17 de Marzo de 2019

Después de casi 10 horas de reparador sueño y de un desayuno de campeonato en el comedor de nuestra céntrica Pensión, la clave para que el devenir del día fuera el deseado estaba en el cielo y es que, fiándonos de las predicciones meteorológicas, hoy era el día que íbamos a dedicar, casi exclusivamente, a visitar esos grandes espacios al aire libre que hacen de Viena una ciudad única y para eso, si el día no acompañaba, lo pasaríamos mal.

Así que nada más salir por la puerta mirada arriba y -Bingo!! Ni una nube a la vista así que no se hable más, directos hasta la parada de nuestro Hop On Hop Off que nos tenía que llevar hasta el plato fuerte de hoy: el Palacio de Schönbrunn.

El Palacio de Schönbrunn

Lo bueno de moverse por la ciudad de esta manera es que, mientras vas de un sitio a otro ya te vas poniendo en situación con las explicaciones que te van dando con lo que, cuando nos bajábamos en la parada del Palacio ya estábamos motivados a tope para empezar a descubrir uno de los imprescindibles de esta ciudad aunque, en honor a la verdad, hemos de decir que, al llegar a eso de las 10:30 a las puertas de Palacio la cantidad de gente que había era ya bastante monumental y eso, siempre, nos corta el rollo.

Por suerte, la entrada, con la Vienna Pass está incluida ya además hay una fila especifica para ello con lo que la primera impresión al ver esos colones se quedó en nada al poder saltárnosla por la patilla y recoger nuestras entradas, otra gran ventaja de esta tarjetita.

Existen distintos tipos de entrada aunque los dos más comunes son el Gran Tour y el Imperial Tour. El primero tiene un coste, si no tienes la Vienna Pass, de 17,50€ mientras que el segundo te sale por 13,30€ y la diferencia de uno a otro radica en que, mientras estás haciendo la visita al interior del palacio, con el Imperial Tour hay un punto del circuito en que te tienes que largar mientras que con el otro puedes ver todo el interior que está abierto al publico.

Para los jardines, sin embargo, no hay que pagar y uno puede entrar cuando le plazca.

Una cosa que hacen bien, en mi opinión, es que cuando sacas la entrada te dan una hora para que accedas al interior del Palacio, un poco como hacen por ejemplo en La Alhambra con los Palacios Nazaríes, y eso hace que la gente no se acumule porque sino, la verdad, sería un autentico coñazo ya que la visita a los aposentos imperiales se hace con Audio-guía, que está incluida en la entrada, y sino se hiciera así, como te toque un momento de gran afluencia, irías con ellos hasta la misma salida.

Así que ahora ya si, a las 10:44 puntuales entrabamos a lo que fue, en su día, y desde el siglo XVII, la residencia de verano de la familia imperial de Viena: los Habsburgo. Lo que vendría siendo un apartamentito en Benidorn pero a lo emperador, vamos.

Y nada más entrar, pues uno se pone en situación rápido, para que nos vamos engañar y es que de repente entras en la suntuosidad más exagerada, típica de la época y de las monarquías en general, viendo circular, una detrás de otra, estancias al más puro estilo rococó, cada una con sus características propias y es que eso si lo tenían, por si no hubieran pocas habitaciones, cada una tenía una función: yo la verdad me perdería rápido, a parte de que lo llenaría todo de mierda más rápido aún, la verdad. Que jaleo ordenar eso, por dios.

Lo bueno de la Audio-guía es que te va dando unas explicaciones muy concisas, sin llegar a hacerse pesada en ningún momento: que si en este salón fue donde un jovencísimo Mozart actuó para María Teresa cuando tan solo contaba con 6 años de edad, que si en esta sala durmió Napoleón cuando ocupó Viena en el 1805, que si en esta sala era donde Sisí escribía compulsivamente poesía en sus años más introvertidos y así una a una hasta contarse en 40 las estancias que se pueden visitar con el Classic Tour pero ya digo, para nada se hace pesado y toda la ruta se hace en unos 50 minutos más o menos.

