqueda interminable de ese alfiler en un pajar enorme y que nos hace retroceder, en muchos casos, a nuestra infancia, durante esos interminables veranos en los que salias de casa temprano y no volvías hasta que empezaba a caer el sol, con las rodillas solladas y lleno de mierda hasta las orejas pero con una sonrisa de oreja a oreja y deseando que llegara el día siguiente para volver a empezar.

En esta ocasión, para seguir con nuestra búsqueda, tocaba alejarse de los caminos más trillados de la Reserva, y empezar a recorrer tramos nuevos para nosotros y eso es algo que, la verdad, he agradecido: esos tramos de kilómetros y kilómetros en los que no te cruzas con ni un alma, solo la inmensidad de la sabana más absoluta, esa imagen que todos tenemos en la cabeza hecha realidad, con la vista clavada en el horizonte intentando divisar aquello que alterara lo más mínimo la monotonía del paisaje.

La verdad es que hemos estado un buen tramo sin ver un solo animal, solo los omnipresentes buitres, atentos a ver si el curso de la vida les daba algo de comer y alguna que otra hiena solitaria buscando exactamente lo mismo pero esto, aquí, en el Masai Mara, no deja de ser circunstancial: de repente, uno pasa de la soledad más absoluta, esa que incluso duele, a verse inmerso en el arca de Noé y, lo mejor de todo, sin darte cuenta.

El dorado pasto de repente desaparece y su lugar lo ocupan centenares, miles de ñus, que solo se apartan del camino cuando nuestra furgoneta esta a un par de metros de ellos. Las cebras, que se cuentan por decenas, contemplan la escena curiosas aunque no tanto como las jirafas, sin duda el animal más cotilla de la sabana. Al margen de ellos, pero aprovechando la seguridad que dan los grandes grupos, los enormes elands hacen la suya y cerrando esta preciosa imagen, la guinda del pastel: una familia de elefantes avanza lentamente, en pequeños grupos, hacia un lugar que solo ellos saben. Y lo que decía antes, todo esto, sin darte cuenta.

Con todo, se acercaba la hora de más calor del día, llevábamos ya varias horas apartados de los principales caminos y de nuestros dos objetivos del día, de momento, ni rastro y a medida que el sol más calentaba, más difícil iba a ser ya que estos animales intentan guarecerse en las horas en que más aprieta el calor, así que ya nos veis a los 4, todos licenciados en biología y grandes conocedores de los hábitos de los animales de la sabana africana, con un máster en documentales de la 2, seguros de que a esas horas ya poco sacaríamos cuando Bonny detiene la furgoneta en medio de la nada, a pocos metros de unos arbustos: – Que hacemos ahora? Si lo que hay allí son cebras, y si, son muy bonitas pero habremos visto tres mil de ellas, no??

Y la voz de Colleta, de repente, sonando como una revelación: – Guepardos…

Y me cago en dios pero si no los habíamos visto y los tenemos a que, 5 metros??

Y otra vez, momentazo, claro.

Guepardos. 5 Guepardos. Tumbados a la sombra que les ofrecían esos escuálidos arbustos, unos dormitando, otro curioseando que narices hacían esos tipos allí a la hora de la siesta a parte de molestar. Y que pasada, que preciosidad de animal, el más veloz de la tierra, llegando a alcanzar los 120 kilómetros por hora cuando se trata de llevarse algo al estomago, allí, a nada de nosotros, y lo mejor de todo, sin nada ni nadie alrededor.

Son estos momentos los que enganchan de toda esta historia y los que desearías que nunca jamás terminaran.

Estos, en concreto, son 5 hermanos, conocidos ya por Colleta, que hacen vida juntos y que han perfeccionado su técnica de caza hasta el punto de que prácticamente todas las intentonas terminan en un éxito rotundo y a pesar de que por los alrededores merodeaban varias cebras que de bien seguro no sabían de su presencia, en ningún momento han mostrado interés en mostrarnos hasta donde pueden llegar y es que estos son animales que solo comen cuando tienen hambre y a la vista del apalanque que llevaban, no debería hacer mucho que se habían dado un buen festín pero no importaba, nosotros teníamos suficiente en estar allí, con ellos, siendo testigos de lo que para ellos es su día a día y para nosotros un espectáculo que nunca vamos a olvidar.

