27 de enero de 2019

Así sí.

Y es que esta ciudad, de esta guisa, sin un alma en sus calles, parece otra.

El precio??

Pues salir a la par que el sol en uno de los fines de semana más fríos del año y ojo porque eso, aquí, son palabras mayores.

Pero repito: así si.

Y es que vale la pena el madrugón y llegar a la Plaza de la Ciudad Vieja escuchando solo tus pasos, levantar la cabeza y encontrártela sin absolutamente un alma en ella, solo cubierta por una ligera neblina, podría ser perfectamente el momento de este viaje.

Os juro que parece otra sin el circo que hay montado en ella y que empezará en pocas horas así que es ahora el momento de disfrutarla, de fijarse en esos detalles que ayer pasate por alto, de cruzarla una y otra vez, a lo largo, a lo ancho, de dar rienda suelta a la imaginación.

Y claro, si esta era la primera parada, la segunda no podía ser otra que el Puente de Carlos, obvio.

Y sabéis que? Pues que así si.

Y es que a pesar de que aquí si que ya se dejaba ver algo más de gente, sobretodo algún que otro tonto motivado de esos que se levantan temprano para salir a correr (cosa que yo he hecho, lo reconozco) la sensación era un poco la misma que con la Plaza de la Ciudad Vieja: Yo ayer estuve aquí??

Poder andar fijándote en las estatuas, sin tener que ir al loro de no chocarte con nadie haciéndose un selfie, u observar las figuras que van formando los adoquines, todos en su lugar, o el simple hecho de ver la Torre de enfrente sin tener que intuirla, creo que cada vez soy más fan de hacer esto, a pesar del increible poder de atracción que tiene sobre todo ser humano un buen edredón y una cama calentita pero lo dicho, quien algo quiere, algo le cuesta, así que al lío, que aún teníamos por delante todo el día de hoy, nuestro segundo día en Praga!

Malá Strana y el Monte Petrín

Así que después de desayunar (si, si, cuando salí por primera vez del Hotel no estaba listo ni el desayuno), desandamos nuestros pasos de nuevo para volver, por cuarta vez desde que estamos en Praga, al Puente de Carlos, ya con una actividad mucho más frenética que hace apenas unas horas para cruzarlo y entrar en el que posiblemente es el barrio más pintoresco de toda la ciudad: Malá Strana, que vendría a ser algo así como el Barrio Chico.

Pero claro, antes de todo, nuestros gemelos hoy aún estaban descansados con lo que le tocaba el turno a la Torre del Puente de Malá Strana, que es la enorme torre que cierra el Puente de Carlos por el lado del Castillo y que te da una perspectiva diferente del puente, con lo que era obligado subir.

En ella ocurre lo mismo que con la Torre del otro lado del río Moldava y es que con la Prague Card tienes un descuento considerable, pero te toca pagar, y a toro pasado, y aunque creo que se debe subir a las dos, podríamos decir que las vistas igual son mejores desde la otra torre y es que la perspectivo del puente es mejor, aunque eso no quiere decir, para nada, que las vistas de aquí no merezcan la pena, eh, sino juzgarlo vosotros mismos y a ver que decís.

En este punto, y antes de dirigirnos hacia nuestra primera parada del día, el Monte Petrín, nos desviamos para llegar a lo que se conoce como el Muro de John Lennon, muy cerca de aquí a pie aunque algo escondido.

Este muro es una pared repleta a rebosar de pintadas y dibujos, algunos con más gusto que otro pero todos con un común denominador: John Lennon y los Beatles y es que su origen, tal y como lo conocemos, claro, nos traslada al día en que John Lennon fue asesinado, en 1980. Ese día, en el muro apareció un retrato del artista junto con algunas pintadas dirigidas a las autoridades y es que el Beatle era venerado como un héroe por los pacifistas del centro y el este de Europa.

Obviamente, las autoridades las borraron al momento pero al día siguiente, por arte de magia, las pintadas volvían al muro junto con trozos de canciones de los Beatles, flores de colores y mensajes pacifistas de la época y así un día tras otro y ni tan siquiera el hecho de instalar camaras de seguridad detuvo su aparición hasta nuestros día en que el muro se ha convertido en una especie de monumento a la libertad de expresión y a la rebelión de la juventud checa en esa época convulsa.

No os esperéis grandes dibujos de grandes artistas callejeros por que no los hay, es más bien un popurrí de colores mezclados haciendo un conjunto de lo más colorido y curioso y que yo creo que, aunque solo sea de paso, hay que ver.