De entre todas estas estancias, si se tuvieran que destacar algunas sería sin duda la Gran Galería, donde se celebraban los banquetes de la familia imperial, así que ya os podéis imaginar que, sencilla, sencilla no es que sea, y en donde, por cierto, se celebró la reunión entre John F. Kennedy y Jrushchov en 1961y en mi opinión, los dos Salones Chinos, cuyas paredes están recubiertas de laminas lacadas de papel de arroz hechas y traídas desde China, por supuesto. Nada de imitaciones, por favor.

La pena es que, como ya nos pasó ayer en el Palacio de Hofburg, las fotos están totalmente prohibidas y mires donde mires, siempre hay algún vigilante al acecho así que os tocará venir hasta aquí y descubrirlo. Ya os digo yo que vale la pena.

Y si el interior del Palacio es bonito, sus jardines le están a la altura o, según como se mire, incluso le superan y es que cuando uno da la vuelta al Palacio y se los encuentra delante no puede hace otra cosa que soltar un -Ohhhhh y es cuando entiende, perfectamente, porque el Palacio de Schönbrunn recibe el apodo del Versalles de Austria.

En frente tuyo, más de un kilómetro en linea recta de cuidados jardines que se extienden por los tres costados y al final, su culminación: La Glorieta, construida en lo alto de una colina y que domina todo el paisaje. Es imperdonable no subir hasta allí, aunque, os digo ya, que si vais en verano y el sol aprieta, que lo hace, llegaréis un poco muy sudados y al limite de un golpe de calor. Ahí lo dejo.

En ellos también se encuentra el famoso Laberinto, que solo abre los meses de verano con lo que lo encontramos cerrado y el Tiergarten, el Zoo más antiguo del mundo y que nosotros, por supuesto, no pisamos.

Fuentes y lagos (todos vacíos, por cierto), composiciones florales de mil formas distintas, esculturas, todo ello forma un precioso conjunto que, si cabe, se disfruta más desde lo alto, desde el tejado de la Glorieta, al que se accede con una entrada a parte que te sale por poco más de 3€ o, por supuesto, con la Vienna Pass y desde donde se tiene unas vistas sublimes del Palacio de Schönbrunn a lo lejos (aquí es donde uno se da cuenta de lo a tomar por culo que está) y de sus jardines, siendo posiblemente, una de las imágenes más fotografiadas de toda Viena, sino la que más.

Con todo, ya habíamos echado la mañana entera y esto solo acababa de empezar y es que la cosa, por lo visto, hoy iba de palacios: Próxima parada, Belvedere.

Palacio de Belvedere

Este Palacio, al que llegamos, como no, a bordo de nuestro flamante Hop On Hop Off, fue construido como la residencia de verano del príncipe Eugenio de Saboya después de que este derrotara a los turcos y los expulsara de Viena en el año 1718.

En verdad no se trata de un Palacio, sino de dos: el Alto Belvedere y el Bajo Belvedere y, entre medio, un enorme y precioso Jardín francés que hace honor a su nombre y es que Belvedere no significa otra cosa que “Vista Hermosa”.

Accedimos a él desde el Alto Belvedere, sin duda el más bonito y suntuoso de los dos que, a diferencia del Palacio de Schönbrunn, no alberga en su interior los antiguos aposentos sino que es hoy en día un Museo de arte austriaco en donde destacan, por encima de todas las demás, las obras de Klimt con el famoso El Beso a la cabeza.

A pesar de que nuestra idea era entrar aprovechando de que la entrada está incluida en el Vienna Pass, al haberle dedicado tanto tiempo al Palacio de Schönbrunn y que también, todo se ha de decir, el hambre ya empezaba a apretar, lo dejamos para una próxima visita a la ciudad y bajamos tranquilamente por sus precioso jardín hasta el Bajo Belvedere, desde donde se tienen las mejores vistas hacia su hermano mayor.