Es precisamente en estos momentos, con la intensidad con que los vivo, en que me pregunto si me podría llegar a acostumbrar a esto, es decir, a que no se me erizara hasta el último pelo de mi cuerpo cuando me topara de frente con un animal de estos.

No es ningún secreto que mi sueño siempre ha sido el poder guiar a grupos por el mundo y enseñarles, a mi manera, claro está, lo que este planeta esconde. Me encantaría poder hacer el trabajo de Colleta y transmitir ese amor por estos paisajes como hace ella y inevitablemente me viene a la cabeza cuantas veces has de vivir una imagen de estas para verlo ya algo normal si es que eso puede llegar a ocurrir.

Supongo que la gente que hace esto por puro trabajo, que los hay, igual lo logran, pero los guías de verdad, como Colleta, que disfrutan de ello, que lo viven, yo creo que jamás dejan de sentir ese flechazo cada vez que cruzan la mirada con un león o con quien sea que se cruce en su camino. No se, es mi opinión, sin más.

Con todo, nuestro día lo hemos hechado ya aquí, visitando a nuestros 5 hermanos de nuevo después de comer debajo de una acacia solitaria en medio de la sabana cuando ha llegado el momento de volver que con todo aún estábamos a un par de horas de la salida de la Reserva y el día estaba llegando a su fin.

A pesar de eso, aún hemos tenido tiempo de cruzarnos con un grupo de leonas, casi por casualidad, dormitando dentro de unos arbustos aunque lo mejor de todo ha sido, sin duda alguna, la despedida que nos ha dado el gran macho de esta mañana y es que, allí estaba, a lo lejos, muy cerca de dónde nos lo habíamos encontrado ya hacía muchas horas, altivo, contemplando todo su territorio, con su melena al viento, para decir adiós a este otro nuevo gran día de Safari.

18 de agosto de 2018

La despedida perfecta…

Levantarse a las 5:30 de la mañana y, después de rociarte bien de repelente, subir la cremallera de tu tienda. Salir afuera y levantar la mirada para descubrir, delante tuyo, las colinas del Masai Mara desperezándose, después de una noche más de guerra de guerrillas, unos luchando por vivir, otros por sobrevivir. Miles de ñus y cebras ya pastan con la tranquilidad que da la luz del día pero nada de relajarse, en frente tuyo también, aunque desde aquí no los veas están ellos, leones y leonas, leopardos, guepardos, chacales, depredadores que no descansan y que esperan la más mínima oportunidad para llenar de nuevo sus estómagos: quien sabe cuando podrán volver a hacerlo. Te quedarías contemplando este espectáculo durante horas pero, de repente, el sol empieza a calentarte la espalda, es la señal inequívoca de que hay que partir: hoy espera un nuevo día de Safari.

De esta manera daba comienzo nuestro último día aquí, en Masai Mara, dónde habíamos vivido algunos de los momentos más emocionantes de nuestras vidas.

Hoy partíamos hasta el Lago Naivasha pero antes aún teníamos que cruzar la puerta de la reserva una vez más: eran las 6:30 de la mañana y queríamos pegar nuestro último tiro y aunque solo teníamos una hora y media sabíamos que aquí, en Masai Mara, todo puede pasar.

Y claro, pasó.

La idea era la de seguir buscando al leopardo, no podía ser de otra manera, pero el parque, para despedirnos, tenía una sorpresa mucho más especial preparada para nosotros y es que nada más entrar en la reserva dejamos la pista principal para meternos por uno de los muchos caminitos que se pierden por la inmensidad de la tierra de los Masai. Todos habíamos visto que algo le había comentado uno de los guardas a Bonny porque además le apretaba, no estábamos buscando nada, no había duda: íbamos a un lugar en concreto pero la pregunta era -A dónde? Y lo más importante, a ver que??

Estos momentos son únicos, lo reconozco, por la cabeza te pasan millones de cosas, la adrenalina va a todo trapo pero puedo decir que, en este caso, la realidad superó a la imaginación: allí no había ni leones ni leopardos. Tampoco una gran familia de elefantes o alguno de los 10 rinocerontes negros que quedan en la reserva. Nada de eso. Lo que teníamos en frente era ni más ni menos que un pequeño grupo de cuatro licaones persiguiendo a una enorme manada de ñus! Licaones!

