24 de abril de 2019

Dejar un lugar como el archipiélago de Guna Yala no es fácil.

Nada fácil.

Es irremediable preguntarse si hemos hecho bien estando solo dos días, aunque en verdad eso es algo que nosotros no decidimos: solo vuelan avionetas 3 veces por semana desde Ciudad de Panamá hasta Ukupseni, con lo que era o 2 noches o ya cuatro las que nos teníamos que quedar allí y ya los días se nos iban: Panamá está lleno de lugares que queremos ver.

Eso si, volveremos. Estoy seguro.

De esta manera, cargados de nostalgia hasta las cejas y en silencio, nos hemos levantado que aún el la noche caía sobre las aguas del Mar Caribe, hemos terminado nuestras mochilas (algo que odiamos, la verdad) y con las primeras luces del alba nos hemos acercado hacia el comedor para despedirnos del personal de Yandup para que, después de un breve desayuno, Domi nos llevara de nuevo al aeródromo a esperar la llegada de nuestra avioneta y que, de esta manera, empezara la maratón de hoy que nos tenía que llevar hasta Santa Catalina, en el Océano Pacifico, después de dos trayectos en avión y 230 kilómetros en coche de alquiler.

Y la verdad es que la cosa empezaba emocionante cuando hemos visto aparecer de entre la espesura de la jungla nuestra avioneta, más pequeña y más vieja aún que la que nos trajo hasta aquí, y que ha tenido como punto culminante el momento del despegue, cuando la puerta del piloto se ha abierto y este ha tenido que levantar el vuelo con una mano en los mandos y otra en su puerta, que no había manera de cerrar.

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Hasta la vista Guna Yala!

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Así que con estas empezábamos, aunque he de reconocer que el posterior vuelo ha sido tranquilo, y hemos aterrizado en el aeropuerto de Albrook sin novedades en el frente y a la hora prevista, igual que el que nos ha llevado, acto seguido, hasta el Aeropuerto Enrique Malek de David, ya en la provincia de Chiriquí.

Con todo, apenas eran la 13:00 recién tocadas cuando nos subíamos al Hyundai Elantra que habíamos alquilado para este periplo de tres días en los que íbamos a visitar dos puntos culminantes del pacifico panameño como lo son la Isla de Coiba primero y el Parque Nacional Marino del Golfo de Chiriquí después.

Pero para eso aún nos teníamos que zampar más de 230 kilómetros de carretera panamericana hasta la localidad de Santa Catalina, la puerta de acceso a este paraíso natural llamado Parque Nacional Isla de Coiba, conocida, también, como la Galápagos de Centroamérica.

Esta isla, o islas mejor dicho, ya que la forman varias decenas de islas e islotes, están situadas a unos 20 kilómetros del litoral panameño, y son una especie de mundo aparte, un mundo perdido, con una fauna y unos ecosistemas únicos que solo se encuentran en ellas. Es como una isla atrapada en el tiempo, pero a poco más de una hora en lancha desde Santa Catalina. Precisamente, si a conseguido este aislamiento es, en parte, por una prisión que se construyó en ella y que hizo que visitar la isla estuviera prohibido durante más de un siglo, dándole, además, ese aire de misterio que la envuelve y que la hace, si cabe, más fascinante.

Aunque si hay algo realmente fascinante no es lo que ya no está en la isla, sino lo que si que está: 8 especies de ecosistemas distintos, 169 especies de aves, algunas endémicas como el curitié de coiba, 40 especies diferentes de mamíferos, entre ellas dos que solo se encuentran en ella: el agutí de Coiba y el mono aullador de Coiba, 17 especies de cocodrilos, tortugas y lagartos y 15 especies diferentes de serpientes, como la boa constrictor, la coral o la venenosísima víbora cabeza de lanza.

Y ojo, todo eso en tierra firme, pero es que debajo de la superficie es igual o más espectacular si cabe: Tiburones de punta blanca, tiburones ballenas, tiburones toro, tiburones tigre, tiburones martillo o tiburones punta negra son algunos de los que se pueden ver. La mayoría de especies de tortugas marinas habitan sus aguas: tortugas loro, tortugas verdes, tortugas laud, tortugas golfas y tortugas carey, así como también muchas clases de delfín y de ballena, como las ballenas jorobadas, las orcas o los cachalotes, estos últimos, eso si, muy difíciles de ver.

Como veis estamos hablando de un paraíso para los amantes de la vida salvaje y que, por suerte, apenas cuenta con infraestructura en la isla, más que las oficinas del Parque Nacional.