Y ahora ya si, tocaba cambiar el gris de Malá Strana por el verde del Monte Petrín, uno de los más grandes espacios verdes de toda Praga.

Este Monte, visible desde todas las esquinas de Praga, se levanta 318 metros sobre la Ciudad Vieja y esta coronado por la Torre de Petrín, un imitación de la Torre Eiffel, salvando las distancias, claro, de 62 metros de altura y que fue construida en 1891 para la Exposición de Praga.

Se llega a ella de dos maneras, o marcándote un buen calentón entre sus caminitos, antaño cubiertos de viñedos, o en el Funicular de Petrín, que cada 15 minutos va subiendo y bajando guiris como nosotros que ni se plantean eso de subir a pie y es que igual en veranito apetece un poco, por eso de pasear bajo la sombra de los arboles y esas cosas pero hoy, con el frío que pega y todos los caminos embarrados, como que va a ser que no.

Con la Prague Card no tienes que pagarlo (igual que tampoco tienes que pagar ningún otro transporte publico de Praga) y en nada y menos te deja a los pies de la Torre, a la que hay que subir de todas todas para disfrutar de las que, a mi gusto son las mejores vistas de la Ciudad de las 100 Torres que se pueden tener y es que desde aquí se abarca todo, desde el Castillo de Praga en todo su esplendor, hasta la Ciudad Vieja y sus muchos puentes que cruzan el rio Moldava, Puente de Carlos incluido.

La única pega, en mi opinión, es que un cristal lo separa a uno de las vistas y eso hace que desluzca un poco, sobretodo a la hora de sacar fotos y es que el jodido reflejo siempre sale como bien podéis ver.

Por cierto, la Prague Card te incluye la subida pero por las escaleras, si quieres subir como los señoritos te tocará pagar y sino, pues 299 peldaños tampoco son tantos, no? Eso ya va a criterio de cada uno. Que pensáis que hicimos nosotros??

Justo en frente nos encontramos con el Laberinto de los Espejos también construido con motivo de la exposición de 1891 y que, como su nombre indica, no es otra cosa que un laberinto, muy pequeño, todo se ha de decir, de espejos y que termina en la típica sala de espejos que te deforman y que, como mínimo, sirve para echarte unas buenas risas.

Este es un claro ejemplo de esos lugares a los que, si tuviéramos que pagar, por supuesto que no entraríamos pero que como la entrada estaba incluida con la Prague Card pues porque no sacar la cabeza, no??

Desde aquí, nuestra siguiente parada era una de las que más ilusión me hacían de todo el fin de semana a pesar de que, muchas veces, pasa desapercibida para la mayoría de gente que visita Praga: el Monasterio de Strahov.

Este Monasterio está situado a tan solo unos 15 minutos andando por los jardines del Monte Petrín, en dirección al Castillo, y fue fundado en el siglo XII por Ladislao II.

A decir verdad, el Monasterio, importarme lo que se dice importarme pues me importaba más bien poco y es que lo que quería ver si o si era algo que hay en su interior: la Biblioteca Strahov.

Esta Biblioteca consta de dos salas distintas, la Sala teológica, levantada entre los años 1671 y 1674 y de estilo barroco y la Sala Filosófica, de estilo clásico, y construida en 1792. Entre las dos, albergan más de 200.000 volúmenes antiguos que llenan sus estantes hasta que las cúpulas de las bóvedas dicen basta para dar paso a precioso frescos. Es de esos sitios que un día ves en una foto y dices, allí quiero ir yo.

Y ahora estaba a punto de lograrlo.

O eso me creía, claro.

Y es que os aviso desde ya que estos tíos hacen unos horarios un poco raros, como mínimo para los que uno esta acostumbrado: no os podéis imaginar la cara de tonto que se me quedó cuando llegué a las 11:44, yo todo convencido que iba a cumplir uno de mis objetivos por los que vine a Praga y veo en la puerta un cartelito, escrito a mano, ojo, que ponía que de 11:45 a 13 estaba cerrado.

  • No me jodas, en serio??

Esto es lo malo de ir a un sitio con el tiempo tan justo, que si surge algún imprevisto, mirar de meter algo luego en otra hora se hace difícil pero bueno, vamos a pensar con la cabeza y a ver que podemos hacer. Esperar aquí no podíamos, y es que a las 15:45 teníamos reservado nuestro Tour Histórico por Praga que reservamos ayer y que nos venía incluido en la Prague Card y antes queríamos visitar el Museo Judío así que esta opción la descartábamos, con lo que solo nos quedaba una salida: en el Tour, una vez llegas a la zona del Castillo te dejan media hora para poder visitar lo que quieras de los alrededores y como nosotros ayer ya habíamos visitado el Castillo de Praga ese sería un buen momento para acercarnos aquí (está cerca uno del otro) y visitar la ansiada biblioteca. Lo único, que cierran a las 17 pero vamos, nos tenía que dar tiempo así que a seguir, que el tiempo apremia y el hambre, también.

