15 de agosto de 2019

Igual estar ya en frente de la puerta de embarque a las 3:00 de la madrugada cuando nuestro vuelo salía a las 6:20 era algo exagerado, de acuerdo, pero que queréis que os diga, mis nervios no daban para más y es que reconozco que, los días previos a este viaje, lo pasé realmente mal: entre la huelga de Trablisa en el Aeropuerto de El Prat (aún recuerdo el pánico que pasé en el 2017 cuando por un milagro llamado Lidia no perdimos nuestro vuelo a Malasia por la misma huelga, en ese caso de Eulen) y que todo iba más que ajustado en tiempos, los días y las horas no pasaban y no veía el momento de estar allí, justo en el sitio en el que estábamos en ese preciso instante, viendo el avión de KLM que, en tres horitas ya de nada, nos iba a llevar a Ámsterdam para, desde allí, y por fin, volar a Kampala, nuestra puerta de entrada a Uganda, la Perla de África, previa parada técnica en Kigali, Ruanda.

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Y es que este era un viaje con el que había soñado una y mil veces. De acuerdo, si, como ocurre con tantos otros, pero no, en serio, este era especial: iba a cumplir un sueño de niño como era ver en primera persona, en vivo y en directo a los Gorilas de Montaña, poniendo cuerpo a esas historias que un día escuché y ya no solo eso sino que, un año después, iba a volver a ese continente que me enamoró, África, para poder comprobar si tan solo se trataba de un sueño o si, en cambio, lo que vivimos aquellas semanas en Kenya fue real.

Así que todo tenía que salir a la perfección y, por suerte, al menos hasta llegar a Kampala, así fue.

Un placido vuelo a Ámsterdam al que lo siguió un igualmente placido vuelo hasta la capital de Ruanda, Kigali y un sube-baja a Entebbe en el que apenas nos dio tiempo de rellenar el cuestionario de salud que tienes que presentar, obligatoriamente, nada más bajar del avión, justo antes de que te hagan pasar por un escáner que te mide la temperatura corporal y es que, contra el ébola, toda precaución es poca.

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También fue a pedir de boca nuestro paso por el control de pasaportes, apenas 15 minutos, unos chistes con el funcionario de turno y la visa pegada a hoja entera en el pasaporte junto con el sello de entrada a Uganda, al igual que la recogida de equipajes: nada más llegar a la cinta nuestras mochilas ya aparecían, intactas y hasta bien colocadas. Genial, verdad?

Así que ya veis, todo iba a la perfección, es cierto, un poco cansados, obvio y es que con la tontería ya era casi medianoche y ese día nos habíamos levantado un poco más tarde de las 2:00 de la madrugada pero que oye, no nos íbamos a quejar y menos cuando, nada más salir de la antigua terminal de llegadas del Aeropuerto Internacional de Entebbe, nos encontramos de cara con Meddie, quien iba a ser nuestro conductor durante nuestro viaje por Uganda, que nos recibía con una enorme sonrisa dibujada en su cara mientras sostenía un cartelito con nuestro nombres escritos en él: – Joder Adri, estamos que lo petamos, no??

Pero no, va a ser que no, y es que esto, amigos, es África y aquí uno nunca puede bajar la guardia como hicimos nosotros ya en el Land Cruiser, medio adormilados, mientras nos dirigíamos por la oscura carretera que une Entebbe con Kampala, soñando ya en el momento de pillar la cama por banda cuando, de repente, algo en el coche crujió, este se ladeo y empezamos a arrastrar por la calzada la llanta izquierda al mismo tiempo que iban saltando piezas hacia la mediana y se levantaba una enorme polvareda que oscurecía más todo nuestro alrededor: – No me jodas, en serio??

Por suerte Meddie logró controlar el coche a tiempo y ponerlo en un lado de la carretera pero la hora y media de después intentando arreglar la jugada, hechos trizas y con los mosquitos poniéndose las botas con nosotros no nos la quita nadie.

Y es que como he dicho antes: esto es África amigos y mañana, vamos a empezar a descubrirla un poco más.

16 de agosto de 2019

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Buenos días Kampala!

Salir de Kampala fue un auténtico caos.

Habíamos oído hablar de sus horas punta y de que para recorrer un kilómetro puedes llegar a estar más de una hora pero todo lo que nos habíamos imaginado se quedaba corto con el cristo que había liado y es que las filas de coches multiplicaban por dos y por tres los carriles de la calzada y los metros se iban ganando centímetro a centímetro, como si de una guerra se tratase.

Habíamos abandonado nuestro hotel poco antes de las 8 de la mañana, justo después de conocer a Nicolás, el que será nuestro guía-traductor durante los días que estaremos en Uganda y de que Meddie apareciera con el 4×4 ya completamente reparado (la verdad no tengo ni idea de cuando habrá dormido pero el tío ha sido más puntual que un reloj) y sin mucho tiempo que perder nos habíamos puesto en marcha, pues hoy teníamos uno de los traslados más largos de nuestra ruta por el país, con el añadido que os comentaba al principio: un kilómetro en Kampala puede ser como 100 fuera de ella.

