18 de marzo de 2019

A nuestro último día en Viena le costó arrancar.

Supongo que el cansancio acumulado los dos días anteriores hacían mella y a eso, había que sumarle que, bonito, lo que se dice bonito, no amanecía.

Con todo, y a pesar del enorme poder de atracción que tenían sobre nosotros (especialmente sobre Adri, a las cosas por su nombre) los gruesos nórdicos con los que nos tapábamos, conseguíamos, después de mucho esfuerzo, poner pie a tierra y, contra viento y marea, poner toda la maquinaria en marcha: era nuestro ultimo día, no había mucho tiempo que perder.

Y con estas, después de desayunar y de entregar la habitación, salíamos a la calle Graven por enésima vez y nos dirigíamos, por fin después de haberla visto allí, enfrente nuestro durante todos estos días, al edificio que marca el eje sobre el que ha girado, gira y, posiblemente, girará la ciudad de Viena: la Stephansdom, su Catedral.

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Fachada de la Catedral de Viena

La Catedral de San Esteban de Viena

Si la habíamos dejado para el último día a pesar de tenerla a dos minutos de nuestro hotel y de haber pasado por delante de ella como un millón de veces tiene una explicación y es que en ella, el Vienna Pass no sirve para nada, con lo que los días que lo teníamos activado preferíamos ir a los lugares donde le podíamos sacar provecho y ya hoy, sin él, poderle dedicar el tiempo que haga falta sin prisas.

Y es que a pesar de que nosotros, ya lo sabéis, no somos muy de iglesias, la inmensidad de esta, con solo verla, te atrae, y es inevitable ir buscando constantemente su fin, allá en lo alto de la Torre Sur, a 136 metros del suelo.

Solo imaginaros si es grande que cuando terminaron esta torre, la Sur, que sobresale por toda Viena, pasaron de terminar la Norte. Para qué, pensarían, con lo estupenda que nos ha quedado esta, no la vayamos a cagar.

Pero sobretodo, y lo que la hace especial, y realmente distinta del resto, es su tejado de azulejos donde más de 250.000 piezas forman una pedazo de hilera de chebrones de color azul, blanco y amarillo mientras que en el otro lado dibujan el águila austriaca formando una composición brutal.

Así que con las ganas de ver si por dentro también cubría las expectativas, pusimos un pie en su nave central, a la que se puede entrar sin pagar, que encontramos decorada con todo de piedras de cartón que simulaban estar flotando a media altura e iluminadas de color lila. No me preguntéis el porque. No tengo ni las más remota idea, pero, la verdad, es que este toque moderno entre paredes que contaban con más de 600 años de antigüedad tenían su punto, las cosas como son.

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Y una vez aquí, pues tienes dos opciones, o largarte por donde has venido, o pagar.

Nosotros, ya que estábamos, queríamos hacerlo bien con lo que pillamos la entrada Full Equip que por 14,90€, te daba acceso a todo lo que se podía ver: Torre Norte, donde se encuentra la famosa Pummerin, el acceso a la Torre Sur, una audio-guía para visitar la nave central desde dentro y la visita guiada a las catacumbas.

Así que con ella ya en nuestro poder, nuestros pasos se dirigieron primero de todo hasta la Torre Norte a la que, por suerte, se sube en ascensor.

Esta Torre está inacabada aunque eso no quita que desde sus casi 70 metros, justo a la altura ya del tejado de Azulejos, se tengan unas vistas de este y de la ciudad de Viena de escándalo, aunque aquí, la estrella, es la Campana de Pummerin, la más grande de Austria con un peso de más de 21 toneladas y que fue fundida de los cañones que los tropas turcas dejaron en la ciudad al retirarse por patas de esta en 1683. Luego, durante la Segunda Guerra Mundial, esta quedó muy dañada con lo que vuelta a empezar: se volvió a fundir y ya tenemos campana nueva, justo la que vemos hoy en día desde lo alto de la Torre.

