22 de abril de 2019

Desde que empezamos a planear nuestro viaje a Panamá, este exótico nombre, Guna Yala, también conocido por muchos como San Blas (a pesar de que desde 1995 este nombre ya no se usa oficialmente), estuvo encima de la mesa como uno de esos lugares que, pasara lo que pasara, teníamos que visitar.

Es por eso que, cuando la pequeña Cessna en la que volábamos Adri y yo, junto con otros 4 pasajeros más, cruzó ese muro, aparentemente infranqueable, de altas y densas nubes y, de repente, debajo nuestro, apareció un esplendoroso Mar Caribe, salpicado por decenas y decenas de pequeños cayos cubiertos de palmeras, no nos lo podíamos creer: es de esas cosas que te has imaginado muchas veces como será y una vez ocurre, todo cobra sentido.

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Nuestra isla desde el aire…

Para ello, habíamos dejado nuestro apartamento del Casco Antiguo de Ciudad de Panamá a las 4:00 de la madrugada para darnos cuenta que el avión que nos iba a llevar al aeródromo de Ukupseni no era más que una pequeña avioneta, con sus años ya, en la que compartías cabina con el piloto al que, si no te andabas con ojo, le podías dar un rodillazo en todo el melón de lo pegado que llegabas a estar a él. Sin duda, la mejor manera para empezar nuestro periplo por estas islas aunque si el vuelo hubiera sido un poco menos movidito tampoco hubiera pasado nada, las cosas como son.

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Para quien no lo conozca, el archipiélago de Guna Yala se encuentra en la comarca del mismo nombre y ocupa una franja de Mar Caribe de 226 kilómetros de longitud hasta llegar a la frontera de Colombia. Se trata de 365 islas e islotes, un paraíso para cada día del año, la mayoría de ellas no más grande que un campo de fútbol, en donde se reparten 49 comunidades Gunas, que son los encargados de auto-gestionar su territorio siendo, de hecho, el primer grupo indígena de toda latinoamerica en lograr su autonomía aunque, por supuesto, la tuvieron que luchar. Y mucho.

Este hecho ha conseguido que lo Gunas sigan manteniendo muy vivas sus raíces y tradiciones y que el tipo de turismo que en estas islas se lleva a cabo esté muy alejado del turismo de masas que encontramos en otros lados de este mismo mar, haciendo que siga manteniendo, salvando las distancias claro, ese aire de paraje remoto y salvaje en pleno litoral panameño. Para ello, el hecho de que ningún extranjero pueda poseer tierras en la comarca de Guna Yala mantiene alejados a potenciales inversores y grupos hoteleros y hace que la mayoría de alojamientos que aquí se encuentran sigan un mismo patrón: cabañas de madera y tejados de palma donde dormir escuchando las olas del mar, sin las comodidades a las que estamos tan acostumbrados. Aquí no hay agua caliente y la que hay se tiene que racionar, nada de Wifi, nada de electricidad más que para encender algunas bombillas y poco más. En definitiva, todo aquello de lo que podamos prescindir, se queda en tierra firme.

Es precisamente por eso, para mirar de vivir esa experiencia lo más intensamente que pudiéramos, el motivo por el que estábamos, con las primeras luces del alba, aproximándonos a algo parecido a una pista de aterrizaje arrancada de las entrañas de la selva en las cercanías de la segunda comunidad Guna más poblada, Ukupseni, donde aterrizábamos poco antes de las 7:00 de la mañana.

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Recién aterrizados en Ukupseni (Playón Chico)

Hay otras opciones bastante más cómodas y baratas para conocer Guna Yala, sobretodo desde que, en 2009, se terminó una carretera que conectaba el resto del país con Catrí, la primera población de la comarca y el lugar elegido por la gran mayoría de visitantes para adentrarse a descubrir los secretos de este archipiélago. De hecho incluso hay ciertas islas que se pueden visitar en excursiones de un día desde Ciudad de Panamá, hecho que hace que lugares como Isla Tortuga, Isla Perro Grande o Isla Aguja sean visitadas por decenas de personas todos los días.

No pasa lo mismo, en cambio, con el lugar que tenemos delante nuestro en el preciso instante en que se abre la puerta de nuestra avioneta y una ostia de humedad nos da la bienvenida mientras bajamos, como podemos, por la escalerilla del avión.

Se nota que muchos turistas no llegan hasta aquí, de hecho solo hay un vuelo de 7 plazas cada dos días, y en el que hemos venido solo íbamos Adri y yo junto con una pareja de valencianos que también, sin saber muy bien como, han terminado aquí.