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Este Land Cruiser iba a ser nuestro medio de transporte los próximos 9 días!

Además teníamos que ir a cambiar algo de dinero con lo que aún le teníamos que añadir más trayecto por la ciudad del estrictamente necesario así que armados de paciencia, y con la frescura de los recién llegados, fuimos saliendo poco a poco del embolado hasta que, de repente, como pasa todo aquí en África, los coches desaparecieron y en el horizonte empezó a otearse el verde de las colinas que rodean la ciudad: ahora si, estábamos en marcha.

Por el camino nos encontramos con unos paisajes muy parecidos a los que descubrimos el año pasado en Kenya, con vastos horizontes salpicados de los curiosos candelabros, omnipresentes en esta parte del país, así como las kigelias africanas, también conocido como árbol salchichón debido los frutos alargados que cuelgan de sus ramas y que, como aprendimos el año pasado, son uno de los alimentos favoritos de los elefantes.

Y luego están los termiteros, claro, como no podía ser de otra manera: enormes catedrales rojizas que están por todos lados, formadas por las termitas y que pueden llegar a medir más de diez metros de alto, siendo uno de los elementos clave de los paisajes africanos.

Por fin estábamos en ruta después de más de 8 meses preparando el viaje, por fin veíamos desfilar ante nosotros la majestuosidad de este continente y a pesar del cansancio, solo podíamos que desear llegar cuanto antes a nuestra primera parada del viaje, una parada que ojalá no tuviera que existir pero que, por desgracia, actualmente, en Uganda, es muy pero que muy necesaria.

Que cual era?

Pues nuestra primera parada de este viaje iba a ser, pocos kilómetros al sur del Parque Nacional de Murchison Falls, el Santuario de Rinocerontes de Ziwa, el único lugar del país en donde puedes ver, actualmente, a estos majestuosos animales cuando, anteriormente, campaban a sus anchas.

Pero claro, ya sabes como va esta historia: así es la humanidad, todo lo que tocamos, nos lo cargamos.

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Primera Parada: Ziwa Rinho Sanctuary, la última esperanza para el rinoceronte en Uganda

Y es que fue en el año 1983 cuando se dio por extinguido, definitivamente, el rinoceronte en Uganda.

La caza furtiva, junto con la eliminación progresiva de su hábitat, así como los distintos conflictos armados que se habían dado y se daban a lo largo y ancho del país habían terminado por completo con una especie que tiene en su cuerno su mayor condena y es que es el principal motivo por el que se están extinguiendo en todo el mundo: se cree (absurdamente, claro) que tiene propiedades afrodisíacas y medicinales y su kilo, en el mercado negro, se paga a 65.000$, sobretodo en Asia.

Por suerte, en el año 1997 se creo la ONG Rhino Fund Uganda, cuya principal intención era la de poder reintroducir a estos animales en el país y fue precisamente por ese motivo que se estableció, en una concesión de 7000 hectáreas de sabana boscosa, el santuario de Rinocerontes de Ziwa.

Se tuvo que esperar casi una década, por eso, hasta que llegaron los primeros ejemplares, concretamente fue en los años 2005 y 2006 cuando 6 rinocerontes blancos provenientes de Kenia y del Disney’s Animal Kingdom de Florida fueron introducidos en la reserva con la intención de que pudieran reproducirse, algo por la que aún se tuvo que esperar unos años más hasta que, en 2009, nació Obama, un joven macho al que se le puso este nombre ya que su madre venía de Estados Unidos y su padre de Kenia, como el ex-presidente americano.

Esta era la primera vez que nacía un rinoceronte en Uganda en 40 años y, por suerte, luego vinieron muchos más: hoy son 35 los rinocerontes que pasean por Ziwa y, si todo va según lo previsto, en breve se empezarán a re-introducir en otros Parques del país con la intención de que la especie crezca y vuelva a ocupar su lugar en Uganda.

Nosotros llegamos a Ziwa sobre la 13:00 del mediodía, justo cuando todo el mundo ya había salido de la reserva para comer, con lo que recorrimos la pista forestal hasta llegar al punto de control completamente solos, sin cruzarnos con nadie exceptuando algún que otro gallo de guinea que ya se dejaban ver por allí y es que fue cruzar la puerta y ponernos ya en modo Safari completamente, afinando la vista, rastreando cada movimiento en la maleza, recordando aquello por lo que habíamos venido hasta allí: joder que subidón!

