16 de Octubre de 2017

Recuerdo cuando llegamos a la Isla, el día 10, de madrugada, acercándonos a El Golfo sumidos en la más profunda oscuridad que nos decíamos, entre nosotros, que ojala estos días que íbamos a pasar en Lanzarote no se fueran volando, como ya es costumbre, y de repente llegara el día de irnos y dijéramos: -Ya??

Pero va a ser que esto es parte del juego y este día, el de largarnos, ha llegado y a que no sabéis cual es la pregunta que nos hemos hecho nada más darnos cuenta de que esto se acababa? Exacto. – Ya??

Pero aún nos quedaba una mañana por delante así que tocaba aprovecharla. Verdad que el día de hoy a mi me lo descuentan como vacaciones? Pues yo lo trataré como si estuviera de vacaciones y si toca madrugar, pues a madrugar, joder.

En verdad el estar aquí en El Golfo nos iba de perlas para el plan que teníamos para la mañana de hoy y no era otro que resarcirnos del tiro fallado el día que nos anularon la Ruta Termesana por la ola de calor y mirar de conocer el Parque Nacional a nuestro aire, aunque sea una pequeña parte, y para eso, solo hay una opción y nada más: La Ruta del Litoral

La Ruta del Litoral

Y es que es precisamente desde aquí, desde El Golfo, es de donde sale la única ruta que cruza andando el Parque Nacional y que puedes realizar por libre sin la compañía de un guía, aunque si queréis hacerla con personal del parque también existe esa posibilidad, pero, como la Termesana, tienes que reservar plaza con antelación aunque, por lo que nos dijeron el otro día en el Centro de Visitantes, esta no tiene tanta demanda como la otra así que eso no tiene que ser un problema a la hora de reservar.

Esta Ruta sigue toda la línea de la costa por su filo, a través de las lavas emitidas durante las últimas erupciones de la isla, las que crearon el paisaje que hoy vemos en La Ruta de los Volcanes de dentro del Parque Nacional de Timanfaya y que llegaron hasta el mar. De hecho no es que llegaran hasta el mar sino que, incluso, gran parte del terreno por el que hoy transcurre la ruta directamente no existía, y se formó a raíz de esas erupciones, con lo que era la oportunidad de conocer más de cerca, desde dentro, todo este paisaje que tanto nos ha impactado desde que hemos llegado a la isla.

Lo que sí que es cierto es cierto es que la idea era marcarse la ruta los dos, pero de la misma manera que yo soy un tonto motivado para estas cosas, y no me importa madrugar para cocerme en medio de un campo de lava inerte, a Adri le cuesta más y solo ha sido capaz de emitir algún que otro gruñido, totalmente indescifrable, a las 7 cuando ha sonado el despertador así que me ha tocado asumir que tendría que hace el friki solo así que pies para que os quiero, y a caminar.

La ruta empieza al final del pueblo, donde un cartel te indica el camino a seguir y, la verdad, que no tiene perdida.

Eso sí, prepararos para, en pocos metros, cambiar de planeta y encontraros con la desolación más total. Y es que no olvidemos que el mismo pueblo de El Golfo ya está levantado sobre un campo de lava de anteriores erupciones con lo que a la que el pueblo se acaba es eso lo que te encuentras, más y más lava por un lado y el mar por el otro. Y tú, en medio de todo esto.

Es una sensación salvaje, además pensar que, a estas horas al menos, no se ve ni un alma y solo estás tú andando por un caminito perfectamente delimitado (lo suyo es no salir de él, la verdad) y nadie más, con lo que puedes disfrutar del momento y del lugar en toda su expresión.

Tener en cuenta una cosa por eso, el caminito cómodo no es, al contrario, andar por antiguas coladas de lava de formas muy irregulares, te encuentras rocas sueltas, incluso vas salvando algún que otro tubo volcánico que en algún momento colapsó con lo que quiero decir que un buen calzado es importante. Mucho. Yo iba con unas zapatillas deportivas y la verdad que algún que otro susto me llevé en forma de torcedura aparte de, por supuesto, dejar mis bambas molonas casi ya para tirar así que hacerme caso y cuidar ese aspecto sino poco lo disfrutareis.

