25 de abril de 2018

Sabéis cuando os vais de un lugar y tenéis esa sensación de que os dejáis algo??

Era justo esa sensación la que nos envolvía, a Adri y a mi, en el momento en que el bote de Expediciones Coiba nos dejaba en la arena de la playa de Santa Catalina, después de haber pasado un día de ensueño en el archipiélago del Parque Nacional de Coiba y nos teníamos que ir, corriendo, hacia nuestro coche pues aún nos quedaban más de 3 horas de camino por delante para llegar a nuestro próximo destino: Boca Chica y su Parque Nacional del Golfo de Chiriquí.

Lo que nos dejábamos, concretamente, era el poder haber disfrutado unos días más en ese lugar tan mágico, desde la misma Santa Catalina, un lugar donde el tiempo se detiene y muchos de tus problemas cobran una importancia más que relativa, hasta el Parque Nacional de Coiba, claro, del que nos íbamos con la sensación de haber podido rascar solo, mínimamente, una pequeña parte de su superficie pero que tiene, de buen seguro, muchísimo más con lo que hacernos soñar. Es de estos lugares a los que sabes, de seguro, que vas a volver. Solo espero que, para entonces, siga siendo el mismo mundo perdido que es hoy. Y lo espero con todas mis fuerzas.

Así que de esta manera, con Santa Catalina y Coiba impregnados en la piel en forma de salitre, nos íbamos hasta uno de esos lugares a los que uno viaja por simples corazonadas, por sensaciones, ya sea después de leer alguna entrada de algún Blog de esos que ya nunca más vuelves a encontrar, o por haber visto alguna imagen en alguna revista que cayó, un día, en tus manos por casualidad o un lugar de esos que conoces por haber leído un libro que habla sobre él, y que ni siquiera sabes si es ficción o realidad.

En este caso, nos íbamos hacia el pequeño pueblo de Boca Chica, situado a unos 200 kilómetros de estrechas y sinuosas carreteras desde Santa Catalina, que cruzan suaves colinas teñidas de verde y pequeños pueblos donde la vida se vive a otra velocidad, y que sirve como puerta de entrada a lo que, según leí, es uno de los mejores tesoros escondidos de todo el litoral panameño: el Parque Nacional Marino del Golfo de Chiriquí.

Tal afirmación, por supuesto, no se podía dejar pasar con lo que desde que empezamos a preparar este viaje a Panamá empecé a indagar para ver bien bien que era eso, porque no salía prácticamente en ningún lugar y como era la mejor manera de visitarlo hasta que di con Elvis, un chico de Boca Chica que vive por y para el Parque Nacional y que, con mucho gusto, nos haría de guía para mostrarnos alguno de los secretos de este lugar formado por varias docenas de islas y islotes vírgenes en donde uno puede sentirse un naufrago de verdad y en donde, difícilmente, te cruzarás con más de diez personas en todo el día.

Así que con estas expectativas llegamos, ya de noche, a nuestro alojamiento en Boca Chica, el Roxy Fishing Club, un moderno establecimiento en forma de típico Motel americano donde nos recibía su propietaria con una sonrisa enorme y en donde dejábamos las mochilas tiradas en el suelo de la habitación para darnos una merecida ducha y quitarnos de encima toda la arena y la sal que llevábamos encima, que no era poca, os lo digo ya. Duchas de esas que saben a gloria, sabéis??

Además el Roxy tiene un restaurante en el edificio de al lado, con una terraza (con piscina incluida) donde mirar de aprovechar el (poco) aire fresco que se deja caer por aquí aunque sea negra noche ya, mientras te tomas una Panamá helada tras otra y calmas el hambre (las pizzas están riquísimas, avisados estáis) hasta que el cansancio gana y nos retiramos, en horario infantil, a descansar: mañana nos espera otro largo día de sol, salitre y mar. I love this game!

26 de abril de 2019

6:30 de la mañana y, otra vez, a ponerse en marcha.

Como ayer, y como antes de ayer, toca hacer mochilas de nuevo (aunque esta vez casi ni hemos tenido tiempo de deshacerla) y es que a las 8 de la mañana hemos quedado con Elvis para empezar el tour, con lo que antes tenemos que desayunar y dejar todos los trastos dentro del coche, que se quedará en el parking del hotel, ya que nos han dejado venir luego a pegarnos una ducha rápida y un bañito en la piscina antes de emprender el regreso a David, donde tenemos que devolver el coche de alquiler que hemos usado estos días para descubrir esta parte del pacifico de Panamá.

Boca Chica es un muy pequeño pueblo que vive, principalmente, de la pesca y ahora, cada vez más, del turismo. En sus calles se respira un ambiente relajado, sin lugar para la prisa, y a medida que bajamos hasta el embarcadero, solo nos cruzamos con sonrisas y buenos días, y es que sin duda, los panameños y su hospitalidad son otro de los activas valiosísimos de este país.