Estábamos metidos de llena en lo que se conoce como el Hradcany, el barrio del Castillo, un barrio que se levantó para la realiza y buena muestra de ello son las mansiones y edificaciones señoriales que hay repartidas por todo él. La verdad es que es un lugar muy distinto a la Ciudad Vieja que visitamos ayer, hecho de otra banda nada raro y es que es precisamente eso lo que se buscaba, la distinción. Y lo consiguieron, vaya si lo consiguieron.

Lo que debíamos hacer ahora era perder altura y meternos de nuevo en el barrio de Malá Strana pero el hambre, como hemos dicho antes, ya apretaba así que nos desviamos para acercarnos a uno de los lugares que llevábamos reseñados de casa y que solo podemos que recomendar: la cervecería U Magistra Kelly.

Es un lugar pequeño justo al lado de la embajada de Alemania y nosotros tuvimos la suerte de llegar justo cuando abrían con lo que pudimos sentarnos pero durante toda la comida no hizo más que venir gente que se tuvo que ir porque el sitio es pequeño, muy pequeño y conocido, muy conocido así que mejor reservar si no os queréis quedar con las ganas.

Su especialidad es el Gulash, y ya os dijo que justificada aunque Adri se pidió un codillo que también he de reconocer que estaba de escándalo así que ya sabéis, combinación perfecta y a compartir.

Y con la barriga bien llena, era el momento de acercarnos hasta el barrio Judío aunque antes de eso, y aprovechando que nos venía de paso, teníamos una visita pendiente a la Iglesia de San Nicolás Malá Strana, y es que en Praga hay dos Iglesias que se llaman del mismo nombre: la que hay justo en una esquina de la Plaza de la Ciudad Vieja y que visitamos ayer y esta, situada en la Plaza de Malá Strana y omnipresente desde muchos puntos de la ciudad por su característica cúpula de color verde.

Estamos hablando de uno de los edificios barrocos más bonitos ya no solo de Praga sino de toda Europa y de eso uno se da cuenta con tan solo poner un pie en ella (que por cierto, hemos de pagar ya que la Prague Card aquí nos sirve para nada) y es que parece más que estamos en un museo que en una iglesia, la verdad.

Para empezar en su techo encontramos el fresco más grande de Europa, la Apoteosis de San Nicolás de Johann Kracker, pero es que además, mires donde mires, las esculturas, hechas de marmol rosado, son sencillamente espectaculares y hace que salgas de allí con un dolor de cuello del carajo de estar con la cabeza hacia arriba todo el rato. Posiblemente una de las iglesias más bonitas que hayamos visitado, y no son pocas, la verdad.

Además, otro de los atractivos es subir a su campanario desde donde se puede disfrutar de una de las mejores vistas de Praga, aunque para nuestra sorpresa, desde octubre hasta marzo está cerrado su acceso, cosa que nos jodió en cantidad y es que todo el mundo dice que junto con Torre del Ayuntamiento, es de las mejores vistas de la ciudad.

Como curiosidad, debido a su cercanía con la Embajada de Estados Unidos, el campanario se utilizó, durante la época comunista, para espiar las movimientos que había en ella y aún se puede ver el urinario de hierro fundido utilizado por los vigilantes durante sus guardias.

El Museo Judío y el Josefov

Y con esto era el momento de volver a cruzar el río Moldova para visitar uno de los lugares más fascinantes de Praga: el Barrio Judío, también conocido como Josefov.

Esta situado en el norte de la Ciudad Vieja y es el lugar donde se obligó a establecerse a los judíos durante la Pimera Cruzada impulsada por la Iglesia Católica contra los no creyentes, y que los persiguió, acusándolos de levantarse contra la autoridad a los que rechazaban el ofrecimiento.

A partir de este momento se les privó de noverse libremente por la ciudad y solo podían acerlo por el gueto, hecho que motivó que establecieran sus propias reglas hasta el punto de que incluso consiguieron independencia administrativa por allá a finales del siglo XIII, hecho que les permitió solucionar sus problemas a su manera, aunque eso no hizo que terminara su persecución: en 1389, durante el Domingo de Pascua, 3.000 judíos fueron asesinados así, por la cara.

