26 de enero de 2019

12:00 de la mañana.

La Vanidad, la Codicia, la Muerte y la Invasión Pagana, representando los principales temores de los habitantes de Praga del siglo XV, realizan su particular baile, igual que lo han hecho cada hora en punto durante los últimos 600 años mientras, unos metros más arriba, los 12 apóstoles van desfilando y dejándose ver a través de dos diminutas ventanas al compás de las campanas, en lo que son los 48 segundos más icónicos de esta ciudad.

Mientras eso pasa, justo debajo, una multitud venida de todos los rincones del mundo (con predominio, eso si, de españoles y asiáticos) hace frente al frío criminal que cae esta mañana de enero en la Ciudad Vieja de Praga mientras observan boquiabiertos uno de los dos emblemas de la ciudad: el Reloj Astronómico (el otro es el Puente de Carlos) construido por el maestro relojero Hanus en el año, agarraos fuerte, 1490! Una preciosa obra que ya no solo destaca por su belleza sino por las preguntas que levanta el uso de esa tecnología en una época tan antigua y, sobretodo, que haya llegado hasta nuestros días intacta y convertida el emblema de la capital checa.

Y entre esa multitud, correcto, Adri y yo, preguntándonos cuantos millones de personas habrán visto pasar bajo sus pies esas cuatro figuras y esos 12 apóstoles sin ni siquiera podernos imaginar la respuesta hasta que, con la última campanada, declarábamos oficialmente inaugurada nuestra Escapada a Praga: el primer viaje de un 2019 acabado de empezar.

Plaza de la Ciudad Vieja (Staré Mesto) y la Torre del Reloj del Ayuntamiento

La verdad es que, ni planeandolo podíamos haber tenido un pistoletazo de salida mejor que este y es que hacía poco más de una hora que habíamos abandonado la Terminal 2 del Aeropuerto Internacional de Praga y ya nos había dado tiempo de dejar tiradas nuestras mochilas en el suelo de la habitación de nuestro Hotel y, nada más llegar al alma mater de la ciudad, la Plaza de la Ciudad Vieja, ver esto.

En verdad, lo suyo es que ya nos habíamos quitado de encima una de las principales cosas que hacer en esta ciudad y podíamos empezar con nuestra hoja de ruta, repleta a rebosar si queríamos ver todo lo que teníamos apuntado en ella en estos 3 días en Praga.

El Reloj Astronómico se encuentra en plena Ciudad Vieja, justo al inicio de su corazón, la Plaza de la Ciudad Vieja: una enorme plaza convertida en símbolo y rodeada de algunos de los edificios renacentistas más bonitos de toda la ciudad.

Lo que nosotros hicimos, antes de recorrerla y aprovechando que el famoso Reloj está en la Torre del Ayuntamiento, fue aprovecharnos de nuestra Praga Card y subir hasta lo alto de la Torre para tener una inmejorable perspectiva de la Plaza, mirarla y remirarla desde las alturas y poner cada cosa en su sitio mientras nos dábamos cuenta que lo que muchos decían era verdad: estábamos ante una de las Plazas más bonitas del mundo.

En el centro de la adoquinada plaza, destaca por encima de todo el monumento art nouveau de Jan Hus, uno de los personajes más queridos por los praguenses y que fue un teólogo que murió en la hoguera por hereje hace más de 600 años y que fue inaugurado en 1915 para conmemorar los 500 años de su muerte en el punto exacto donde murió quemado vivo.

A su izquierda, la Iglesia de San Nicolás, terminada en el siglo XVII y justo enfrente nuestro, recortando su silueta en el horizonte de la ciudad, la Iglesia de Nuestra Señora de Týn, y sus dos características agujas afiladas.

La verdad es que subir hasta aquí arriba se convierte en imprescindible y más si disponemos de la Prague Card y es que con ella nos sale totalmente gratis la entrada y, en cambio, ganaremos unas vistas que para nada vamos a lograr a ras de suelo.

Y una vez ya a pie de plaza, antes de continuar con nuestra visita, tocaba visitar el interior de la Iglesia de San Nicolás, al que se accede por una pequeña puerta situada en un lateral del monasterio barroco y que nos tiene una sorpresa guardada en forma de una impresionante lampara de cristal de bohemia que cuelga de un techo repleto de frescos que cuentan la vida de San Nicolás.

