14 de octubre de 2018

La noche y el día.

Eso es exactamente lo que son las dos costas de Jandía, en el extremo sur de Fuerteventura: la noche y el día.

Por un lado, tenemos otro de los crímenes que llevó a cabo el turismo de masas en los años 70, con enormes macro hoteles y localidades sin alma que viven por y para el turismo: Morro Jable, Piedras Caídas, Esquinzo, Costa Calma….

Obviamente, los que ya nos llevéis siguiendo un tiempo, sabréis que huimos de lugares así, no nos gustan, no nos llaman la atención, no queremos perder el tiempo en sitios de este tipo: te puedes sentar en una terraza de cualquiera de estos lugares y perfectamente podrías estar en Palma de Mallorca, en la Playa del Inglés, en Lloret de Mar o aquí, en Morro de Jable, por poner un ejemplo y todos ellos, absolutamente todos, serían idénticos.

Y eso es lo que corría a toda velocidad delante de nuestros morros esta mañana, después de tragarnos casi dos horas de coche y un madrugón de ordago: en serio, va, esto debe ser una broma de mal gusto, no?

Pero entonces, una vez pasada la última localidad, Morro de Jable, algo ocurre.

Es como si cambiaras de escenario por completo, de pantalla: el impoluto asfalto de la autovía por el que hasta ahora estabas circulando a 120 km/h, de repente, desaparece, y delante tuyo, en lugar de un hotel tras otros solo se ve un impresionante paraje natural en el que escarpadas montañas caen a plomo sobre el azul plomizo del océano atlántico.

Estamos entrando en el Parque Natural de Jandía y se muestra delante nuestro salvaje, recio, inhóspito. Otro mundo totalmente distinto. Y sabéis que? Nos encanta.

Eso si, prepararos para una buena paliza de coche y es que el trayecto tiene lo suyo: un serpenteante camino de curvas incomodas y en donde un turismo sufre lo suyo a no ser que, como es el caso y como te recomiendo encarecidamente, no sea el tuyo y, además, lo lleves a todo riesgo, entonces es un disfrute. Uno a uno hemos ido dejando todos los coches que nos encontrábamos por el camino atrás dejándoles preciosos chinazos de recuerdo hasta que unos 9 kilómetros después de dejar el asfalto y de dirigirnos sin parar hacia el sur de la Península de Jandía el panorama cambia por completo: si seguimos recto llegamos al Faro de Jandía y si torcemos a la derecha, en cambio, la pista sube vertiginosa toda la ladera de Sotavento de estas preciosas montañas hasta llegar al Mirador Degollada Agua Oveja (si, si, pienso lo mismo que tu, vaya telita con el nombre) dónde, ahora ya si, se te caen los cojones al suelo, y perdón por la expresión pero es que es, sin duda, la que más se acerca a la realidad.

Playa de Cofete

Y es que desde allí, en lo alto de la ladera, el espectáculo que se abre a tus pies es sobrecogedor: la Playa de Cofete y sus más de diez kilómetros de longitud, cubiertos por la bruma del mar que levanta el oleaje a un lado, y las laderas que en su caída vertical hasta la playa forman el cuadro perfecto. Y lo mejor de todo: nada.

Y es que la Playa de Cofete continúa virgen, tal y como se creó hace millones de años, solo alguna que otra casucha y poco más. Lo que nosotros llamamos el puto paraíso, vamos.

Con todo, el momento de llegar uno abajo no llega nunca y es que aún toca salvar el enorme desnivel que hay hasta el mar y el camino lleva exactamente la misma tónica que el de subida con la diferencia de que aquí, como te despistes un poco, igual llegas demasiado rápido al agua.

Una vez pasado el pequeño núcleo donde encontramos cuatro casas desperdigadas, uno llega por fin al aparcamiento con lo que solo queda salir del coche corriendo y cruzar el centenar de metros bien buenos de ardiente arena dorada que te separan hasta el mar y encontrarse de morros con la pequeñez del ser humano y es que allí, delante de un paisaje superlativo, uno solo puede que agradecer a este maldito virus que se llama viajar por existir. Que sería de nuestra vida sin esta mierda, verdad?

Además, a diferencia de lo que nos temíamos, no se está ni tan mal y es que aunque sople el viento, para nada se hace pesado y convierte a la Playa de Cofete en una candidata ideal para pasar un día de playa full equip: eso es con la nevera bien llena de cervezas heladas y suficiente crema solar y comida para vivir este lugar intensamente, igual hasta para quedarse a dormir, y es que la soledad que se experimenta cuando se camina a través de sus kilómetros infinita de nada es de esa que engancha y que rápidamente ha hecho que nos arrepintiéramos de no haber venido preparados. Una pena, la verdad, pero estos sitios son de esos que uno tiene la absoluta certeza de que, tarde o temprano, va a volver. Ni la menor duda, vamos.

Con todo, después de un buen rato sintiéndonos los únicos habitantes del mundo, hemos decidido volver pero no sin antes pasar por uno de los sitios más curiosos que hemos visto últimamente y es que justo al lado de donde uno deja el coche, encontramos lo que seguramente es lo último que uno pensaría encontrar aquí: un cementerio.

Si, si, como leéis.

Aunque parezca mentira, a pocos metros de la playa nos encontramos con un cementerio al más puro estilo Far West, con improvisadas cruces de madera y tumbas engullidas por la arena.

Y claro, tiene su explicación: lleva aquí desde que en Cofete se estableció un pequeño asentamiento dedicado principalmente al pastoreo y a la pesca y claro, sus habitantes pues morían.