El aeródromo no es más que 4 pilones con un techo de hojalata y la gente que se ha acercado hasta aquí lo hace con la única intención de intentar que el piloto les lleve hasta Ciudad de Panamá unas enormes cajas de plástico cerradas a cal y canto que contienen enormes centollos para vender en la ciudad (cuando es la época de la langosta estas cajas se multiplican) aunque este no esté mucho por la labor y repita, por activa y por pasiva, que máximo 4 cajas aunque, mientras lo dice, ya debe tener como 8 dentro de su avión.

A nosotros nos viene a recibir Domi, un guna de pequeña estatura (como todos, en realidad) al que le cuesta hablar español y que será nuestro anfitrión los próximos días en lo que tiene que ser nuestro paraíso terrenal: la Isla de Yandup.

Esta isla, que en verdad ya hemos podido ver desde la avioneta cuando esta realizaba la aproximación para aterrizar, se encuentra a poca distancia de la comunidad de Ukupseni (Playón Chico) y cayó en nuestras manos por casualidad, y es que si entre todas las crónicas de otros viajeros que habían estado por aquí siempre sonaban los mismos nombres que antes he mencionado, había una entre ellas que destacaba por la insólito del lugar, que hablaba de islas realmente desiertas, donde no se escuchaba nada más que el mar y el sonido de los vientos alisios que acarician esta zona durante gran parte del año. Reconozco que nos cautivó y a los pocos días ya teníamos nuestra reserva hecha y era ahora cuando, esa palabra que había resonado tanto en nuestra cabeza, Yandup, se recortaba contra el horizonte mientras el bote en el que nos movíamos se desplazaba hasta ella.

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Tan buen punto llegó el avión, se fue…

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Y como sucede en ocasiones, la realidad superó la ficción.

Imaginaros por un momento una isla que se eleva del mar, igual, como mucho, medio metro, de unos 100 metros de largo por 50 de ancho y toda ella recubierta por un fino césped, de un verde brillante, casi falso incluso y con decenas de cocoteros repartidos por ella creando la imagen que todos tenemos en mente cuando oímos la palabra paraíso.

En ella encontramos un pequeño muellecito, justo al lado de un playa de finísima arena blanca que empieza cuando el manto verde termina y, a continuación, una gran cabaña, construida sobre pilotes ya encima del mar y que hace las funciones de comedor. Es desde ese comedor de donde también sale una pasarela que se adentra por encima de las aguas hasta una palapa abierta donde 2 hamacas se mecen al viento, rodeadas del Mar Caribe y de sus espectaculares colores.

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Para dormir hay cuatro cabañas de madera en un extremo de la isla y cuatro más en otro, aunque estas, a diferencia de las anteriores, no están construidas sobre tierra firme sino que se accede a ellas por una pasarela de madera ganada al mar que nos llevan a una cabaña circular, elevada sobre el agua, dentro de la cual se encuentra una cama de matrimonio con su mosquitera y un pequeño baño donde quitarse la sal del cuerpo y poco más. Y en el lado opuesto de la pasarela, es decir, en la banda que da completamente al mar, otras dos hamacas que reciben la brisa del Caribe y en donde uno se podría tirar una vida entera sin ninguna preocupación en la que pensar.

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Todo aquí, en nuestra isla, es a golpe de caracol que le decimos y es que Domi utiliza unas caracolas gigantes para avisar sobre cualquier cosa que pase en la isla, ya sean las distintas comidas como las giras diarias, es decir, las excursiones que se realizan hacia otras islas cercanas o comunidades vecinas: se pone en medio de la isla y empieza a soplar como si no hubiera un mañana a través de ellas. Dice que esta era la manera de comunicarse entre islas cercanas y que incluso hoy en día son utilizadas por sus comuneros para comunicarse cuando hace falta y, la verdad, que oírse, se oye lo suyo.

Nuestra primera parada, nada más dejar las mochilas en la cabaña y desayunar, ha sido un cayo cercano al que hemos llegado después de que nos cayera un buen chaparrón mientras estábamos en medio del mar y es que si, amigos, esto el Caribe y si, aquí llueve a menudo, no nos vamos a engañar, y es que estamos justo en la época de cambio de estación, cuando llegan las lluvias y eso aquí significa que en nada puede pasar de un sol radiante y abrasador a caerse el mundo encima tuyo en forma de tormenta perfecta aunque si eso ocurre, tranquilo, es tan fácil como esperar: ten por seguro que el sol volverá a salir y ese chubasco solo será un breve y leve recuerdo de lo que significa el aire fresco sobre tu piel e incluso puede que lo eches de menos.

