29 de abril del 2019

Cualquiera diría que estábamos yendo hacia nuestro ansiado retiro de Sol y Playa en Panamá, pero si, así era.

De hecho hacía ya varias horas que la cosa no cuadraba mucho, concretamente desde que, hacia eso de las 7 de la mañana, había empezado a llover como si el mundo se fuera a terminar y las calles de Bocas del Toro se habían convertido en pequeños ríos en los que tenías que ir saltando charcos y poniéndote a cubierto de tejado en tejado para no acabar totalmente empapado aunque, llegado a cierto punto, ya hasta eso daba igual.

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Por eso ahora, intentando verme desde lejos, en este bote, rodeado de enormes olas y navegando entre manglares para esquivar el temporal, si me dices que estábamos yendo hacia el lugar elegido para terminar nuestra aventura en Panamá y en el que íbamos a pasar los próximos 5 días en cabañas encima del mar te diría que te acostases, que eso no podía ser verdad. Pero lo era. Vaya si lo era.

Nos estábamos dirigiendo, bajo un increíble chaparrón, hasta la vecina Isla de Bastimentos, concretamente hacia el sur de esta, hacia Punta Vieja, donde se encontraba el que estaba llamado a ser nuestro paraíso de ensueño de este final de viaje, ese lugar que siempre elegimos para terminar y en el que cambiamos el ritmo frenético que llevamos durante los primeros días de cualquier viaje por el simple hecho de disfrutar de no hacer nada. Y es que no hacer nada también es viajar.

Habíamos elegido Bastimentos porque era el lugar que mejor cuadraba con lo que buscábamos para estos últimos días de relax y es que, a diferencia de su vecina Isla de Colón, de donde veníamos, Bastimentos sigue siendo un remanso salvaje de paz, sin carreteras ni grandes núcleos urbanos, solo algunos pequeños asentamientos criollos y porque además es el eje del Parque Nacional Marino de la Isla de Bastimentos, que a parte de proteger más de 130 islas e islotes del archipiélago de Bocas del Toro, entre ellos los famosos Cayos Zapatillas, también protege la parte de central de esta enorme isla, hábitat de perezosos, caimanes, cocodrilos y monos entre mucha otra fauna.

Por eso, y porque habíamos encontrado un lugar del que, nada más verlo, nos enamoramos: el Al Natural Resort.

Claro que poco tenía que ver las fotos que habíamos visto por Internet con la silueta que ahora mismo se recortaba en la popa de nuestra embarcación, y es que la tormenta limitaba la visibilidad a apenas un centenar de metros y lo poco que se veía se parecía más a las entrañas del mismo infierno que a cualquier paraíso tropical.

Pero fue llegar, y la cosa cambió.

A pesar de la lluvia, estábamos donde teníamos que estar.

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Imaginaros un tramo de costa en donde la implacable naturaleza, en forma de densa jungla esta vez, se abre paso hasta caer, literalmente, encima del mar.

Entre esta naturaleza, 7 cabañas de madera, abiertas todas ellas al Mar Caribe en una plataforma que emerge, literalmente, de él, fabricadas usando la arquitectura tradicional ngöbe-buglé y lo suficientemente separadas la una de la otra como para tener la sensación de que estas completamente solo en una isla desierta.

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A tu alrededor, y visibles perfectamente desde tu cabaña al no tener esta paredes, incluso desde tu cama, se pueden ver osos perezosos, caimanes, monos de cara blanca, y demás animales que habitan esta jungla, porque lo que tienes detrás tuyo es eso, una densa jungla que te bombardea constantemente con sonidos distintos, que tu oído no llega a descifrar.

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En las cabañas no hay wifi, de hecho ni siquiera cobertura hay, la electricidad proviene de paneles solares que dan para iluminar la estancia y nada más y cuentan con un pequeño baño, con una ducha abierta al exterior y una taza de water con una puerta lateral que puedes abrir y cagar viendo el Mar Caribe bajo tus pies (con esto me ganaron por completo, lo reconozco).

Y lo mejor de todo, la parte que da al Mar.