Con este panorama, obviamente, Coiba tenía que ser, si o si, una parada en nuestro viaje y con estas entrábamos al bonito y tranquilo pueblo de Santa Catalina, casi ya al atardecer, y nos dirigíamos de cabeza hacia nuestro alojamiento para la noche de hoy, el Bamboo Eco-Lodge, situado a las afueras del pueblo, y que nos daba una agradable sorpresa en forma de preciosas cabañas de Bambú (de ahí su nombre, claro) que prometían una agradable noche entre naturaleza casi salvaje y de una cálida bienvenida por parte de nuestros anfitriones, que nos contaban todo lo necesario antes de que dejáramos los bártulos y nos fuéramos hacia el pueblo para ver que se cocía en él.

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Nuestra casa por una noche…

Y la verdad, que nos encantó.

Y es que Santa Catalina nos recibió con un ambiente desenfadado, ajeno al tiempo, de casa bajas rodeadas de vegetación, donde la gente pasaba la tarde en pequeños grupos., sentados en los margenes del camino y recordando las batallas del día y todos, absolutamente todos, con una sonrisa dibujada en la cara. Uno de esos sitios en los que uno se siente a gusto con solo poner un pie en él, de esos en los que a los minutos de llegar ya sabes que la has clavado, que es aquí donde tenías que estar.

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Me recordaba, salvando las distancias, el Puerto Viejo de Talamanca que conocí hace ya 15 años, en la vecina Costa Rica, atraído por los relatos de Ariadna en el Pura Vida de Mendiluce: lugares en los que uno se podría imaginar viviendo, un tiempo al menos, dejando de lado todo lo que nos une en la otra orilla del mar.

Con todo, después de pasarnos por el local de Expediciones Coiba, con los que iríamos al día siguiente a descubrir el Parque Nacional, nuestro día, ese que había empezado ya hace muchas horas en el Mar Caribe, poco a poco, iba llegando a su fin con lo que desfilamos, Panamá en mano, hacia la playa de Santa Catalina, desde donde, según nos habían dicho, se podía ver uno de los mejores atardeceres de todo Panamá, con el Océano Pacifico encendiéndose mientras el sol se hundía en él y allí nos ves, sentados en la arena, con el lejano rumor de algún viejo equipo de música que soltaba reggae sin parar de fondo, mientras dejábamos ir un inconsciente -Ohhhh antes de que la noche ocupara su lugar.

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El día había terminado pero la aventura no había hecho más que empezar.

25 de abril de 2019

Y por fin, llegó la hora.

Habíamos pasado una noche de lujo, sobretodo cuando, de repente, apagamos las luces de nuestra cabaña y vimos, encima nuestro, un espectáculo mágico en el que decenas de luciérnagas prendidas se iban moviendo de un lugar a otro, como si de estrellas fugaces se tratara, algo sorprendente y que hizo que nos quedáramos embobados durante un buen rato, solo oyendo los sonidos del bosque que nos rodeaba y viendo esos bichitos encendidos como linternas revolotear por encima de nuestras cabezas.

Si ya habíamos vivido la magia de Santa Catalina al atardecer, esto solo nos hacía que corroborar que este no era un lugar cualquiera y que, una vez más, haríamos corto pero, sin tiempo que perder, después de un delicioso desayuno y de despedirnos de nuestros anfitriones, nos poníamos en marcha para acercarnos hasta el local de Expediciones Coiba desde donde salíamos, junto con nuestro pequeño grupo, formado por una pareja de franceses y un matrimonio de alemanes, hasta la cercana playa en donde nos esperaba el que iba a ser nuestro capitán durante el día de hoy y, lo más importante, su lancha.

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Una hora se tarda aproximadamente con el gas a fondo desde que se abandona el puerto natural que se forma en Santa Catalina hasta llegar a las aguas del Parque Nacional y en ellas, nuestra primera parada iba a ser una de los islotes más conocidos de todos los que lo forman: Granito de Oro.

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A medida que uno se acerca, delante suyo se va descubriendo un paisaje de ensueño, con media isla completamente ocupada por un denso bosque y la otra media por una playa de finísima arena blanca y rodeada de aguas prístinas que con el reflejo de la luz del sol, que a pesar de ser pronto, ya pega duro, van adquiriendo distintas tonalidades creando un cuadro con el que todos hemos soñado y que era precisamente lo que veníamos buscando al acercarnos hasta aquí.

Además, al haber salido de los primeros de Santa Catalina, todo Granito de Oro era única y exclusivamente para nosotros y nadie más hecho que le daba, aún más, ese aire de Mundo Perdido que tanto nos gusta.