Con todo, siguieron creciendo tanto en numero como en calidad de vida y las Sinagogas fueron apareciendo por doquier, a menudo fruto de donaciones de algunos judíos influyentes del Gueto hasta el punto de convertirse en uno de los barrios más importantes de Europa, hecho que propició que, en 1850, el barrio empezó una apertura hacia el resto de Praga e incluso les permitieran mudarse a otros puntos de la ciudad, a pesar de que el grueso de población judía continuó en Josefov.

Hasta que llegaron los nazis, claro.

Aquí empezó otro periodo de horror inimaginable para el pueblo judío y los habitantes de Josefov no se librarían: los judíos de Praga fueron deportados a campos de concentración como el de Terezín, donde iremos mañana, sus bienes confiscados y sus viviendas entregadas a otras personas. La mayoría de ellos, no regresaría jamás.

La mejor manera de visitar y poder conocer esta parte de la historia de Praga es a través del Museo Judío, que a pesar de no ser un museo como lo entendemos, nos ofrece el testimonio en primera persona de todo lo que allí ocurrió.

Se paga una entrada combinada (con la Prague Card la entrada está incluida, sino son 300 Coronas Checas y ojo porque los sábados está cerrado con motivo del sabbath) que te permite la entrada a 4 Sinagogas y al Cementerio Judío, todas ellas muy juntas entre si.

La primera que visitamos nosotros fue la Sinagoga Pinkas, construida en 1535 pero que hoy en día se ha convertido en un conmovedor monumento de recuerdo a las victimas del holocausto y es que en su interior, completamente reformado, encontramos los nombres, así como las fechas de nacimiento y de desaparición, de 77.297 judíos checos. La verdad es que es estremecedor, mires donde mires solo ves cifras y letras y sabes que detrás de ellas, de todas ellas, hay una persona que a consecuencia de la locura de un puñado de tarados murió, posiblemente en un lugar lejos de su casa, frío, asustada, sola.

Una primera ostia en toda la cara para darte una buena dosis de realidad.

A continuación, siguiendo el orden de la vista, era el turno de uno de los lugares, a mi entender, imprescindibles de toda visita a Praga que se precie: el Antiguo Cementerio Judío.

Nada más entrar en él, uno alucina con el gran numero de lapidas que hay, unas prácticamente encima de las otras, sin ningún orden aparente, en un caos de piedra sobre las cuales crece el musgo y en donde, siguiendo la tradición judía, la gente, con el paso de los años, han ido amontonando pequeñas piedrecitas encima de las lapidas, representando el alma del difunto, que es eterna.

La explicación a este desorden está en que cuando se fundó este cementerio, en el siglo XV, fue el único lugar en toda Praga donde se podía enterrar a los Judíos y así siguió siendo durante más de 3 siglos con lo que, inevitablemente, las tumbas se fueron amontando unas sobre las otras y es que además, en la tradición judía, no se pueden desenterrar los difuntos con lo que hay lugares en donde hay hasta 12 tumbas apiñadas una encima de otra: para que os hagáis una idea, en el cementerio hay unas 12.000 lapidas , sin embargo, se estima que descansan en él más de 100.000 cadáveres. Os lo imagináis?

Con todo, el lugar bien merece nuestro tiempo y recorrerlo sin prisa, mirando bien al suelo siempre, eso si, y es que, como hemos dicho, las lapidas salen del lugar más insospechado.

Nosotros estuvimos en él como una media hora, y eso que el lugar grande, lo que se dice grande no es: sigue teniendo el mismo tamaño que cuando se fundó, hace más de 500 años.

La siguiente parada era la Sinagoga Klausen y su vecina Sala de Ceremonias, que albergan exposiciones sobre las costumbres judías y sus tradiciones funerarias, y como el tiempo apremiaba, la pasamos muy por encima y nos fuimos hasta nuestra siguiente parada del Museo Judío.

Esta no era otra que la Sinagoga Española y es la que está más alejada de todas. De camino a ella nos encontramos con la Sinagoga Vieja-Nueva, que es la Sinagoga en activo más antigua de toda Europa y es que se construyó ni más ni menos que en el año 1270. Nosotros no entramos y es que es la única Sinagoga que no está incluida en la entrada del Museo Judío y se tiene que pagar a parte, pero está pendiente para una próxima visita a la ciudad.

Y la verdad, con lo que venía ahora, no nos importó en absoluto no entrar y es que la Sinagoga Española es con diferencia, la más bonita de todas ellas.