Y si, también va bien para resguardarse aunque sean unos pocos minutos del frío, de acuerdo.

Es este momento también el que aprovechamos para reservar nuestro Tour en autobús para mañana por la tarde y es que ya que con la Prague Card entra un viaje de dos horas por la Praga histórica, no lo vamos a desaprovechar y es que estás son la cosas por las que valen la pena estas tarjetas: dudo mucho que pagara un euro para subirme en un autobús de estos pero si me sale gratis, pues es la oportunidad perfecta para que me lleve a lugares que igual de otra forma no hubiera podido ver y además con la ventaja de poder recibir una explicación de estos. No se, a nosotros nos sirve.

Seguimos, va.

La Torre de la Polvora y la Casa Municipal

En su época de mayor esplendor, la ciudad de Praga llegó a contar con ni más ni menos que 13 puertas de entrada a lo que hoy conocemos como Ciudad Vieja y de todas ellos, hoy en día, solo queda en pie una: la Torre de la Polvora.

Está ubicada a pocos metros de la Plaza en donde nos encontramos, después de callejear por una de las calles más peculiares de la ciudad, en donde podemos encontrar un buen numero de locales de masajes, desconozco si con final feliz o no, junto con otros establecimientos digamos que un tanto freaks.

Desde sus pies, los 65 metros de altura de la torre ofrecen un aspecto un tanto tétrico con sus negros muros góticos levantándose hacia el cielo aunque, sin duda, su plato fuerte son sus vistas, una vez más, y es que no llevamos ni un par de horas en la ciudad y ya hemos subido más escalones que en los últimos 6 meses y eso que justo acabamos de empezar.

Y a su lado, la Casa Municipal, un imponente edificio art nouveau perfectamente remodelado en los años 90 y que hoy en día acoge desde conciertos varios a obras de teatro y exposiciones, así como un enorme restaurante y una cafetería donde ir a tomarse un café mientras se levanta el dedo meñique al alzar la taza.

El Castillo de Praga

Con todo, y después de tragarnos los primeros litros de Pilsner Urquell, la cerveza checa por excelencia, llegaba el momento de cambiar de tercio y cruzar el rio Moldava por primera vez, no por su archiconocido Puente de Carlos, sino por su vecino Puente Mánes, que nos daba nuestra primera perspectiva del famoso puente desde la distancia, y es que nuestra próxima parada no era otra que el majestuoso Castillo de Praga, el orgullo de la ciudad, donde llegábamos en el Tranvía numero 22 para eso de ahorrarnos el calentón de subir hasta la parte alta de la ciudad, justo donde la realeza decidió que era lo suficientemente apartado para establecerse allí, no sea que se fueran a juntar por error con el pueblo. Eso nunca.

Este Castillo es, sin duda, otro de los imprescindibles de toda visita a la ciudad y es que si al oír la palabra Castillo os viene a la mente el típico castillito con sus torrecitas y demás, ya os podéis ir olvidando: se trata de un enorme complejo (cuando digo enorme me refiero a que ocupa la superficie de más de 7 campos de fútbol) dentro del cual se encuentran algunos de los edificios más representativos de la ciudad.

Se empezó a construir en el siglo IX y a partir de ese momento fue creciendo a lo loco a merced de los caprichos del monarca de turno hasta ser lo que encontramos hoy en día y para entrar a él, como ya es habitual en la mayoría de capitales europeas, tenemos que pasar por un eterno y minucioso control de seguridad.

Una vez superado y entrados en el recinto propiamente dicho, es turno de sacarnos la entrada y para ello nos tenemos que dirigir a alguna de las taquillas que encontramos camufladas (porque la verdad se podrían anunciar un poco mejor). Como hemos comentado, el recinto es enorme y son muchos los edificios que hay en él con lo que existen distintos tipos de entrada para según lo friki que seas: desde la que abarca absolutamente todos los edificios del complejo hasta la que pilla la gran mayoría de turistas que hasta aquí se acercan y que es, a la postre, la que te entra con la Prague Card, el circuito B.