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En lo que si que influye que nos hayamos acercado hasta aquí en esta estación es en las excursiones que se hacen y es que cuando sopla el viento de noreste como lo hace ahora, el mar fuera del arrecife está muy movido y hace que no se pueda uno acercar a los cayos más lejanos aunque, a decir verdad, ni falta que nos hace: estamos en el Mar Caribe, en una pequeña islita de esas en que las palmeras salen directamente desde la fina arena de la playa y desafían el azul turquesa del mar cayendo encima suyo, Adri, yo, y nuestros dos compañeros de isla y ya, nada ni nadie más. A caso no es esto el paraíso??

Sobre las 12 es hora de volver a nuestra isla, toca almorzar y claro, aquí, todo, proviene del mar: pescados y mariscos son y serán el pilar fundamental de la dieta guna y, mientras estemos en su territorio, también nuestro. Nada mal. Además he de reconocer que aquí, en Yandup, nuestra cocinera tiene muy buena mano y todo lo que toca lo convierte en algo delicioso. Pescado, langostinos, cangrejo, menos langosta, eso no y es que de febrero hasta mayo está vedada su pesca ya que es época de cría, algo que hemos corroborado nosotros mismos y es que solo ha hecho falta sumergirnos con nuestra máscara de snorkel y, a pocos metros de la playa, encontrarnos con varios ejemplares de langostas bebés, pero si venís en cualquier otra época del año, tener claro que también estarán en vuestro menú.

IMG_20190423_154014-01.jpegLa gira de la tarde, ya hartos de sol y ya, todo se ha de decir, un poco quemados, sale de Yandup a las 15:30 y nos ha llevado a explorar otro de los pilares de la vida de los gunas que no es otro que los manglares. Es de allí de donde sacan, por ejemplo, la leña para hacer el fuego o los troncos para construir sus casas. También recogen yerbas que luego utilizan para curar enfermedades, como por ejemplo la anemia, que se trata con una infusión hecha a base de manglar rojo, y como no, para alimentarse, y es que en ellos se encuentran muchos tipos de cangrejo, así como langostas, langostinos, pescados varios e incluso caimanes, aunque estos son nocturnos y cuesta mucho de ver.

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Eso si, de lo que también hay muchos son mosquitos, con lo que el repelente se hace indispensable y es que, mientras estás dentro de los túneles que forman los manglares, el zumbido es constante llegando a desquiciar un poco. Avisados estáis.

Con todo, una vez ya de vuelta a nuestra isla, eran poco más de las 18:00 de la tarde cuando volvía a sonar el caracol para llamarnos al comedor donde se servía la cena, a base de riquísimos langostinos esta vez, y el sol, poco a poco, se iba poniendo detrás de las densas nubes que habían vuelto a crecer en su cotidiana lucha de haber quien puede más con el sol. Y es que el día, aquí en Yandup, termina con la luz de sol y todo se sume en un exquisito silencio solo roto por los alisios, las olas del mar, y algún que otro geko en busca de algo que llevarse a la boca.

Y esto, sinceramente, nos encanta.

Y así podríamos vivir por mil años más.

23 de abril de 2019

Dormir encima del Mar Caribe es todo un placer para los sentidos: los vientos del noreste se cuelan por las ventanas de tu cabaña y te acarician con su suave brisa, refrescandote lo justo para no pasar un calor que, de otra manera, sería infernal. El sonido de la olas, suave y constante, al chocar con los pilones sobre los que se levanta nuestra cabaña, marca el compás de tus sueños mientras que el olor a salitre lo impregna todo de olor a felicidad. El único sentido que descansa, y por completo, es la vista y es que, en noches de luna nueva como estas, uno vive sumido en la más profunda oscuridad, como si tuvieras que descansar la vista para todas las preciosidades que tus ojos verán al día siguiente, y solo es cuando, sobre las 5:30 de la mañana empieza a despuntar el día, que las cosas vuelven a coger su forma: empieza un nuevo día en el Mar Caribe.

Y como no, todo empieza con suavidad, mucha suavidad. Tropical Style.