Y el jardín, pues que decir, en la linea del de Schönbrunn aunque, igual como ocurría en el anterior, con todas las fuentes vacias y eso, aquí, es una cagada ya que para que os hagáis una idea del tamaño de este, incluso hay dos cascadas que, cuando están llenas, deben crear una postal brutal. Pero que va, mierda para nosotros, y ahora ya si que no debe ser por casualidad, digo yo que algún motivo habrá para ello y, la verdad, me pica la curiosidad así que si alguien lo sabe, que me lo diga por favor.

La verdad, creo que vistos los dos en su máximo esplendor, es decir, en primavera, todo verde brillante y con el colorido de las flores, y si, con todas las fuentecitas y demás con agua, claro, creo que este debe ser bastante más espectacular que el anterior, aunque eso no quita que, a mi entender los dos sean imprescindibles en cualquier visita que se precie a la ciudad, ojo.

Y lo mejor de todo esto, justo al lado del Bajo Belvedere, encontramos uno de los mejores restaurantes de comida típica austriaca de toda Viena: el Salm Braeu.

Ocupa una vieja finca y hacen su propia cerveza desde hace siglos aunque su autentica especialidad es el Codillo de Cerdo. A pesar de eso, Adri no quiso dejar pasar la oportunidad de probar su costillar con lo que partimos fuerzas y le dimos caña a los dos platos estrella del local, más el litro de cerveza de rigor y una cocacolita para ella y, todo, por 45€. Y es que Viena es muy cara, carísima en muchas cosas pero al menos para comer, puedes ponerte hasta las cejas y además bien por menos de lo que nos gastamos la mayoría de veces que salimos Adri y yo a cenar en Barcelona, las cosas como son.

Ahora si, momento de continuar.

Hundertwasserhaus

Y aprovechando que nos venía de paso, y que teníamos que hace algo para poder bajar todo lo que habíamos llegado a zampar, que mejor que darnos un paseito de media hora y llegarnos hasta uno de los lugares más curiosos de toda la ciudad y que, con el paso del tiempo, se ha convertido en una visita ineludible para la gran mayoría de visitantes de Viena: la Hundertwasserhaus.

Y ojo, que no se trata ni de un monumento conmemorativo de ninguna batalla ganada siglos atrás, ni donde está enterrado alguien que firmó paginas gloriosas de la historia, ni tampoco un lugar de peregrinación de masas. No, no, que va,

Es un edificio de apartamentos. Sin más.

Y os preguntaréis, y que coño tiene un edificio de apartamentos de especial??

Pues que este fue diseñado por Friedensreich Hundertwasser, uno de los artistas más destacados de Viena del siglo XX y que fue, para que nos entendamos, todo un personaje.

Y para darse cuenta de eso no hace falta más que ver este lugar que tenemos ahora mismo enfrente y que parece sacado de una película de Tim Burton: un edificio hecho a pedazos, de colores distintos, de suaves formas onduladas que se van creando y desapareciendo, sin seguir ningún orden establecido, y todo lleno de plantas, arbustos y arboles (hasta del tejado salen arboles, no me preguntéis como). De hecho, incluso la acera de enfrente del edificio esta ondulada, para recordar el suelo de cualquier bosque.

La verdad es que recuerda algo a Dalí, aunque supongo que lo que compartirían es camello, o como mínimo una gran afición por los cartoncitos bien mojados.

Además choca porque claro, uno lleva dos días enteros viviendo a la perfección en todas sus expresiones, con esos edificios de corte imperial, esos palacios donde no había ni un centímetro dejado a la improvisación, todo tenía un porque, debía tener una función, y llegas aquí y te pones esto delante, la verdad es que es un puntazo y vale la pena acercarse hasta aquí, pero no nada más llegar a la ciudad sino dejar que pasen unas cuantas calles por delante vuestro para ver el contraste. Como mínimo interesante os parecerá, estoy seguro.