Y es que justamente la noche anterior habíamos estado hablando con Colleta, después de la cena, de ellos y de que aquí, en Kenia, son prácticamente imposibles de ver y es que el hombre casi a terminado con ellos, como no. En siete años que lleva como guía solo los había visto una vez en el Parque de Ruaha, en el sur de Tanzania, pero aquí, en Masai Mara, nunca.

También conocidos como perros salvajes, por su enorme parecido con ellos, pueden llegar a vivir en jaurías de más de 30 ejemplares y se considera que son los animales que mejor organizan sus cacerías ya que cada miembro de ella tiene una tarea que desarrolla con una precisión suiza, de ahí su enorme eficacia. Si eres su objetivo, estas jodido.

En este caso simplemente estaban correteando a los ñus un poco, haciendo que el enorme grupo de ungulados se retirara en desbandada pero sin tener la intención, en ningún momento, de ir a por ellos. De hecho, en cuanto se han aburrido de jugar con ellos se han puesto a jugar entre si, como si nada, en una escena parecida a la que se vive en cualquier parque de Barcelona un martes por la tarde. Una pena que nos estemos cargando estos y tantos animales.

Sin duda esta era la despedida perfecta para nuestros días en Masai Mara, del que salíamos antes de las 8:30 de la mañana después de habernos cruzado con una enorme manada de jirafas que se había acercado hasta la puerta para que nos quedara claro que aquí, hasta que no sales por la puerta, esto no ha terminado.

Pero terminó, y al cruzar nuestra furgoneta la puerta de la reserva dejamos atrás 4 días en los que habíamos vivido dentro de un sueño, 4 días en los que habíamos puesto cara a esas dos palabras que llevábamos años y años escuchando, imaginando y anhelando. 4 días en los que descubrimos que un paraíso no tiene por que tener arena blanca y aguas turquesas. 4 días rodeados de vida, y si, también de muerte, pero 4 días en los que nos dimos cuenta que, en definitiva, hay otro mundo dentro de nuestro mundo, donde los animales pueden vivir libres y salvajes y eso es algo por lo que, todos, tenemos que luchar.

Asante Sana Masai Mara.

Nos volveremos a encontrar…

DATOS PRACTICOS

· Dónde dormir en Masai Mara

Nosotros dormimos en dos campamentos distintos ya que, a pesar de hacer la reserva en febrero, es decir, con bastantes meses de antelación, en el Fisi Camp, que era la primera opción, la primera noche ya estaba completa con lo que desde Udare tuvieron que buscar una alternativa para ese día y nos alojamos en el Mara Sidai Camp.

Este último, tiene la ventaja de que se encuentra algo más cerca de la entrada que el Fisi Camp pero a pesar de que sus instalaciones son más que correctas tiene algo que siempre hará que está un paso por detrás que el Fisi Camp o mejor dicho, le falta algo: las vistas.

Y es que el Fisi Camp está ubicado justo en la colina que da a la entrada a la reserva y desde allí tienes un amanecer que eriza la piel, viendo como empieza un nuevo día en Masai Mara y eso es algo que no tiene precio.

Además la comida es de las más buenas que probaréis e incluso podéis daros el lujo de hacer alguna colada para empezar a limpiar la ropa que, a estas alturas ya, está comida de mierda.

· Consejos para visitar el Masai Mara

Primero de todo tener en cuenta una cosa: el Masai Mara es lo más.

Partiendo de aquí, todos los días que estéis allí serán pocos aunque yo creo que a partir de 3 días es algo ya aceptable. Menos no. Más, lo que vuestro bolsillo y calendario os permitan. Yo si pudiera me quedaba a vivir allí. Solo digo eso.

El tema frío, aunque ya no pega tanto como en Nairobi o en el Lago Nakuru, pensar que por las noches sigue refrescando así que ir medianamente cubiertos.

Y lo más importante, si por lo que fuera no vais con Udare, cosa que ya os digo, sería un gran error, no permitáis que vuestros conductores o guías se salgan de los caminos ni se salten las normas para hacer de vuestro Safari un Safari responsable. Al final somos nosotros, los turistas, los que tenemos la responsabilidad de que esto pueda seguir así para las generaciones venideras así no os cortéis ni un pelo en cantarles las cuarenta si hacen algo que, bajo vuestro punto de vista, está mal hecho: No todo vale para sacar una buena foto, esto es lo más importante que tenéis que tener presente.

· Animales vistos en Masai Mara

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