Con esta entrada tenemos derecho a entrar a los que son, por lo visto, los edificios más representativos del complejo que son la omnipresente Catedral de San Vito, el Antiguo Palacio Real, la Basílica de San Jorge, y el Callejón de Oro.

Nuestra primera parada, y porque te la encuentras de morros, es la Catedral de San Vito, la iglesia más grande de toda la República Checa. Se empezó a construir en 1344 y terminó, para los que se quejan de la Sagrada Familia, ni más ni menos que casi seis siglos después, en 1929 y por aquí han pasado, vivos y muertos, la practica totalidad de las diferentes monarquías que se han ido sucediendo durante tantos y tantos años siendo el lugar donde reposan muchos de ellos.

Al entrar, por encima de todo, destacan sus vidrieras, y es que fueron creadas por algunos de los mejores artistas checos como Alfons Mucha y son una fiesta del color que poco tiene que ver con las que hemos visto en iglesias repartidas por todo el mundo.

La enorme Tumba de San Juan Nepomuceno, la Capilla de San Wenceslao o el Oratorio Real, que simula, o al menos lo parece que este sujetado por las raíces de un árbol, son otros de los rincones de la Catedral de San Vito que no nos podemos perder antes de salir a fuera para desde el tercer patio contemplar la que se conoce como la Puerta Dorada, un porche gótico de tres arcos y que constituye la puerta principal de entrada para los actos importantes que se celebran en ella.

Como no podía ser de otra forma, se puede subir hasta lo alto de la Torre de la Catedrál y, según hemos leído, las vista bien valen el calentón pero reconozco que, no se si consciente o inconscientemente, se nos pasó. Ni lo pensamos, no me preguntes el porque y solo caímos horas después cuando ya era demasiado tarde. Eso si, la subida a la Torre se paga a parte y no está incluida en la Prague Card.

Justo enfrente de la Catedral nos encontramos con el Antiguo Palacio Real, que es el lugar donde han jurado el cargo todos los presidentes de la República Checa, concretamente en el enorme Salón Ladislao, con el que nos encontramos nada más entrar.

En una sala colindante, la Sala de la Dieta, empezó la Guerra de los 30 años en 1618 cuando unos rebeldes bohemios lanzaron por la ventana a dos concejales católicos que tuvieron la suerte de caer sobre una gran montaña de estiércol que les amortiguo el golpe aunque, como es lógico, la ofensa ya estaba hecha.

Al salir del Palacio, ya en la Plaza de San Jorge, nos encontramos con nuestra siguiente parada: la Basílica de San Jorge, que tiene el honor de ser la primera iglesia levantada en la ciudad y si seguimos un poco más adelante, avanzando hacia el río, la que posiblemente es la calle más curiosa de toda la ciudad: el Callejón de Oro.

En esta callejuela empedrada, que da justo al lado de la muralla, nos encontramos con 24 pequeñas casitas pintadas cada una de ellas de un color distinto y, todo se tiene que decir, muy bien remodeladas. Son casas muy pero que muy pequeñas, y que fueron construidas para que las habitaran los 24 guardianes del castillo, que deberían ser muy kukis, para vivir en estas casitas, sin duda.

Más tarde fueron habitadas por el gremio de orfebres, de allí su nombre actual y posteriormente por mendigos hasta que estos fueron expulsados, ya en el siglo XX para convertirlos en tiendecitas, que es lo que son hoy en día.

Incluso en una de ellas se dice que vivió la hermana de Franz Kafka y que esta lo acogió entre sus paredes (me imagino lo apretados que deberían estar) entre los años 1916 y 1917.

También encontramos, encima de ellas, en el pasaje que servía en su día para hacer las rondas de vigilancia, una exposición de armas y armaduras, algunas de ellas muy pero que muy curiosas, con barrigones cerveceros o paquetes algo sobredimensionados diría yo y en donde incluso uno puede animarse a disparar una ballesta autentica.

Con todo, nuestra visita al Castillo de Praga estaba llegando a su fin y después de una breve visita a la Torre Daliborka, que no era otra cosa que la prisión del Castillo y en donde se torturaba a la gente de las formas más macabras que a uno se le puedan imaginar, cogíamos la antigua escalinata, flanqueada por curiosos viñedos con unas vistas inmejorables de la ciudad, para volver por donde habíamos venido y es que, poco a poco, nuestro primer día en Praga iba llegando a su fin.