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Allí nos espera Macho, el padre de Elvis, y es que este ha tenido un contratiempo de última hora y no ha podido venir él con lo que será su padre quien nos hará de guía: lleva desde chico recorriéndose estas islas y conoce cada rincón, cada trozo de mar, cada granito de arena de ellas con lo que mejor mentor no podíamos tener y con él, su sobrino, que también vendrá hoy con nosotros para echarle un cable en lo que pueda necesitar.

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Para dejar Boca Chica, lo hacemos, una vez ya embarcados, a través de una manga de mar ubicada en el espacio que hay entre el pueblo y Boca Brava, una gran isla que hay justo enfrente y que hace de escudo natural para sus aguas, calmadas a más no poder, y que aprovechan muchos barcos para refugiarse durante las tormentas o simplemente para coger un poco de aire después de alguna larga travesía por el Pacifico.

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Nuestra primera parada, de las 3 que tenemos previstas para el día de hoy, será Isla Bolaños, ubicada a una media hora de navegación, por unas agua en las que, en temporada, es decir, entre julio y noviembre según nos comenta macho, se puede ver la cosa más linda que hay, en sus propias palabras: centenares de ballenas jorobadas eligen estas tranquilas y cálidas aguas para hacer un alto en su migración anual y se las puede ver, con el telón de fondo de estas islas, algo que, por desgracia, solo nos podremos, por ahora, imaginar.

Por suerte, lo que hay reservado para nosotros tampoco está nada pero que nada mal: Isla Bolaños se descubre delante nuestro como un paraíso salvaje y sin adulterar, un pequeña isla repleta de vegetación y que nos recibe con una playa completamente virgen en donde solo se ve corretear por sus margenes las iguanas verdes que habitan esta islas y que, en un abrir y cerrar de ojos ya se refugian por lo que pueda pasar: iguana precavida, vale por dos, dicen, no??

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La playa tendrá como un centenar de metros y está cerrada por acantilados de basalto que nos recuerdan el origen volcánico de todo esto. En un extremo, se abre un pequeño claro entre cocoteros por donde corre una fresca brisa que viene del bosque y que, he de reconocer, se agradece y es que aquí, cuando pica el sol, pica de verdad.

Fácilmente podemos transportarnos a esas novelas que leímos de niños (y de no tan niños), que hablaban de náufragos perdidos en una isla desierta, o de escondites de piratas y de tesoros enterrados mientras exploramos todos y cada uno de los rincones de esta isla que, al menos durante unas horas, es nuestra, y de nadie más.

Además, los muchos cocos que hay caídos en su orilla hacen que uno pueda calmar su sed y su hambre abriéndose los que gusten a su antojo a base de, eso si, una buena sudada y es que toca abrirlos, a no ser que llevéis un machete, a la vieja usanza, es decir, a base de darles golpes y más golpes contra alguna de las rocas que encontremos por allí. Pero vaya, que luego, un bañito y listo, si todos los problemas fueran esos, verdad??

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Con todo, tocaba seguir hasta nuestra segunda parada del día: Isla Gámez.

Esta isla es otro lugar de esos de ensueño, en la linea de la anterior, con la particularidad de que la playa en la que desembarcamos se encuentra en una especie de istmo en el que, a ambos lados, hay mar, y aunque en uno de ellos uno queda más expuesto al oleaje, las dos playas juntas, una opuesta a la otra, forman una postal magnifica, uno de esos lugares en que ves, me arrepiento de no viajar con un dron. Aunque a decir verdad, luego pienso en cargarlo en la mochila y el arrepentimiento desaparece de repente, las cosas como son.

Seguimos estando solos, únicamente nos hemos cruzado, cuando salíamos de Bolaños, con dos embarcaciones más que llevaban a un par de viajeros que, como nosotros, se habían acercado hasta aquí pero a los que hemos dejado atrás con lo que volvemos a ser dueños y señores de una isla virgen del océano pacifico y solo por eso ya vale la pena venirse hasta aquí. Aguas cristalinas (y calientes, con lo que las medusas, aunque alguna que otra si que hay, no te joden el tinglado como nos pasó ayer en Coiba), arena blanca como la sal, y un ligero oleaje a consecuencia de la brisa que sopla hacen de este lugar otro que apuntar en nuestra lista de paraísos visitados, y que hacen que cada vez se nos haga más difícil elegir por nuestro lugar en el mundo. Y es que hay tantos.

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Y nuestra estrategia, la misma que antes, a la que vemos que se acerca algún bote, nos largamos.

Esta vez, hacia la isla más grande de todas: Isla Parida.

Esta, a diferencia de las dos anteriores, si que está habitada, principalmente por pescadores aunque, una vez más, al llegar, estamos solos. Desembarcamos en Playa Lanza, una larga playa de unos 400 metros de longitud, cerrada por un primera linea de cocoteros que ya luego dan paso a un bosque en apariencia impenetrable, pero en el que los habitantes del lugar han trazado caminos para desplazarse de un lugar a otro, aunque si nos vas con uno de ellos, no es que sea muy buena idea utilizar.

En un extremo, por suerte para nosotros, hay una cabaña que hace de bar y restaurante, elevado unos metros sobre una colina, y en donde el chico que lo lleva nos sirve una cerveza fría tras otra que sienta divinamente y es que como siempre digo, el paraíso mola, pero el paraíso, con una birra en la mano, mola mucho más.