Lo primero, pasar de la cama a la hamaca. Si viene a cuento puedes echarte otra cabezadita, aunque teniendo en cuenta que lo más probable es que ya hayas dormido como unas 10 horas, igual es algo que mucha falta no te hará. Es un buen momento también para, si eres un tonto motivado que escribes un blog para que lean, como mucho, un centenar de personas, te pongas el ordenador encima y, mientras la brisa te mueve y el mar multicolor que tienes debajo va cambiando de tonalidades a medida que avanza la mañana, vayas volcando en el ordenador todas esa cosas que se te pasan por la cabeza o, como no, es un buen momento para simplemente contemplar el lugar en el que estás. Esa es buena también.

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No hay felicidad sin hamaca…

A las 7 ya puedes ir a desayunar: rico y humeante café, zumos naturales, huevos, arepas, mermelada de guayaba, yogur natural. Una buena manera, y sana, de empezar.

Y luego, pues a seguir, esta vez, por eso, en otra hamaca, igual en una de las que hay en la playa y quien sabe, igual puedes darte tu primer chapuzón del día hasta el momento en el que el Caracol vuelva a sonar.

Son las 9:30 de la mañana y nuestro destino es otro cayo cercano, siempre dentro de la barrera natural que forma el arrecife y la tónica, la misma que ayer: un manto verde cubriendo un islote de no más de 60 o 70 metros por banda, donde los cocoteros se zarandean y la vida pasa a un ritmo muy distinto al que estamos acostumbrados. Y si, también completamente entero para nosotros.

La verdad es que sería muy fácil acostumbrarse a esto.

Con todo, a las 12:00 es hora de volver hacia Yandup, donde nos espera un Pargo Rojo delicioso para comer y su correspondiente siesta en la hamaca hasta que domi le vuelve a dar caña al caracol, esta vez para llevarnos a Ukupseni, la comunidad guna de donde proviene, y contarnos más de este pueblo que llegó aquí hace no muchos siglos proveniente de lo que hoy conocemos como Colombia, y que se ha asentado en esta franja costera e intenta, a duras penas, mantener sus raíces y tradiciones ante la enorme presión a la que es sometida para modernizarse.

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Llegando a Ukupseni
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Ukupseni desde el aire el día de nuestra llegada…

En él viven una 3.000 personas, de las cuales el 60% (una barbaridad) son niños y aquí es, precisamente, donde radica el problema y es que, cada vez más, sus inquietudes distan mucho a ser conservadoras con sus raíces y se van modernizando, dejando de lado la vestimenta guna, su lengua y con ellos, el gran temor, es que se pierda la herencia de un pueblo que ha sabido adaptarse al paso de los años y a hacer frente a los interrogantes que se han abierto delante suyo. Esperemos que en esta ocasión ocurra lo mismo.

Nuestra visita discurre por sus calles, de tierra, por supuesto, entre casas de madera y palma, casas levantadas por ellos mismos y por las que no rinden cuentas a nadie: la comarca de Guna Yala disfruta de una autonomía muy alta, y no pagan impuestos por sus viviendas ni nada parecido, solo tienen que cumplir con los trabajos comunales cuando su guía se lo requiere y listo.

En ellas ya se palpa a simple vista lo que decíamos al principio, niños y más niños jugando por las calles, mientras señoras mayores con la típica vestimenta guna se sientan en los portales mientras hacen artesanías, que luego venderán a los pocos turistas que hasta aquí se acerquen o sino mandarán a la ciudad en algún bote que viaje hasta Cartí.

Su economía es una economía básicamente de subsistencia, en donde viven de lo que siembran (maíz, cacao, yuca, etc…) y, por supuesto, de la pesca y el marisco, su principal fuente de alimentación. A nivel monetario, su bien más preciado son los cocos, y es que toda la comarca guna está llena de cocoteros, que luego venden a las barcazas colombianas que se acercan hasta aquí cada 15 días, y que traen con ellas mercancías que aquí no se pueden encontrar, como gas, ropa y demás artículos que hoy ya se han vuelto necesarios. Es por eso que es fácil encontrarse canoas hasta los topes de cocos, pues es, en muchos casos, su única entrada de dinero a la familia.

La verdad es que se trata de una visita muy interesante, y aunque se hace corta, uno puede aprender mucho de este pueblo, olvidado por muchos, pero que aquí está, y ha conseguido hacerse un hueco en el siglo XXI, cosas que muchos ya, por desgracia, no pueden decir. Es de esos casos en que el turismo, bien llevado, puede llevar con él la preservación de esta misteriosa cultura pero que, sin duda, tiene una muy difícil tarea por delante. Les deseo lo mejor.

Y con ello, llegó, muy a nuestro pesar, la hora de volver a nuestra isla, porque si, ya es nuestra.