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El Campanazo…
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Vistas por aquí…
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Vistas por allá…

Una vez de nuevo en la nave central de la Catedral, justo al lado de la puerta de acceso a la Torre Norte, tenemos la entrada a las Catacumbas. Esta visita, que te lleva por los bajos fondos de la Catedral, solo se puede hacer con guía y como la siguiente no era hasta al cabo de una hora (un relojito en la entrada te marca los horarios) decidimos darla caña a la Catedral, audio-guía en mano, y saber un poco más de ella.

Aunque os seré sincero y, a diferencia de las audio-guías tanto de Hofburg como de Schönbrunn, esta se me hizo un poco coñazo y es que el tema, obviamente, no levanta en mi, ni por asomo, el mismo interés y además, para mi gusto, las explicaciones eran muy largas, teniéndote parado, en un mismo punto, en ocasiones hasta más de 5 minutos.

En este punto, el plato estrella es el que se conoce como el Pulpito de Pilgram, tallado por Anton Pilgram en 1515 y cuyos detalles parecen imposibles de esculpir sin que la arenisca sobre las que está hecha se rompa, sinceramente me pregunto como narices lo harían. Eso si, el amigo parece que quedó satisfecho y es que hasta se hizo un autorretrato, saliendo de la base como observando su creación, por esto recibe el nombre, entre otros, de El Mirón.

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El Púlpito de Pilgram

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Con todo, llegó la hora de bajar a los infiernos: las Catacumbas de San Esteban.

El origen de estas se remonta hacia el año 1739 cuando, a consecuencia de las epidemias de peste que sacudieron Europa, se cerraron todos los cementerios que habían alrededor de la Catedral y se empezó a enterrar a todos los muertos de la ciudad directamente debajo de esta.

Para acceder a ella primero bajamos, en grupo y con un guía delante, por unas escaleras que nos llevan a una parte de estas del siglo XIV, que es donde, aún hoy en día, se da sepultura a los obispos de la diócesis.

Desde aquí pasamos a lo que se conoce como la Cripta de los Duques, donde se encuentra el féretro de Rudolf IV, el fundador de la Catedral, y que está rodeado por algo muy macabro: si como vimos, o intentamos ver, mejor dicho, el primer día los corazones de los Habsburgo están en una cripta en el Augustinerkirche y sus cadáveres en el Kaisergruft, todos sus órganos y vísceras se encuentran aquí, en urnas de cobre que rodena toda la estancia, y que deben estar ya podridas, no, lo siguiente.

Con todo, entre la humedad del ambiente y el olor a rancio que hace, he de reconocer que da un poco de asco el asunto, las cosas como son.

Y ahora ya, desde aquí, pasamos a la parte de las Catacumbas del siglo XVIII, donde se calcula que hay unos 11.000 cadáveres en total.

La primera sala a la que bajamos, y que te da una ostia en toda la cara es una cámara donde se encuentran unos 400 cadáveres apilados, directamente, así tal cual, unos encima de toros y donde sobresalen huesos entremezclados con más huesos. De aquí pasamos a un foso que daba directamente a la Plaza de San Esteban y que era por donde tiraban los cuerpos de aquella personas que habían muerto por la peste, para no tener ni que tocarlos y cuyos restos vemos más abajo y acto seguido, pasamos por un osario donde se acumulan miles y miles de huesos que los presos de la época eran obligados a clasificar y ordenar con el objetivo de maximizar al máximo el espacio.

La verdad es que todo muy macabro, no lo voy a negar, y supongo que es por eso que la visita se hace a toda ostia, sin darte mucho tiempo para mirar, cosa que por otro lado se agradece, y en la que, por supuesto, no se pueden echar fotos, faltaría más.

Total no más de 15 minutos y sales directamente a la Plaza, justo al lado de nuestra última para: los 167 metros de la enorme Torre Sur.

Y a diferencia de la Torre Norte, aquí no hay ascensor que valga con lo que para subir tienes que echarle 343 escalones a tus piernas para poder disfrutar de una de las mejores vistas de toda la ciudad.

En su contra, por eso, he de decir que, a diferencia de la Torre Norte, donde salía al exterior, aquí te quedas en un habitáculo acristalado y que queréis que os diga, aquí y en todos lados odio tener que disfrutar de las vistas a través de un cristal, no se, me parece que para eso me lo miro por la tel, con lo que igual, en mi opinión, si tuviera que elegir entre una de las dos Torres me quedaría con la Norte. Y oye además te ahorras el calentón.