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Con todo, si Granito de Oro es precioso por encima del nivel del mar, por debajo de este, no deja de ser uno de los mejores lugares para disfrutar de la abundante fauna marina que habita estas aguas y en donde las tortugas y los tiburones son sus grandes estrellas así que con esto en la cabeza, después de un pequeño briefing, cogimos nuestra mascara y las aletas y hacia dentro que nos metimos sin saber que nos esperaba una sorpresa no muy agradable y que iba a condicionar , irremediablemente, el resto del día: Las Medusas.

Y es que a pesar de que ya debería estar lloviendo por estas fechas, no lo está haciendo y eso conlleva que las corrientes llevan hasta algunos lugares del Parque Nacional a centenares y centenares de diminutas medusas (de las cuales se alimentan las tortugas, ojo) de varias especies que hacen de tu estancia en el agua un autentico suplicio.

Nosotros nos topamos con dos especies de medusas básicamente, una era como una pequeña bolsita transparente, casi invisible, que bueno, te tocaba y te daba como un pequeño calambre pero nada del otro mundo, muy soportable, parecido a las que nos encontramos en las aguas de Pulau Tioman, en Malasia, y que no impide, para nada, que disfrutes del sus fondos marinos, simplemente molesta y ya está, pero luego hay otra, hilo rico le llaman aquí, que la madre que la parió: es como un hilito, de ahí su nombre, también transparente pero con unos granitos de color granate en su centro que ayudan a que la veas y que te mete unas ostias si te toca que te quedas tieso, joder con lo pequeñito que se ve y lo que llega a doler. Además, al tener esa forma de hilo, tiende a engancharse si te toca con lo que te la llevas puesta. A mi se me enganchó en las orejas, en la boca, en los brazos, y salí del agua que parecía que me hubieran pegado una buena paliza pero mucha gente, después de un par de minutos en el agua, directamente salió y no se volvió a meter.

Y la verdad, eso es un pecado.

Porque sabéis lo que es meterse en el agua, entre calambrazos, vale si, pero dar, nada, 10 pasos y empezar a ver tortugas y más tortugas nadando a tu alrededor?? No me lo podía creer pero así era, uno, dos, tres, cuatro, cinco. Mirara donde mirara aparecían y es que claro, tenían allí un autentico banquete aunque según nos contaba nuestro guía, eso, allí, es normal. Lo de las tortugas, eh. Lo de las medusas para nada es tan usual y de echo, hacía tiempo que no se encontraban en tanta cantidad.

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Con todo, y después de un buen rato en el agua donde los únicos que aguantamos fuimos yo y una francesa igual de tarada que aquí un servidor, y dando por imposible después de un par de intentonas de llegar al lugar donde se suelen encontrar los tiburones de punta blanca, decidimos, muy acertadamente, la verdad, y a pesar de que no estaba en el guión (como tampoco lo estaban las medusas, claro), cambiarnos de lugar e ir en busca de otro sitio donde, en teoría, las corrientes no tendrían que atraer tanto a estas molestas invitadas.

Y en verdad así fue, aunque también hemos de decir que en ese punto el agua estaba mucho más movida con lo que después de un buen rato, donde se dejó ver alguna que otra tortuga y poco más (nada de tiburones, que es precisamente lo que íbamos a ver allí) decidimos dejar el agua por un rato y acercarnos a Isla Ranchería, también conocida como Coibita o lo que nosotros vendríamos a conocer como el fucking Paradise.

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Y es que es llegar y a uno, irremediablemente, se le cae la baba al ver esa enorme playa de aguas turquesas y de arena blanca como la sal, cerrada por una muralla a simple vista infranqueable de verde selva y todo de cocoteros diseminados por ello bajo los que guarecerse, una vez comprobado, claro, de que no hay peligro de que ningún coco te abra el melón, del sol que cae a plomo en esta parte del océano pacifico.

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La verdad es que se trata de un lugar ideal, de esos que a uno se le quedan guardados en la memoria, pero que, sin embargo, también esconde sus peligros y es que, sin ir más lejos, el paso a la pequeña laguna que hay a escondida entre la vegetación, detrás de la playa, a escasos metros de donde nos paramos a comer y que tiene un aire total de Apocalypse Now, esta prohibido porque en ella habitan cocodrilos que te podrían arrancar la pierna de cuajo sin tu ni siquiera haberte dado cuenta de que estaban allí con lo que mejor quedarse en la paradisíaca playa, descansar, y con las pilas a tope, seguir para la última parada del día que todo lo bueno, por desgracia, se acaba.

Aunque antes de ello, teníamos una sorpresa preparada.