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Aquí uno come lo que hay, y hoy hay dos platos a elegir, o pollo o atún. Elegimos uno de cada y después de sorprendernos con lo buenos que están, llega el momento que estábamos esperando y es que quien no sueña con marcarse una siesta de campeonato debajo de un cocotero, después de comprobar, por supuesto, no estar bajo la linea de caída de ningún coco (parece broma pero es muy importante siempre vigilar. La avería que te puede hacer si se te cae uno de estos en la cabeza puede ser fatal) y en una playa desierta sin más sonido que las olas del mar, verdad??

La lastima de esto? Pues que dormido el tiempo pasa más rápido con lo que cuando nos damos cuenta ya va siendo la hora de volver y es que aún nos queda hoy también un largo camino por delante.

Eso si, nos vamos con las sensación de haber descubierto un tesoro escondido, al alcance, por ahora, de pocos, uno de esos lugares que crean afición, sin trillar, sin lanchas en todas direcciones, sin gente chillando, ni haciendo cola para sacarse una foto. Un paraíso perdido y que hemos convertido, aunque sea por unas horas, en nuestro paraíso particular.

Y de esta manera, cada vez, Panamá nos gusta más.

Seguimos???

DATOS PRACTICOS

· Dónde dormir en Boca Chica: A pesar de que Boca Chica no es, ni mucho menos, un gran enclave turístico, dispone de varios hoteles donde el viajero puede hacer noche antes de ponerse a descubrir alguna de las fabulosas islas que encontramos en el Golfo de Chiriquí.

Nosotros, nos decantamos por el Roxy Fishing Club, situado en la misma calle que da al embarcadero, y que cuenta con unas modernas y cuidadas instalaciones en forma de Motel, con dos pisos de habitaciones que dan a un patio, detrás del cual se encuentra la piscina y el restaurante.

La verdad es que superó nuestras expectativas y estuvimos muy cómodos el poco tiempo que estuvimos en él. Además el hecho de que nos dejaran usar, a la vuelta del Tour por el Golfo de Chiriquí, tanto las duchas como la piscina es algo de agradecer, y es que aún teníamos un trecho hasta llegar a nuestra próxima parada en Bajo Boquete.

Habitación doble con aire acondicionado por 49,90$. Recomendable.

· Dónde comer en Boca Chica: En el pueblo hay alguna Fonda sencilla donde comer pero por suerte todo aún se mantiene bastante virgen y alejado del turismo de masas con lo que no esperéis restaurantes japoneses o tiendas de batidos Fit.

Nosotros, al llegar tarde, ya que veníamos de Santa Catalina, decidimos cenar en el restaurante del mismo hotel y la verdad que comimos de lujo y aunque nos decidimos por algo rápido ya que estábamos muertos de cansancio (Pizza para Adri y una Hamburguesa para mi), puedes comer de desde langosta a pescado fresco e incluso filetes de res y, por lo que pudimos ver, con una pinta estupenda.

Durante el Tour, la última isla que se visita es Isla Parida y allí si que se encuentra un lugar en el que comer: comes lo que tienen, que ese día era pollo a la plancha y atún recién salido del mar y la verdad que, tanto uno como el otro, estaban mucho más buenos de lo que nos pensábamos por la apariencia del lugar. Además todo acompañado con un arroz con verduras y una ensalada que te dejaba listo para sentencia.

El plato de pollo 12$ y el de atún 15$. Nada mal para estar comiendo con vistas al paraíso.

Y ojo, cerveza fría, fría, amigo. Deluxe.

· Tour por el Parque Nacional Marino del Golfo de Chiriquí: Cuando, por casualidad, descubrí de la existencia del Golfo de Chiriquí, tuve claro que era un lugar al que debíamos ir en nuestro viaje a Panamá con lo que empecé a buscar información por Internet y en RRSS y me topé con un chico, Elvis, muy activo en Instagram, que organizaba toda clase de Tours por algunas de las Islas que forman el Parque Nacional.

Rápidamente me puse en contacto con él por WhatsApp y empezamos a organizar todo para el día de nuestra llegada y, la verdad, es que más contentos no podemos estar. Todo fue genial de principio a fin y la posibilidad de montar el Tour a nuestro antojo es algo que se agradece de verdad.

Básicamente teníamos dos posibilidades, o compartir tour con más gente o realizar uno privado solo nosotros dos. Nosotros no nos opusimos a que, si había más gente interesada, fuéramos todos juntos aunque la verdad es que, en un lugar como este, el ir solo es garantizarse poder sentirse un naufrago por estas islas vírgenes con lo que, a toro pasado, aplaudimos que finalmente no saliera nadie más (era entre semana, en fin de semana seguro que habrá más gente para compartir el tour, sobretodo panameños).

El precio del Tour de las 3 Islas es de 150$ la embarcación para todo el día. Y os aseguro que son unos de los 150$ mejor pagados de este viaje a Panamá.

Os dejo aquí su teléfono para que contactéis con él: +507 68167407 (Elvis)

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