Una vez en la cabecera recogimos a Maurice, el guarda que nos iba a acompañar durante nuestro tracking en busca de estos gigantes y que, mientras nos acercábamos al punto por donde quería empezar con la busqueda, nos iba dando algunas indicaciones de sobre como teníamos que actuar una vez nos bajáramos del coche: silencio absoluto, siempre andar en fila india, nunca mostrar una actitud amenazante y en el caso de que algún Rinho se pusiera agresivo (pueden ser muy territoriales), escondernos detrás de un árbol, y es que tienen una vista muy mala con lo que de esta manera, en principio, no nos podrían distinguir.

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Aquí tenemos a los 35 habitantes de Ziwa!

Y en peor de los casos, si la cosa se pone fea de verdad y aquí el amigo viene a por nosotros, subirnos al mismo árbol en donde nos hemos escondido, con cuidado, eso si, de que arriba no hayan ni serpientes, que las hay, ni leopardos, que también.

Muy alentador, verdad?

Así que de esta manera, uno detrás de otro y en silencio, empezamos a andar, un poco acojonados, no lo voy a negar, hasta que pronto nos empezamos a encontrar con las primeras señales de que íbamos por buen camino, como pisadas, marcas para señalizar su territorio y, lo más curioso, sus váteres y es que estos grandullones, aquí donde los veis, siempre hacen sus necesidades en el mismo lugar, no sea que ensucien más de la cuenta.

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Nuestro coche se queda atrás…

Eso si, la tensión era máxima y es que cada crujido, por pequeño que sea, conlleva un vuelco al corazón y es que al tratarse de una sabana boscosa, a menudo no ves más allá de los 6 o 7 metros y no sabes que narices habrá detrás de ese matorral que te dispones a cruzar.

Con todo, íbamos avanzando hacia algún lugar indeterminado, siguiendo a Maurice, hasta que, en una de estas, nos dio el alto y nos indicó que no nos moviéramos, un Rhino andaba cerca.

Obviamente nosotros no teníamos ni puta idea de lo que hablaba y es que si fuera por mi hubiéramos seguido andando por el bosque, como si nada, incluso silbando y menos mal que no fue así y es que dicho y hecho: de repente, de entre la espesura, una enorme cabeza de rinoceronte blanco asomó, como si nada, a pocos metros de nosotros.

La verdad es que te quedas de piedra completamente, la pulsación se acelera y no sabes muy bien que hacer ni hacia donde ir: hago una foto? Estoy bien o me alejo un poco? Rio? Lloro? Me cago encima?

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Y es que en verdad estás vendido y es que si lo piensas fríamente, estás en medio del continente africano, al que acabas de llegar no hace ni 24 horas, con un tío al que no conoces de nada y con un bicharraco de más de 2.000 kilos que te haría papilla con un solo movimiento de cabeza a menos de 5 metros de ti.

Y a pesar de eso, no quieres estar en ningún otro lugar en el mundo.

Solo aquí y ahora.

Y eso que no teníamos ni idea de lo que descansaba a apenas unos pocos pasos de nosotros.

Y es que mientras todos poníamos atención en el macho que había aparecido de entre la maleza, algo, por suerte, había llamado la atención de Maurice justo detrás de este con lo que, muy sigilosamente, nos hizo avanzar, sin perder de vista a nuestro amigui y fue entonces cuando, detrás de un árbol, más cerca nuestro que el macho que se había llevado hasta el momento todas nuestras miradas, descansaban ni más ni menos que 4 enormes rinocerontes a los que les hubiéramos pisado la cola a no ser por el genio de nuestro rastreador, hecho que nos hubiera acarreado entonces si un problema, y gordo, porque nos hubiéramos visto atrapados entre ellos y el macho, que ahora quedaba a nuestra espalda.

Pero por suerte no fue así y nos pudimos colocar estratégicamente entre unos arbustos que nos daban una visión perfecta de los 5 animales, que al poco de darse cuenta de nuestra presencia se levantaron, y después de algún que otro bufido de fastidio y desaprobación, siguieron pastando tranquilamente, pasando olímpicamente de los dos guiris que les sacaban fotos sin parar y que no podían, por mucho que lo intentaran, quitarse esa cara de tontos que se les había quedado al verles y es que esto es la magia que atrapa de África, momentos como este, que hacen que todo lo que ha costado llegar hasta aquí, valga la pena.

Habíamos visto rinocerontes el año pasado en el Lago Nakuru, y yo, anteriormente ya los había visto en Chitwan, en Nepal e incluso en la Reserva Natural de Bandia, en Senegal, pero esto, esto era otra historia: este si que era el pistoletazo de salida de nuestro viaje por Uganda, y menudo comienzo.

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Esto promete!!

Seguimos???

Próxima parada: el Parque Nacional de Murchison Falls…Casi nada…

6 pensamientos

      1. Bueno, nosotros disfrutamos viendo estas cosas 😊 teníamos planeado ir a uganda en un principio y luego cambiamos por tanzania 🤷🏻‍♂️ rinos solo vimos uno 🤷🏻‍♂️ y a lo lejos 🤦🏻‍♂️ y vosotros ahí pegaditos a un montón 🥰

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