A pocos metros de aquí hay un museo, el KunstHausWien dedicado a su figura y cuya entrada está incluida en el Vienna Pass, pero que nosotros tendremos que dejar para otra ocasión y limitarnos a mirar por fuera su fachada, que también tiene guasa, y volvernos a subir de nuevo en nuestro Hop On Hop Of para llevarnos a nuestra última parada del día, que no era una cualquiera, que va.

Würstelprater

Y es que para terminar nuestro día al aire libre y al caloret de Viena, no se me ocurre mejor lugar que el Parque de Atracciones más antiguo del mundo, el Würstelprater.

Este Parque se encuentra en el trozo de tierra que hay situado entre el Canal del Danubio y el río propiamente dicho y tiene su origen en el año 1766 cuando fue abierto al pueblo una enorme área verde después de ser utilizada esta como reserva de caza durante años por los Habsburgo. No fue por eso hasta años más tarde, concretamente hasta el año 1895 que se inauguró en él el Parque de Atracciones siendo, hoy en día, como hemos dicho, el más antiguo que queda en funcionamiento.

De hecho, su atracción más carismática y que se ha convertido en uno de los símbolos de Viena es su Noria Gigante llamada Riesenrad, que fue construida tan solo dos años después de inaugurarse el parque y que ha llegado prácticamente intacta hasta nuestros días, saliendo bastante airosa, incluso, de las bombardeos llevados a cabo durante la segunda guerra mundial.

Y claro, nosotros, pues nada mas bajar de nuestro Hop On Hop Off, hacia allí que nos hemos dirigido ya que desde sus 65 metros de altura es desde donde mejores vistas se tienen, tanto de la ciudad como del Parque y sirve para tomar perspectiva de este y es que si a simple vista parece pequeño, hemos de tener en cuenta que entre atracciones antiguas y nuevas suman más de 250 con lo que no es de extrañar que sea el lugar favorito para los críos de Viena y bueno, para los que no son tan críos también, para que nos vamos a engañar.

Una cosa a tener en cuenta es que si bien la entrada al Parque en si es gratuita, no así el acceso a las atracciones aunque en el caso de la famosa Noria, si que su entrada está incluida en el Vienna Pass y además sin tener que hacer cola. Si no lo tienes, pues te tocará soltar los 10€ que vale subir. Se siente.

El precio del resto de atracciones, por eso, es algo más barato y oscila entre los 3 y los 5€ en la mayoría.

Nosotros solo nos subimos más a una especie de Túnel del Terror que, la verdad, fue divertido, aunque no os esperéis nada del otro mundo, eh, que las atracciones son de las toda la vida, nada de virguerías tipo Port Aventura o Disneyland y es precisamente ahí donde radica su gracia: pasear por el Würstelprater es como volver a la infancia de nuevo, desenterrar viejos recuerdos, viejos sabores, como los de las nubes de algodón que, joder, cuantos años hacía que no comía, mientras pasas un buen rato, a gusto, en un entorno precioso, que invita a relajarse y que, la verdad, después de estos dos días frenéticos que llevamos por la ciudad de un lugar a otro, entra muy pero que muy bien hasta el punto que, con la tontería, casi era de noche ya cuando volvíamos a pasar por el arco de entrada, a los pies de la enorme Riesenrad, a la que le echábamos un último vistazo antes de perdernos por las entrañas de la ciudad en dirección a nuestra Pensión, más de diez horas después de haber salido de ella y es que necesitábamos estirarnos un rato, ducharnos, cagar, pues ya sabéis, lo típico que uno hace.

Con todo, pues ocurrió lo inevitable y es que una vez tocas cama, ya no hay dios que te mueva y como aún teníamos el Codillo dando vueltas por nuestro estomago, zanjamos el tema de la cena con unos Frankfurts callejeros de esos que se estilan mucho por la ciudad y, eso si no podía faltar, un par de tartitas a los pies de la enorme Catedral de San Esteban, el plato fuerte de mañana, nuestro ultimo día en la ciudad.

Pero eso, ya es otro historia, nosotros, ahora, vamos a seguir disfrutando de nuestro trozo de tarta….ya sabéis, mañana más…

Seguimos!

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