El problema es que sacarlos de aquí significaba cargar con el muerto, nunca mejor dicho, durante más de 40 kilómetros encima de un dromedario con lo que prefirieron enterrarlos en la orilla misma del mar y, de esa manera, ahorrarse la paliza y es que el trayecto podía durar varios días y podéis imaginar como llegaba el cuerpo después de interminables jornadas al sol, no? Correcto.

Y ya veis, hasta nuestros días, la verdad es que es un sitio muy, pero que muy curioso de ver y que le da ese toque bizarro a este rincón que desde hoy mismo se ha convertido en uno de nuestros lugares favoritas de las Islas Canarias. Y si, eso es mucho decir.

Pero tocaba seguir descubriendo la Isla y después de deshacer el camino que nos había llevado hasta aquí cogíamos, ahora si, la pista que te acerca hasta el Faro de Punta Jandía, el extremo más meridional de la Isla.

Faro de Punta Jandía

Aquí, en medio de ninguna parte, se encuentra el pueblecito marinero de El Puertito de la Cruz, donde junto con algún restaurante que otro, del que se tiene que destacar el Restaurante Punta de Jandía y su caldo de pescado, famoso en el mundo entero, nos encontramos con un peculiar asentamiento de caravanas pero muy Pro, con sus parapetos fijados ya en el suelo y con pinta de llevar allí pero que muchos años, un campamento a lo Mad Max en toda regla. Hurgando un poco, nos enteramos que ese campamento lleva allí desde hace más de 5 décadas y que varias veces han intentado llevar a cabo iniciativas para desmantelarlo pero finalmente ninguna ha sido llevada a cabo. Incluso por lo que vemos, hoy en día algunas se alquilan durante los meses de verano a turistas, y todo eso, correcto, en medio de un Parque Natural. Como mínimo curioso pero que de buen seguro tiene más miga detrás y es que, casi siempre, las cosas nunca son lo que parecen.

Por nuestra parte, aprovechamos para comer y acercarnos al mismo Faro y es que aquí uno ya sabéis, siente debilidad por estas edificaciones y no puedo saltarme ni una para después, amb la panza contenta, empezar el camino de vuelta y es que desde aquí hasta nuestro alojamiento en El Cotillo hay, aunque parezca mentira, casi 2 horas y media de coche y es que estamos hablando de que estamos en la punta totalmente opuesta de esta isla que, por otro lado, es la más larga de todas las Islas Canarias.

Así que sin prisa, pero sin pausa, empezamos nuestra retirada parando primero en Morro de Jable para contemplar el esqueleto de un cachalote que encontraron muerto hace unos años en sus costas para luego seguir hasta una de las playas más fotografiadas de Fuerteventua: La Playa de Sotavento.

La Playa de Sotavento

Esta playa es la foto típica de cualquier folleto de información turística de Fuerteventura y, la verdad, motivos no le faltan: finísima arena dorada y aguas cristalinas son la tónica dominante pero lo que destaca de esta playa es la laguna que se forma entre la costa y una lengua de arena que los caprichos del mar forman a unos 200 metros de distancia, creando una piscina de aguas mansas que hacen de ella el lugar perfecto para iniciarse en alguno de los deportes de viento que aquí se practican como el Windsurf o el Kitesurf.

La verdad es que el sitio lo vale, eso es innegable, pero, a mi gusto, las enormes moles de hormigón que lo presiden le restan espectacularidad aunque eso no quiere decir que no sea un lugar idílico para tirarse al sol y disfrutar de tal maravilla.

No fue, por eso, nuestro caso, y es que con todo, la tarde ya estaba cayendo y esa arena dorada tendría que esperar otra ocasión para poder pegarse a nuestra piel y es que el tiempo ya empezaba a apremiar y queríamos, de vuelta, pasar por otro de los innumerables miradors que hay en la Isla: el Mirador de Sicasumbre.

Mirador Astronómico de Sicasumbre

Este mirador, que se encuentra cerca del caserío de Fayagua y es el primer Mirador Astronómico de la Isla ya que debido a la poca contaminación lumínica que hay en la zona en particular y en Fuerteventura en general, hace que sea uno de los mejores lugares para contemplar el firmamento.

De hecho, en su cima, a la que llegamos por un marcado sendero, se encuentran varios elementos interactivos como una maqueta del Sistema Solar para poder identificar los planetas en el cielo o soportes varios para poder instalar telescopios y cosas de esas.

Con todo, nuestro objetivo no era tanto el cielo, ya que aún era de día y además estaba nublado, sino la Tierra, y es que los paisajes que se divisan desde aquí arriba son de los mejores de Fuerteventura, con infinitos valles ondulados color chocolate que hacen que subir hasta aquí bien valga la pena.

Y así, de esta manera, contemplando desde las alturas lo que apenas unas pocas horas antes habíamos tenido bajo nuestros pies, llegaba el momento de poner punto y final a este día. Un día marcado, sin ninguna duda, por la Playa de Cofete y la belleza, extrema, de lo salvaje.

Eso si, antes de retirarnos, semejante descubrimiento se tenía que celebrar como dios manda y para eso elegimos el que, para nosotros, es uno de los mejores restaurantes de los que hemos probado en la Isla, el Mahoh de Villaverde: No podían faltar las siempre presentes papas arrugadas y el queso frito, a los que le siguió un Gallo a la brasa de escándalo y un Secreto Ibérico con Chutney de pera de los que crean afición. Y todo, más la bebida y los postres por poco más de 60€.

Si es que yo tenía que haber nacido Canario, joder….

Mañana más pero ahora, a disfrutar del momento.

Seguimos!

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