Aquí no hay ni paredes ni nada, solo una gran plataforma con una hamaca y una tumbona, bajo las cuales rompen las olas del mar y en los que uno se podría pasar horas y horas sin nada más en lo que pensar.

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Y para la vida social, que a veces también es necesaria, una gran cabaña de dos pisos en donde se encuentra, abajo, el comedor, con una gran mesa alrededor de la cual se sientan todos los huéspedes del lugar para comer a la vez y arriba, un mirador abierto con varias hamacas colgadas donde uno puede tumbarse y ver la vida pasar mientras recibe la visita de fauna diversa.

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A la 13:00 se come, a las 19:00 se bebe y a las 20:00 se cena. Y el resto del día, pues que cada uno haga lo que le venga en gana, que para eso nos hemos venido hasta aquí, en el culo del mundo.

Por supuesto que se organizan excursiones a los alrededores pero, obviamente, con el tiempo que hace pocas ganas hay con lo que este primer día lo dedicamos a descubrir los alrededores de nuestra cabaña, a las puertas de la cual, a menos de dos metros, duerme plácidamente un osos perezoso de dos garras esperando que la noche caiga para ponerse a zampar y a jugar con el plancton que se enciende al caminar por el embarcadero, creando una lluvia de estrellas fugazes en el mar, sin duda la mejor despedida que uno podía tener en este lugar. Un paraíso sin sol, vale. Y con lluvia, vale. Pero amigos, esto es el puto paraíso. Y no hay nada más que hablar.

Y de esta manera, con la gran pregunta de si, mañana, dejará de llover para poder disfrutar, aún más, del lugar, nos vamos a dormir.

30 de abril del 2019

7:00 de la mañana.

Y no, no ha dejado de llover.

Y ya van 24 horas sin parar.

Si le miramos de buscar el lado bueno de las cosas, que no deja de ser nuestra responsabilidad al estar donde estamos, he de decir que vivir una tormenta de esta intensidad, en el Mar Caribe, es una experiencia en toda regla y es que aquí, cuando cae, cae de verdad: igual han sido no se, 2 o 3 horas las que hemos estado justo en el centro de la tormenta, 2 o 3 horas en las que parecía que el tiempo no pasara, viviendo en un tronar continuo, y con toda nuestra cabaña iluminada por completo mientras los rayos rasgaban el cielo de fuego. Eso si, dormir, lo que se dice dormir, no ha dormido ni dios.

Y a pesar de todo, este sitio me encanta, me atrapa. Imposible vivir en un contacto más directo con lo que te envuelve, con sus sonidos, con sus olores. Lo único que me da un poco de pereza es esa humedad pegajosa que todo lo impregna y que hace que, aunque la noche sea fresca, sudes igual, pero por fin, la oscuridad deja paso a un nuevo día, y los sonidos de la selva se vuelven a activar: toca cambio de guardia y todos esos animales que hacen su guerra de noche se refugian en sus guaridas para dejar paso a aquellos que viven bajo la luz del sol.

Y entre esos, estamos nosotros.

Muy a nuestro pesar, el tiempo sigue siendo una gran mierda y es que aunque ya no llueve con la intensidad que lo ha hecho durante esta madrugada, el cielo está completamente tapado y de vez en cuando, cuando quieres pensar que ya ha caído todo lo que tenía que caer y que ya parece que va a clarear, un nuevo chubasco, por corto que sea, te recuerda que hoy, igual que ayer, mejor te quedes por aquí cerquita porque mucha tregua no va a dar.

Así que con estas, nos acercamos al comedor donde ya nos espera la mesa preparada para servir un desayuno, como no podía ser de otra manera, descomunal: café humeante, tostadas, pancakes, huevos, enormes bandejas de riquísima fruta recién cortada, y todo, en ese marco incomparable con el Mar Caribe de fondo, mientras el olor de la selva mojada impregna todo a su alrededor.

De esta manera, el día, aquí puede llegar a ser desesperante y es que somos conscientes del lugar en el que estamos, de lo que nos ha costado llegar hasta aquí, y de que quien sabe cuando podremos volver, o si volveremos, mejor dicho, y no puedes alejarte de tu cabaña más de 10 minutos porque sabes que, en cuanto te alejes, caerá.