Otra cosa también a tomar muy en cuenta es el calor que casca aquí, y es que a pesar de andar a escasos metros del mar y que eso haga que corra un poco de brisa, si aquí pega el sol de verdad te da un yuyu rápido así que madrugar y, sobretodo, llevar agua, mucha agua, de verdad.

La ruta, si se quiere, cruza todo el Parque Nacional, hasta la Playa de la Madera, en Tinajo, pero para eso te has de marcar unos 12 quilómetros por este terreno, por el que rápido de avanzar no es, así que ni de coña me daba para tanto con lo que me limité a llegar a la Playa del Paso, de fina arena negra y ya metido de lleno en los restos de las ultimas erupciones del Parque. La verdad es que es espectacular ver como rompen las olas en los negros acantilados pero eso si, para recorrer los algo más de 3 quilómetros desde El Golfo, tardé algo así como una hora en ir y otra en volver con lo que si queréis marcaros toda la ruta, ya os podéis preparar.

Al final es una síntesis perfecta de lo que es la isla, con los eternos campos de lava a un lado y el mar en el otro. Fuego y Agua. Y así se creó todo esto. Pim Pam.

Los Hervideros (2ª Parte)

Y con todo pues como que ya eran casi las 12 del mediodía, tocaba salir del apartamento y empezar a tirar. Nuestro avión salía a las 15:45 pero como se había levantado un viento de la ostia y las olas rompían en la costa como ningún día lo habían hecho, decidimos darle otra oportunidad a los Hervideros, también alentados por nuestra anfitriona, Luisa, que en nuestra despedida (la verdad que hemos estado de lujo en su apartamento y ella se lo ha currado como la que más) nos ha dicho que tal y como estaba la mar era el día perfecto para verlos en todo su esplendor y hacia allí que nos hemos ido con todos los trastos cargados ya.

Y vaya si era el día, en verdad no hacía falta ni bajar del coche para saberlo y es que, aunque hacia un sol despampanante, si te acercabas a la costa con el coche los cristales se llenaban de una especie de llovizna que no era otra cosa que el agua de las olas al chocar contra los acantilados.

Y ya si te asomabas pues para flipar. Parece mentira la fuerza que puede tener, el constante runrún en el ambiente, como tiembla el suelo cada vez que una ola se introduce en las tuberas y choca contra la pared, forman mini terremotos, no me quiero ni imaginar lo que harían contigo si uno se cayera allí. Papilla, vamos. En verdad es un autentico espectáculo de la naturaleza que se tiene que ver, sentir y oír. Y disfrutar, claro.

Y ahora ya si que si, tocaba tirar.

Antes, por eso, hicimos una última parada para comer algo antes del aeropuerto y lo hicimos en un lugar del que tenéis que apuntaros el nombre e ir, si o si, si pisáis la isla: el Teleclub de Yaiza, el Stop.

Ya sabéis, de esos lugares que nos gustan a nosotros (bueno si, sobre todo a mi), de toda la vida, sin grandes lujos, bueno, ni pequeños, sin lujos directamente. Cuatro mesas de madera una barra y listo. Pero qué rico está todo, joder. Eliges entre lo que haya ese día, que lo tienen en la barra para que lo veas y escoges entre media ración o una entera. Vino de la casa en vaso, y a comer.

Haceros a la idea: Pollo relleno en salsa, garbanza, tortilla de patatas, albóndigas, 3 copas de vino y una Cola Zero. 12€. Zasca. Y ahora ala, a subirse un avión para hacer la digestión.

Y es que ya sí que nuestro paso por Lanzarote llegaba a su fin. Una isla a la que vinimos con unas expectativas muy altas pero que, sin duda, las ha cubierto con creces y a la que, sin duda también, vamos a volver.

Una isla con un juego que no encontramos, por ejemplo, en Gran Canaria, con posibilidades mil, una isla en equilibrio que ha sobrevivido al turismo de masas creando una fuerte personalidad y eso es, precisamente, lo que te atrapa de este lugar.

Ahora toca saborearlo, recordarlo, mirar atrás y valorar y, sobre todo, mirar adelante y ver lo que vendrá y es que ya sabéis como es qué va esto: nosotros, seguimos.

Muchas gracias por todo Lanzarote, hasta la vista.

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