Y eso que por fuera no vale una mierda, ojo, y es que parece que estés entrando más a un polideportivo que a una de las Sinagogas más bonitas de Europa pero es que una vez dentro…

Para entender el porque se llama así tenemos que remontarnos al año 1492, cuando los Reyes Católicos llevaron a cabo la expulsión de los judíos del reino de Castilla y, algunos de ellos, llegaron a Praga. De aquí viene que la Sinagoga te traslade con solo entrar a la Alhambra o a alguna mezquita o madraza de Marruecos y es que las influencias moriscas se ven por todos lados: formas y más formas geométricas de un color dorado que brilla con luz propia y que crea un ambiente muy pero que muy logrado.

Además en ella hay también una exposición sobre la historia judía más reciente con un importante apartado dedicado, como no podía ser de otra manera, al holocausto.

La verdad es que es, con diferencia, la que más nos gustó y es que, siendo sinceros, las demás Sinagogas no son nada del otro mundo, para que nos vamos a engañar.

Ni tampoco lo es la última que nos quedaba por ver, la Sinagoga Maisel, situada ya de camino de vuelta a la Ciudad Vieja.

Esta Sinagoga fue financiada por Mordechai Maisel, que fuera el alcalde del Gueto en el siglo XVI y al cual le salía el dinero por las orejas y que donó toda su fortuna, o eso dicen, para la remodelación de un barrio, el judío, que por esas fechas ya se caía a trozos. En verdad fue el artífice del punto de inflexión en la vida de la comunidad judía en Praga y por eso es recordado y venerado como un héroe aquí, en su Praga natal.

Y con esta, poníamos punto y final a nuestro paso por el Barrio Judío andando hacia nuestro punto de encuentro para empezar el Tour Histórico de Praga por la calle Parizská, repleta a rebosar de tiendas y boutiques de autentico lujo, en donde uno se puede gastar miles y miles de euros en el articulo más absurdo que uno se pueda imaginar. No deja de ser curioso, lo que durante gran parte de su existencia fue uno de los barrios más pobres de la ciudad, ahora es el símbolo del lujo y la ostentación. Ironías de la historia, supongo.

Tour Histórico por Praga

Con todo, después de un día frenético por la ciudad, tocaba subirse a un autobús, ponerse unos cascos y relajarse, con la calefacción a full, en este Tour que habíamos reservado durante el día de ayer y que nos entraba por la patilla con la Prague Card.

La verdad es que nos pareció una idea genial ya que al estar tan solo 3 días en Praga, y teniendo en cuenta que el último día no íbamos a estar en la ciudad propiamente dicha ya que nos vamos al Campo de Concentración de Terezín, habíamos pensado que con él podíamos ver, aunque fuera desde un vehiculo en marcha, algunos lugares que no habíamos priorizado pero que son igualmente importantes en la historia de la ciudad, una historia que, por otra banda, nos contarían a la perfección en esta excursión y además, en Castellano.

Y la verdad que no nos equivocamos y es que uno a uno, empezaron a desfilar delante nuestro lugares como el Monasterio de Santa Inés, la Plaza de la República, el Museo Nacional, la enorme Plaza de Wenceslao o la famosa Casa Danzante hasta que llegamos a la parada de rigor en la zona del Castillo de Praga y que nos tenía que servir para poder cumplir con mi objetivo de visitar la Biblioteca de Strahov.

Y para ello teníamos 20 minutos ya que eran las 16:40 y cerraban a las 17 con lo que ya nos ves, corriendo cuesta arriba, atajando por todos los callejones que encontrábamos para, 10 minutos después llegar a la ansiada puerta y -Mierda!! No podía ser verdad…

Cierran a las 17:00, correcto, pero es que a partir de las 16:45 ya no puede entrar nadie así que me volvía a quedar con la cara de tonto una vez más, y a hora si que ya no había vuelta atrás, me tendría que ir de Praga sin verla y para colmo, con eso de aprovechar ese rato que teníamos libre, el vecino Monasterio de Loreto, uno de los centros de peregrinación más importantes de toda la República Checa, también estaba cerrado así que mierda por todos lados.

No quedaba otra que resignarnos y una vez en la Ciudad Vieja de nuevo, ahogar las penas en cerveza y es que cualquier excusa es buena cuando uno está en esta ciudad: para ello elegimos otro lugar más que recomendable, el Prague Beer Museum, donde a uno le esperan más de 30 cervezas de barril distintas con lo que teníamos asegurada una buena despedida de la ciudad.

Mañana más, por supuesto: el Campo de Concentración de Terezín nos esperaba para er hasta que punto puede llegar la crueldad y la locura del ser humano.

Pero eso ya será otra historia.

Seguimos!!

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