Y es que muy a nuestro pesar esto también es parte del juego. De un juego que nosotros aceptamos vivir y que tiene muchas pero muchas cosas buenas, que nos llena de vida, de momentos que luego vamos a recordad con una sonrisa en la cara pero también hay, aunque por suerte sean mucho menos, momentos así, en que la suerte no acompaña, en que el destino, esta vez, no está escrito a tu favor.

Y que podemos hacer a eso, mirar de relativizar, ser positivos y disfrutar de lo poco que podamos: que si un paseo en kayak en alguno de esos respiros que la lluvia te da, estar pendientes de a que hora llega el Oso Pérez (un perezoso de dos garras que por las tardes viene hasta las puertas de nuestra cabaña), dar algún que otro paseo por los alrededores a ver si vemos algún otro animal…

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Y así, de esta manera, en medio de la desesperación y de la lluvia, poco a poco, las horas van pasando y solo nos queda, un día más, esperar que, mañana, por fin, podamos disfrutar plenamente de este hermoso lugar.

Desearnos suerte.

1 de mayo del 2019

Pero va a ser que no.

Y aunque si que es cierto que, a las 6:00 de la mañana, con las primeras luces del alba, el cielo vestía, en parte, de azul, solo han hecho falta un par de horas para que empezara, una vez más, a diluviar.

Y ya era el tercer día.

Y yo no podía quedarme un día más encerrado en mi cabaña, por muy encima del Mar Caribe que esta esté y por muchos animalitos que se vean desde ella así que, junto con una pareja franco-chilena que llegó el mismo día que nosotros y que estaban, más o menos, en el mismo nivel de desesperación hemos tomado la firme decisión de que le dieran por culo al tiempo: aunque no haya ni un metro de sol y siga lloviendo, hoy, nos vamos a mover.

A Salt Creek en busca de la Rana Roja

Por desgracia, nuestra primera opción, que era ir en bote hasta los cercanos Cayos Zapatillas, quedaba descartada cuando el capitán de la embarcación que nos tenía que llevar hasta allí ha dicho que nos acostáramos, que tal y como estaba el mar él no cruzaba los arrecifes de coral pero si queríamos, podía acercarnos hasta Ceddar Creek, a unos 20 minutos en bote de donde estábamos, para explorar unos canales de manglar que se forman y en donde se acostumbran a ver perezosos y luego de vuelta, dejarnos en la comunidad de Salt Creek desde donde algún miembro de la comunidad nos podía llevar por alguno de los senderos que de allí parten en busca de más fauna y de, sobretodo, la famosa Rana Roja de Bastimentos, de la que, por desgracia, cada vez quedan menos ejemplares.

Y por supuesto, dale, nos sirve, si nosotros lo que queremos es salir de aquí y, además, el plan pinta incluso bien con lo que ya nos ves, armados con nuestros chubasqueros, que con este viaje ya están más que amortizados, subidos en una pequeña lancha sin cubrir (para más inri) empapándonos hasta las cejas pero más felices que unas pascuas mientras nos alejábamos de Punta Vieja: éramos libres!! Mojados, pero libres!

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De todas formas, la amiga suerte seguía lejos de aquí y en el rato que hemos estado navegando entre estrechos canales formados por el denso manglar, no hemos visto ni un triste perezoso, ni un triste caimán, nada de nada. Aunque con la que estaba cayendo, eso es algo que no me sorprende, la verdad.

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Con estas, tocaba dejar Ceddar Creek atrás y remontar otro sistema de canales hasta que, al final de este, no topábamos con un tétrico embarcadero aparecido en medio de la nada y en donde un enorme cartel nos daba la bienvenida al mismo tiempo que nos situaba en el mapa: habíamos llegado a Salt Creek.

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Esta comunidad, en la que habitan unas 800 personas, vive en casas comunales donde viven familias enteras y practican, básicamente, una economía de subsistencia basada, principalmente, en la pesca y los cultivos. En la aldea, a parte de las edificaciones donde viven las 70 familias que conforman la comunidad, encontramos también una escuela primaria, 4 iglesias y un pequeño colmado que vende de todo pero que no tiene de nada. Y barro, mucho barro.