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Y ahora ya si que con esto dábamos por cerrada nuestra carpeta de la Catedral, posiblemente la Catedral que hemos visitado más a fondo y aprovechando que habíamos quemado unas cuantas calorías subiendo a la Torre Sur, decidimos saldar una deuda que teníamos pendiente: el Café Sacher.

Segundo Asalto: turno del Café Sacher

Y es que el primer día ya os expliqué la rivalidad que existe entre los dos Cafés por excelencia de Viena, el Demel y el Café Sacher, con el tema de la tartita más representativa de esta ciudad: la Tarta Sacher.

Pues bien, si el sábado ya probamos la de Demel y todo se ha de decir, no nos entusiasmó, no nos íbamos a ir sin probar la de su competidor con lo que, aprovechando que también era una hora en la que creíamos, no encontraríamos mucha cola, hacia allí que nos fuimos y aunque si que había algo de gente esperando en la puerta para entrar (pero esto es algo con lo que se ha de vivir aquí), decidimos esperar nuestro turno y poder dejarnos un pastón en 3 bocados, tal y como pasó el sábado.

Y es que yo ya creía que, la verdad, me volvería a decepcionar.

Nos subieron al primer piso y eso si, estilazo a tope: sofás de terciopelo y las paredes recubiertas de tela imperial como las cortinas de Sisí, marquetería dorada y la elegancia personificada en la figura de los camareros y es que coño, si te tienen que robar, que como mínimo lo hagan con clase.

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A la rica dieta…

Pero está vez era la buena: esto era lo que yo buscaba, esta era, no había duda, la Tarta Sacher de la que todo el mundo habla, la que lleva casi 200 años dando caña a lo largo y ancho del mundo. Que delicia, por favor.

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Ya teníamos ganador: sin duda la tarta del Café Sacher le daba mil vueltas a la de Demel así que no os engañen y aunque nos clavaron 20 pavazos por un trozo de tarta, un Melange (un café con leche, vamos) y un chocolate, puedo decir que son 20€ bien pagados y es que darse estos caprichitos de vez en cuanto es algo obligatorio, como tomarse un Singapur Sling en el Hotel Ruffles de Singapur o un Daiquiri Doble en la Bodeguita del Medio de La Habana.

Naschmarkt

Y ahora ya si que si, con la sensación en el cuerpo del trabajo bien hecho y de haber contribuido a solucionar un dilema que llevaba muchos años corroyendo a la ciudad, seguimos nuestro camino hasta el que es, para muchos, el mercado más importante de la ciudad: el Naschmarkt

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Este mercado al aire libre, está situado justo en frente de la Opera de Viena, al otro lado de la Ringstrasse, una de las arterias más importantes de la ciudad y que ocupa, hoy, los terrenos donde antiguamente se levantaban las murallas de Viena y alrededor de la cual se han edificado algunos de los edificios más importantes de la ciudad.

Este mercado tiene sus orígenes en el siglo XVI cuando en él se vendía principalmente la leche que llegaba a la ciudad de las granjas cercanas. El mercado fue cogiendo importancia hasta que a finales del siglo XVII ya centralizaba todas las frutas y verduras que llegaban a Viena en carro, mientras que los otros mercados de la ciudad comercializaban solo los alimentos llegados en barcazas a través del Danubio.

De esta manera fue cogiendo importancia y tamaño, hasta encontrarnos lo que vemos hoy: cientos de puestecitos de alimentos, de todo tipo, frutas y verduras procedentes de cualquier parte del mundo, carnes, pescados, mariscos, vinos, destilados, pasteles. Todo lo que te puedas comer, aquí lo encuentras.

Hoy en día, por eso, se ha convertido principalmente en un lugar turístico, un poco como el Mercat de la Boquería de Barcelona, aunque aún se pueden ver a bastantes vieneses haciendo aquí la compra, y en un lugar ideal para comer, y es que a los puestos les acompañan decenas y decenas de restaurantes de comida variada, en donde te puedes poner las botas y, lo mejor de todo, a precios razonables para lo que es la ciudad.