Y digo muy a nuestro pesar porque eso significaba que, con la noche que ya estaba al caer, llegaba el fin de nuestros días en Guna Yala, y eso, os aseguro, nos daba mucha, pero que mucha pena. Y nos daba pena porque hay lugares que uno siempre tiene en mente y que ya desde antes de salir de casa uno sabe que le van a gustar y no mentiré si digo que, con Guna Yala, pasaba algo parecido, era una apuesta ganadora, pero al final, he de reconocer que todas las expectativas que teníamos puestas aquí, se han superado y es que es de esos lugares que enganchan, que te hacen sentir más vivo, en los que entiende uno que es la felicidad y que te hacen entender de que trata realmente toda esta historia. Yo podré decir que, por un par de días al menos, experimenté la libertad salvaje en un lugar como este y esto, amigos, no tiene precio.

Así que de esta manera, después de saborear un buen centollo y de darle un último trago a mi Panamá helada, la noche terminaba cayendo sobre el Mar Caribe y la oscuridad, otra vez, le ganaba la batalla a la luz, batalla que mañana, volverá a empezar y en la que los colores del paraíso, una vez más, volverán a brillar.

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Gracias por tanto en tan poco tiempo Guna Yala!

Seguimos!

DATOS PRACTICOS

· Yandup Island Lodge: El único alojamiento de la zona tiene cuatro cabañas en tierra firme y cuatro cabañas construidas sobre pilones encima del mar. Las primeras tienen un precio de 112$ pax/noche y las segundas, que fue donde nos quedamos nosotros, de 122$ pax/noche.

Y en este precio, te entra todo: desayuno, comida y cena, toda a base de pescado y marisco (aunque con preaviso también te pueden ofrecer opciones vegetarianas) las dos giras (excursiones) diarias, una por la mañana y otra por la tarde y el transporte desde el aeródromo hasta Yandup.

Lo que no está incluido es el viaje en avioneta hasta allí, que en si mismo ya es una atracción, y que cuando nosotros lo pillamos tenía un precio de 165$ ida y vuelta. Eso si, no apto para gente con miedo a volar.

Para reservar, cosa que os recomiendo encarecidamente ya que será una de las mejores decisiones que podéis tomar, podéis hacerlo desde su pagina web y enseguida se pondrán en contacto con vosotros: www.yandupisland.com

· Qué llevar al Yandup Island Lodge: Los gunas, como en muchos otros lugares que de alguna manera están aislados, tienen un enorme problema con los residuos y su gestión y aunque parece que cada vez están más concienciados sobre el tema e intentan tomar medidas, sigue siendo un tema preocupante y es que si bien es cierto que las latas de refresco y cervezas, por ejemplo, las venden a los barcos colombianos que se acercan hasta aquí para comerciar, no pasa lo mismo con los plásticos y, sobretodo en las zonas cercanas a las comunidades, se ven enormes montañas de ellos.

Para ello, es imprescindible llevar todo lo necesario para generar el mínimo residuo de nuestro paso, como por ejemplo pajitas reutilizables (esto aquí y en todo el mundo), una botella para rellenar el agua de un bidón que hay en el comedor y así no tener que comprarla embotellada, también importante, jabones y pastas de dientes biodegradables, la idea es que todo esté cuando nos vayamos igual a cuando llegamos. Si todos hiciéramos eso, viviríamos en un mundo mejor.

Importante también llevar repelente de insectos. Nosotros siempre viajamos con espirales de esas tipo incienso que, la verdad, nos van de lujo y pueden hacer de tu noche un rato mejor.

La isla está rodeada de arrecifes de coral y, en ellos, viven erizos que estarían encantados en joderte el viaje clavando sus puás en tus pies así que llevar unos escarpines hará que puedas moverte con mucha más tranquilidad, hecho que no significa que puedas ir andando por las arrecifes como el rey del Rock, tienes que tener cuidad igual, que los corales son muy frágiles y no querrás cargarte algo que ha tardad tantos años en crecer, verdad??

Y algo fundamental: un buen libro. Las horas en Yandup son ideales para la lectura, mientras te balanceas en alguna de sus hamacas, con el mejor fondo de pantalla que te puedas imaginar.

4 pensamientos

  1. Ya está puesto 👌 👏👏👏👏 aunque gracias a ti… enpieza a ser demasiado grande 🤣 vamos a tener que ir Alberto a un lado y Suso al otro para poder abarcar todo lo que queremos 🤷‍♂️ saludos 😘

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