Fue cuando nos dirigíamos hacia el último punto de Snorkel del día que, de repente, nuestro patrón, algo vio.

La verdad es que de buenas a primeras fue el único pero que algo había nadie lo dudaba porque tuvimos trabajo en agarrarnos para no caernos con el giro de 90 grados que dio de repente y así, sin más, ante la estupefacción de todos, detuvo el bote.

Y allí estaban.

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De repente, nos vimos rodeados por un grupo de no se, 20, 30, 40 delfines, era imposible saber con exactitud cuantos, que saltaban del agua mientras se daban un festín de algún banco de peces que se cruzó en su camino, junto con un nombroso grupo también de atunes amarillos, que veías saltar entre los delfines, en busca, también de su ración.

La verdad es que fue un MOMENTAZO, así, en mayúsculas, y es que los teníamos a tocar, a escasos dos o tres metros y aunque ya habíamos visto delfines en otros lugares del mundo, creo que esta vez fue, sin duda, la más espectacular de todas, la verdad.

Y como decíamos, aún nos quedaba una última parada, esta en un jardín de coral que, por suerte, quedaba a salvo de las medusas con lo que aún pudimos tener nuestra última dosis de estos espectaculares fondos marinos y de sus muchos animales que en ellos habitan, con las omnipresentes tortugas, que te ibas encontrando posadas en los corales, como intentando pasar desapercibidas, crías de tiburones y centenares y centenares de peces de colores que forman este mundo que tanto nos gusta y que tan empeñados estamos en cargarnos, al parecer.

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Y después de esto, el trayecto de vuelta, todos, en el bote, en silencio, conscientes de que habíamos descubierto un lugar de esos que pocos quedan, un lugar que tenemos que mantener cueste lo que cueste y es que es la confirmación de que los paraísos, aún existen.

Y está en nuestras manos que siga siendo así…

Seguimos??

DATOS PRACTICOS

· Dónde dormir en Santa Catalina:

Cada vez hay más alojamientos en la idílica Santa Catalina aunque he de reconocer que creo que pocos de ellos se pueden comparar al que nosotros tuvimos la suerte de llegar: Eco-Lodge Bamboo.

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Como he contado en la entrada, se trata de un lugar precioso, a las afueras del pueblo y en donde se respira paz y tranquilidad por los cuatro costados.

Lo forman distintas cabañas de hechas 100% de bambú, abiertas por el tejado, hecho que hace que, por las noches, decenas de luciérnagas se iluminen al apagar la luz formando un espectáculo onírico.

Además, el chico y la chica que lo regentan son encantadores no, lo siguiente, y te ayudaran en todo lo que puedan, eso si, a ritmo panameño, que transmiten a todos los huéspedes, a pesar de ser él italiano y ella colombiana.

Un lugar 100% recomendable al que volvería una y mil veces y además a un precio más que competitivo: 45$ la cabaña para dos personas.

· Dónde comer en Santa Catalina:

Como solo estuvimos una noche, solo pudimos catar uno de los muchos lugares que hay en Santa Catalina para comer pero la clavamos: se trata de la Pizzería Jammin, un lugar encantador donde el buen rollo, la buena música y la buena comida es la tónica general.

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Además justo al lado hay una heladería donde sentarse bajo las estrellas de la noche panameña a saborear un helado artesano mientras suena la música.

· Tours al Parque Nacional Isla de Coiba:

Son varias las empresas que se dedican a realizar Tours desde Santa Catalina hasta Coiba y las hay para todo tipo de presupuestos, gustos e incluso idiomas. En verdad, uno de los principales atractivos está debajo de la superficie con lo que la estrella de este pequeño pueblo son las empresas que ofrecen inmersiones y excursiones para hacer snorkel aunque también se pueden encontrar otras para descubrir lo que esconde la densa selva del Parque Nacional e incluso visitar el Antiguo Penal, lleno de historia y de misterio.

Nosotros elegimos Expediciones Coiba porque los chicos de Furgo en Ruta nos lo recomendaron y la verdad es que acabamos encantados: Profesionales 100%, siempre dispuestos a ayudar, comprometidos con el entorno y, lo mejor de todo, nos lo pasamos en grande con ellos.

Además, se lo curraron mucho al intentar buscar zonas donde las medusas no hicieran de las suyas y consiguieron que lo que pintaba como un día horrible se convirtiera en la puta bomba.

Muy muy recomendable.

La excursión de todo el día con 3 puntos de snorkel (que al final fueron 4) y comida nos salió por 60$ + los 20$ de entrada al Parque Nacional.

Sin duda, volveremos.

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