Desde una pequeña cabaña situada a la entrada del pueblo, se puede (y se debe) contratar los servicios de un guía de la comunidad (entre 7 y 25$ por persona, dependiendo del sendero y de su duración) para que te lleve por alguno de los caminos que desde aquí parten y que te llevan a distintos lugares, como Long Beach o Pelican Beach situadas al noreste de la isla, así como varios senderos que te muestran distintas plantas medicinales utilizadas por los Ngöbe-Buglé o el que teníamos intención de hacer nosotros: el Sendero del Caimán.

Pero como no podía ser de otra manera, mierda para nosotros.

Y es que con la lluvia caída en los últimos días estaba todo inundado e impracticable y no había ningún guía que nos quisiera llevar pero Delfina, una mujer de unos 60 años de edad, si queríamos, nos llevaría a buscar la famosa Rana Roja de Bastimentos, solo que teníamos que tener claro una cosa: nos íbamos a embarrar.

Y ya ves si tenían razón y es que aún no habíamos salido del poblado que ya estábamos de barro hasta las orejas y la lluvia, como no, no dejaba de apretar.

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Pero oye, de perdidos al río y de esta manera le hemos ido tirando hasta que al fin Delfina se ha detenido y nos ha señalado hacia un claro del bosque donde, por supuesto, nosotros no veíamos absolutamente nada de nada.

Y ella que dale, que mirar allí -que no la veis?

Hasta que, después de afinar la vista, coño, allí hay un puntito de color rojo, no será eso, no??

Y vaya si lo era.

Y es que sabíamos que la rana era pequeña pero coño, no tanto: para que os hagáis una idea, su cuerpo es más pequeño que una moneda de 10 céntimos. Osea, muy muy pequeño.

Lo bueno es que, una vez ya hemos adaptado la vista al entorno y una vez ya sabíamos como eran, han ida apareciendo más y más y hemos pasado un buen rato, con barro hasta las orejas, cierto, pero un buen rato al fin.

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Con todo, serían poco menos de la 13:00 cuando llegábamos, como no podía ser de otra manera bajo un tremendo chaparrón, a nuestro alojamiento en Punta Vieja, contentos de haber podido conocer algo más allá de los inmediatos alrededores y con un chip distinto, igual no haría buen tiempo pero al menos, lo poco que pudiéramos, lo íbamos a aprovechar cuando, de repente, mientras comíamos ocurrió.

Creo que fue la luz lo que cambió primero.

O igual fue el viento, que se levantó y empezó a soplar en una dirección distinta de lo que lo había hecho hasta ahora.

El tema es que, sin darnos cuenta, el cielo se levantó, todo adquirió una dimensión más grande, más profunda y sobretodo, lo que sorprendía, era la luz. Todo tenía mucha más luz, una luz blanca, cegadora, que ha hecho que todos nos levantáramos de la mesa y saliéramos a fuera para darnos cuenta, primero, que había dejado de llover y que luego, efectivamente, lo que había sobre nuestras cabezas ya había dejado de ser de color gris depresivo para, por fin, ser azul felicidad.

Y he de reconocer que lo necesitábamos, sentir los rayos del sol calentar nuestra piel, incluso el humor nos ha cambiado y, con la comida a medio terminar, hemos cogido toallas y un sendero nos ha llevado hasta una hermosa playa larga en donde nos hemos podido recrear, y es que parecíamos niños chicos: un viaje nuevo acababa de empezar.

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Y eso se ha notado en la cena, y ya no solo en nosotros cuatro, sino en todo el personal, todo el mundo riendo, feliz, hasta el punto de que, sin saber muy bien como, hemos montado una party en donde los margaritas, el ron y la cerveza se han convertido en protagonistas, entre brasileños, americanos, franceses, belgas, chilenos e incluso algunos miembros del Staff y a la que se han apuntado, para despedir el día, tres micos nocturnos que han bajado hasta el comedor para ver si les caía algo de comida y que han sido la guinda de este día tan especial.

Por fin, Bastimentos y el Caribe nos mostraban su mejor cara.