Con todo, contar un mínimo de un par de horitas para visitar el Castillo y eso yendo por faena y tener en cuenta que, o madrugáis mucho, o junto a vosotros habrán varios millones de turistas más pero es que esto, aquí, en Praga, es lo habitual, no necesitamos mucho más tiempo para darnos cuenta.

El Puente de Carlos

Y ahora ya si que si, de retirada hacia nuestros aposentos donde una gloriosa ducha de agua caliente nos aguardaba, y es que a todo esto, el frío que seguía cayendo sobre la ciudad checa era algo que rozaba lo penal, era el momento de nuestra primera toma de contacto con el que, posiblemente, sea uno de los 3 puentes más fotografiados del mundo: el Puente de Carlos.

Este puente, convertido en símbolo de Praga, fue construido en 1357y fue, hasta 1741, el único que cruzaba el río Moldava entre el Castillo de Praga y la Ciudad Vieja. Sus 520 adoquinados metros están flanqueados por una treintena de estatuas y grupos escultóricos, la mayoría de santos, que ven como, día a día, miles y miles de turistas lo cruzan en un sentido y en otro en busca de esa foto que les hará sumar un buen puñado de likes y es que, vayas cuando vayas, o al menos si no sales a horas intempestivas en su búsqueda, te encontrarás en él a ejércitos enteros, paraguas en mano, invadiéndolo todo.

Su belleza es innegable, en verdad como la de toda Praga en general, pero sin duda no era momento adecuado para conocernos y es que entre el cansancio ya acumulado y el frío que nos calaba hasta los huesos no tenía humor para aguantar las sesiones de postureo extremo que en él se llevan a cabo con lo que decidimos dejarlo para más tarde, ya con la clandestinidad de la noche reinando a ver si, con suerte, la cosa se despejaba aunque fuera un poco.

Con lo que después de una ducha, lo prometido es deuda y volvimos a por él justo antes de que cerraran el acceso a la Torre del Puente de la Ciudad Vieja, que se levantó en el extremo oriental del Puente en el siglo XIV ya no solo como fortificación sino también como Arco de Triunfo simbólico por el que pasaban los reyes checos durante su camino hacia la coronación en la Catedral de San Vito. Y ojo, la idea era buena, y es que como mínimo en la Torre ya si que no había ni el tato (con la Prague Card tienes descuento, aunque algo si que tienes que pagar) y las vistas desde lo alto, con el Puente de Carlos a tus pies y el Castillo de Praga al fondo son realmente de escándalo y más de noche, tenuemente iluminados, convirtiéndose, a mi parecer, en un imprescindible de cualquier visita a la ciudad pero lo de tener una experiencia más de tu a tu con este trozo de historia de Praga iba a ser que no y es que aún era una muchedumbre las personas que por él transitaban con lo que tocaría aplicar el Plan B, algo ya muy extendido últimamente en la gran mayoría de nuestros viajes: marcarse un madrugón de esos que ni de coña te marcarías en tu día a día pero claro, cuando estás de viaje…y es que sarna con gusto no pica dicen, no??

Así que ahora si que si, era el momento de empezar a ponerse a tragar cerveza como un loco y es que esta ciudad bien podría ser la capital mundial de tal preciado liquido y es que, a parte de baratas, las hay de mil tipos diferentes.

Empezamos con una cata de ellas, algo que por lo que vimos se lleva bastante por aquí: una tabla con 5, 6 o 7 de ellas, en vasos de 150 o 200 ml y agrupadas por familias para que luego, cuando ya te las has pimplado todas, pidas el vaso grande de las que más te gusten y terminamos en una taberna que encontramos por casualidad buscando otra, donde eramos los únicos guiris (y eso aquí, en Praga, es tarea prácticamente imposible) y donde tuvimos nuestro primer encuentro con el famosos codillo de cerdo a la cerveza, junto con una salchicha enroscada, de la que mucho no te podría decir, un litro de cerveza más entre pecho y espalda y, ahora si, hasta la vista que aquí ya nadie se aguanta los pedos. Y ojo, todo, por menos de 25€ al cambio.

Nuestro primer día en Praga había llegado a su fin…

Mañana más…

Seguimos??

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .