14 de Octubre de 2017

Cuando nos hablan de las Islas Canarias, o cuando planeamos algún viajecito a ellas, inconscientemente, nos vienen a la cabeza 7 islas, las de mayor tamaño. Esas son, de este a oeste Lanzarote, Fuerteventura, Gran Canaria, Tenerife, La Gomera, La Palma y el Hierro. Verdad?

Pues bien, eso no sería del todo estricto y es que el archipiélago de las Canarias cuenta, además, con varios islotes que en la mayoría de los casos pasan del todo inadvertidos, los que conforman el archipiélago Chinijo (La Graciosa, Montaña Clara y Alegranza), en el norte de Lanzarote y el Islote de los Lobos, frente a las costas de Fuerteventura.

Y era precisamente una de estas islas, la más grande de ellas, La Graciosa, nuestro objetivo de hoy, así que al lío que para llegar a ella, desde donde estamos, tenemos un trecho, va.

Nuestra primera toma de contacto con La Graciosa la tuvimos el segundo día de llegar a Lanzarote, desde el Mirador del Río para ser exactos, desde donde se tienen unas vistas de todo el archipiélago del copón, a pesar de la calima que teníamos ese día encima.

De hecho recibe el nombre de Mirador del Río por que el tramo de mar que hay entre Lanzarote y La Graciosa, de apenas una milla náutica, se le conoce entre los lugareños así, como el Río y era ese Río el que teníamos que cruzar para empezar a descubrirla.

Y para hacerlo solo hay una opción: en ferry desde el extremo norte de Lanzarote, desde el pueblo Órzola.

Es desde este pueblo marinero desde donde salen los ferrys que vienen y van a La Graciosa, aproximadamente sale uno cada hora en ambos sentidos y el precio para los no residentes es de 20€ ida y vuelta (5€ para los residentes canarios).

Nosotros fuimos con la intención de pillar el primero que partía, que era a las 10 de la mañana pero una pedazo de pastelería artesanal que te encentras a las afueras de Arrecife, cuando coges el desvió hacia los Jameos del Agua, en la circunvalación, fue la culpable de que lo perdiéramos y tuviéramos que esperar al siguiente, que salía a las 11:30. Bueno la pastelería no tuvo la culpa, en verdad la culpa la tuvieron los brownies, el pastel de queso con arándanos, el pan de naranja, la tarta de zanahoria o las berlinas de chocolate. Estos fueron realmente los culpables.

Pero más a gusto que nada, con la barriga llena, que nos subimos a la cubierta de nuestro ferry con la intención de pasar los 25 minutos de trayecto que hay entre los dos puertos lo antes posible y empezar a conocer la isla. Lo que no sabíamos era que el mero trayecto en si ya bien merecer la pena y es que nada más salir de Órzola, el ferry bordea los espectaculares acantilados de Famara que caen, desde varios centenares de metros, directamente al mar creando un espectáculo de tres pares de cojones. Además el día se había levantado con viento, que pasaba a mucho viento nada más cruzar el cabo más septentrional de la isla y enfilar ya por la costa hacia el puerto de Caleta de Sebo, ya en La Graciosa.

Una curiosidad de la que me he enterado hoy es lo poco original del nombre de la isla y es que lleva este nombre porque, en 1402, Jean de Bethencourt la avistó por primera vez y le pareció eso, “graciosa” así, sin más. Se llama graciosa porque a un tío le pareció graciosa. Menuda mierda, verdad? No sé, yo me esperaba algo más currado, que queréis que os diga.

Pero bueno, lo que íbamos, y es que allí nos veis a los dos, entrando en el puerto natural de Caleta de Sebo, el único núcleo habitado de la isla que cuenta con unos 700 habitantes de forma permanente, con la intención de pasar el día en esta isla y, en la medida de lo posible, descubrir alguno de sus rincones a ver que se cuentan.

En ella, eso sí, olvidaros de asfalto, de coches y de todas esas cosas a las que estamos acostumbrados. Que va, no encontrareis absolutamente nada de eso. De asfalto, ni un metro cuadrado, no hace falta, sus calles son de tierra y la gente camina tranquilamente descalza por ellas. Y coches? Para que. La gente mayoritariamente se mueve en bicicleta por la isla (justo enfrente de donde desembarcáis encontrareis una empresa que os las alquila para moveros por ella) y si esto de cruzaros una isla en donde no hay ni un solo árbol, bajo un sol abrasador, con un aire caliente soplándote en la cara y con una temperatura ambiente más cercana al infierno que a la tierra no os motiva demasiado siempre tendréis la opción de los Jeeps, que por un módico precio os llevaran donde queráis y os recogerán a la hora acordada.

No cabe decir que, en plena ola de calor como estábamos, ni nos planteamos por un momento el pillar una bici, para nada, el problema era que, por esas casualidades de la vida hoy había una jodida boda en la isla, manda huevos, y todos los jeeps estaban currando en ella llevando a la gente arriba y abajo y cargando bebida y demás de un lugar a otro con lo que para los guiris que allí estábamos habían como mucho un par con lo que, obviamente, nos tocó esperar.

Lo suyo, si os encontráis en esas, es preguntar a la gente que espera el jeep donde es que van y si, van al mismo lugar que vosotros y os encajan las horas, compartir vehículo. De esta forma te sale más barato (a partir de 3 personas sale a 7€ ida y vuelta) y además tendréis que esperar menos.

Nosotros coincidimos con unos chicos canarios que iban al mismo lugar que nosotros, la playa de las Conchas y pudimos compartir jeep los 6, junto con un matrimonio alemán, con lo que al final no salió tan mal la cosa.

Y lo mejor, una vez te subes al jeep y sales del pueblo, lo que te encuentras.

La Graciosa no es muy grande, unos 27km2 en total, y es mayormente plana, solo salpicada por algún que otro volcán que rompe la monotonía del paisaje. La arenosa pista atraviesa una vasta superficie que te hace contemplarla en silencio, mientras intentas adivinar cuál es nuestro destino aunque mi sensación, a decir verdad, es que donde vayas da igual. Y es que lo bueno de este lugar es lo salvaje de él. La soledad que encuentras, la belleza de lo indomado.

La Playa de las Conchas

Claro que la tontería esta romántica de que daba igual donde fueras y todo ese rollo de que la soledad y demás se me pasó cuando llegamos, unos 20 minutos después, a la Playa de las Conchas, entonces lo que pasó fue que se me cayeron los huevos al suelo y solo pude soltar un: -ohhhhhh, la virgen.

Y es que qué lugar. Una playa de fina arena dorada, prácticamente vacía, con el agua turquesa del mar rompiendo en ella, y de telón de fondo los otros islotes del archipiélago Chinijo: Montaña Clara, el Roque del Infierno y a lo lejos, la Alegranza. Y todo esto dominado por un volcán rojizo que hacía, a su vez, de paravientos: Montaña Bermeja.

Y sin nada más que metros y metros de paradisiaca playa para nosotros solos y alguna que otra alma libre más. Mejor, imposible.

Obviamente, como os podéis imaginar, quieto duré una media hora y cuando ya no pude más pille mi GoPro con una mano, el móvil para hacer fotos en otra y, con mis zapatillas me lié la manta a la cabeza y me puse a tirar ladera arriba hasta llegar a la cumbre del volcán.

La subida no es nada del otro mundo, la verdad, aunque sí que es cierto que subir en chanclas no sería lo más recomendable del todo, vamos, y es que la gravilla de sus laderas hace que sea muy resbaladizo y te puedes meter un tarascazo que, como mínimo, te joda el día pero una vez arriba, las vistas, valen el calentón. Y con creces. Y es que desde allí arriba se vislumbra la autentica dimensión de la isla ya que abarcas, prácticamente, toda su extensión.

Si vais a la playa de las Conchas, ni os lo penséis, subir a echar un ojo y veréis si tengo razón o no.

Y una vez ya mi jodida curiosidad saciada, pues a disfrutar del no hacer nada, y es que no hay nada mejor aquí que no hacer nada. Eso sí, indispensable para que vuestra visita al paraíso no se convierta en un infierno: crema solar, mucha crema solar, y bebida, mucha bebida. Que no os dé palo meter la nevera en el ferry, es lo que marcará la diferencia entre pasar un buen día y pasar un día de putísima madre, y si la llenáis de cerveza pues ya mejor que mejor.

Pero todo lo bueno se acaba y a las 17 de la tarde nos vino a buscar nuestro jeep para llevarnos de nuevo a Caleta de Sebo a esperar que zarpara de nuevo nuestro barco para sacarnos de aquí.

Caleta de Sebo

Y es que hasta el pueblo tiene su encanto, y mucho. Se trata de no más de una treintena o cuarentena de casas blancas de una solo planta, típica arquitectura lanzaroteña, como decía antes con la calles sin asfaltar que le dan ese toque de far west que tanto me gusta.

En él encontramos un par o tres de restaurantes y otras tantas cantinas en donde la gente se agolpa a pasar el día mientras disfrutan de una Dorada bien fría tras otra y de risas, muchas risas por todos lados, en eso me fije, y mucho.

Era de una de esas cantinas de donde salía una música que no tenía nada que ver con un reproductor, que va, eso era gente tocando y cantando, y hacia allí que nos fuimos para encontrarnos a no menos que una veintena de personas, bastante mayores la mayoría en verdad, tocando varias guitarras y de distintos tipos, otros unos bongos y otros simplemente acompañaban el ritmo con una botella de cristal, todos cantando, riendo y disfrutando del ahora y de nada más.

La verdad que ese momento me recordó mucho a mi paso por Nicaragua, donde cada momento era un buen momento para disfrutar de una buena cerveza y un poco de buena música. Ese aire despreocupado, ese lo importante es ahora que tanto me gusta, que tanto busco cuando viajo, nos izo arrepentirnos casi de inmediato de haber elegido La Graciosa para un viaje de paso, y es que se merece mucho más. Es de esos lugares, para mi gusto, en donde me quedaría una buena temporada sin rechistar. Encantado de la vida. Y sin duda es una visita obligada para cualquier persona que pase por Lanzarote, eso está más que claro, vaya.

Pero en esta ocasión nos tocaba marchar, y fue con mucha pena que dejamos el puerto, aún con la que tenían liada en la cantina de fondo, que pusimos rumbo a Órzola, a la que llegamos a las 19 de la tarde para darnos cuenta que, coño, no habíamos comido nada desde esta mañana que paramos en esa pastelería de camino hacia aquí. Imaginaros si estábamos nosotros en otra pantalla para que aquí, un servidor, se olvidara de zampar y, sobretodo, sobreviviera a eso.

Así que aunque pronto, decidimos cenar de camino a El Golfo en un Teleclub del que habíamos leído muy buenas críticas, el de Tao. Y merecidísimas, por cierto.

Un teleclub es, para que nos entendamos, como el bar del pueblo y los hay en todos los municipios. No os esperéis grandes lujos ni un servicio que os haga la reverencia. Si queréis postureo no vayáis, pero si queréis comer comida típica canaria, buena, bonita y barata, este es vuestro lugar.

Queso frito, lapas, chipirones y cabrito frito (tremendo) junto con unos postres caseros para enmarcar, un litro de cerveza para mí y un tinto para Adri, carajillos y copa y chupitos, todo por 50€. Ni tan mal, verdad?

Y así, casi sin poder movernos, llegó la hora de poner fin a este día, sin duda la sorpresa del viaje, en el que descubrimos, sin esperarlo, uno de esos lugares que se quedan gravados en tu memoria para siempre. De esos lugares que te roban el corazón, un corazón que, por cierto, ya no sé ni donde está. I Love this game…

Seguimos!!

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