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No es nuestro caso, por eso, y es que aún tenemos el sabor de la Sacher en la boca y no lo queremos perder pero si pasamos un buen rato paseando arriba y abajo, descubriendo frutas y verduras que no sabíamos ni que existían, y reencontrandonos con otras que habíamos visto en alguno de nuestros viajes por el mundo y no habíamos vuelto a ver.

Y lo mejor de todo, que el sol se empezaba a dejar ver, y eso se tenía que aprovechar.

Stadtpark

Y es que a pesar de que nuestro tiempo en Viena ya estaba llegando a su fin, aún queríamos aprovechar para visitar otro de sus lugares más destacados: el Stadpark.

Para acercarnos hasta allí, por eso, y aprovechando esos rayos de sol que caían y que tan caros estaban saliendo en esta escapada a Viena, decidimos dar un paseo y de paso, visitar, aunque solo sea por fuera, una de las iglesias más bonitas de toda Viena: la Karlskirche.

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Y es que esta iglesia, a parte de preciosa, tiene una historia un tanto peculiar que se remonta al año 1713 cuando el Emperador Carlos VI, durante la epidemia de pete que asoló Viena ese año, prometió a la población que si conseguían superarla, construiría un templo dedicado a San Carlos Borromeo, patrón de la lucha contra la peste.

Viena superó la Peste y aunque tuvieron que pasar 25 años, finalmente se cumplió la promesa y se inauguró este precioso edificio, en el que destacan por encima de todo, las dos imponentes columnas de su exterior, inspiradas en la Columna de Trajana de Roma, y en las que se muestran escenas de la vida de San Carlos Borromeo.

Justo enfrente hay un lago artificial y habíamos leído que, sobretodo de noche, el reflejo de la iglesia iluminada en las aguas del lago forman una de las imágenes más bonitas de Viena pero, igual como pasó en el Palacio de Schönbrunn o en el de Bevedere, estaba completamente vacío y esto ya no debe ser por casualidad, tiene que haber algún motivo por el cual todos los lagos de la ciudad están secos, igual para que no se congelen o yo que se.

Si alguien lo sabe, que me lo diga, por favor. La intriga me corroe.

Con todo, después de sacar algunas fotos, dirigimos nuestros pasos, ahora si, hacia el Stadtpark, el Parque de la Ciudad.

La verdad es que nos encantan estos grande Parques, de estilo inglés, con sus enormes zonas verdes en el centro de la ciudad, que se convierten en una válvula de escape para tanto gris, y este, sin duda el más frecuentado de la ciudad, no iba a ser menos.

Fue abierto al público en 1862 y consta de 60.000 metros cuadrados llenos de arboles con un río que lo cruza por el medio y una serie de pequeños lagos (estos si con agua, menos mal) en los que patitos y demás aves campan a sus anchas entre la mirada atenta de los turistas y vieneses que por aquí pasean.

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Por desgracia, y aunque parecía que el tiempo se iba a abrir un poco, al llegar aquí de los rayos de sol que nos habían motivado a acercarnos hasta aquí ya no quedaba ni rastro y como estábamos cerca de Ribs of Viena y como que Adri se había quedado con las ganas de probar más de sus variedades de costillares, decidios repetir y despedirnos a lo grande de esta ciudad, Viena, a la que otro día más no le hubiera ido mal echarle, pero que, de todas formas, nos deja un muy buen sabor de boca.

Se trata de una ciudad en Mayúsculas, que se muestra orgullosa de su historia sin caer, por eso, en la arrogancia. De una ciudad llena de luces, y si, también de sombras. Una ciudad que se merece entender y no juzgar, aunque a veces se caiga fácilmente en la tentación.

Nosotros ya no teníamos tiempo de más, solo tiempo de recoger nuestras mochilas, e ir hacia las estación de Wien Mitte para coger el CAT que nos llevará hasta el aeropuerto para, ahora ya si que si, poner punto y final a nuestra Escapada de 3 días a Viena.

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