2 de mayo del 2019

Después de la celebración de ayer y del estado, bastante lamentable, en que me acosté, lo normal hubiera sido apurar la cama hasta, como mínimo, el desayuno, aunque para ello, tendría que haber dejado a mi reloj biológico sin pilas pero, por lo visto, hacen falta bastantes margaritas más para eso con lo que a la que apenas despuntaba el alba, es decir, poco antes de las 6:00 de la mañana, que ya ponía un pie en el suelo y, para evitar reprimendas de Adri, me agarraba la cámara y salía a ver que me encontraba por ahí.

Y lo primero que me encontraba era un jodido caimán al que le ha dado por salir del manglar justo por el camino por el que iba yo despistado siguiendo una huellas de mapache con lo que imaginaros el susto que nos hemos pegado lo dos. Por favor eso se avisa, la madre que lo parió. Yo he pegado un bote pero es que él aún más, no sabía que los caimanes también volaban.

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Con todo, y después de mi búsqueda infructuosa del mapache, desayunábamos con una sonrisa en la cara y es que, nada más terminar, nos subiríamos a un bote que ya nos esperaba, junto a nuestros colegas franco-chilenos, para irnos primero hacia Crawl Cay, también conocido como Cayo Coral, para hacer un poco de snorkel si es que la visibilidad nos lo permitía para, luego, cruzar el arrecife y acercarnos hacia uno de las Cayos Zapatillas,

La verdad es que parecíamos como niños yendo de excursión y es que no llovía!

A pesar de eso, las consecuencias del temporal de estos días aún no las habíamos sufrido todas y es que, como nos imaginábamos, la visibilidad debajo del agua dejaba mucho que desear y es que estaban todos los fondos removidos y Cayo Coral, uno de los mejores lugares de todo el litoral de Bastimentos para realizar snorkel, estaba totalmente impracticable.

Por suerte, veníamos avisados y con un Plan B y es que no muy lejos de allí, existe un pequeño arrecife de coral que queda a cubierto de unos densos manglares, hecho que hace que el agua, allí, siempre esté calma con lo que la visibilidad tenía que ser buena y vaya si lo era. Un snorkel totalmente distinto pero con gran variedad de corales, incluso pequeñas barracudas que utilizan las raíces del manglar para refugiarse cuando son aún crías y alguna que otra manta raya, que nos han hecho pasar un rato divertido, y eso era algo que, aquí, ya no teníamos nada claro que lo fuéramos a hacer.

Tocaba buscar otro lugar donde hubiera un buen snorkel pero antes, aprovechando que habíamos hecho buenas migas con el capitán, nos ha acercado hacia la Isla de los Perezosos, no muy alejada de Cayo Coral .

Se trata de un pequeño islote rodeado de manglar en donde, no se sabe muy bien el motivo, viven gran cantidad de perezosos, a los que les encanta las hojas del árbol del manglar y, a diferencia de ayer, hoy si que hemos podido verlos, y a bastantes ejemplares además y es que, realmente, el nombre de la isla le va como anillo al dedo. Como curiosidad, y algo que quizás no todo el mundo sepa, es que estos entrañables animalitos, que van a cámara lenta de rama en rama y solo bajan al suelo para cagar, cuando se meten en el agua, son grandes nadadores y es de esta forma que van cambiando de lugar aquí en Bocas del Toro y eso que hay que cerca, lo que se dice cerca, no están.

Con todo tocaba continuar y para el segundo punto de snorkel nuestro capitán ha elegido un pequeño islote que queda ya en mar abierto, justo antes de cruzar la enorme barrera de coral que lleva ya hacia Cayo Zapatillas.

El problema es que al estar aún la mar movida, las corrientes eran fuertes y tenías que vigilar no acercarte mucho a los corales ni al islote ya que, en una de estas, una ola te podía lanzar contra ellos y ya la tenías liada con lo que, con mucho cuidado, nos hemos puesto a nadar.

Y el lugar, la verdad, alucinante.

Enormes bancos de peces que se mecían al compás de las olas, mantas rayas gigantes, calamares, incluso un ejemplar del raro pez vaca nos hemos encontrado en uno de los mejores momentos del día, la verdad. Un mundo fascinante el que se escondía ahí debajo, lastima, por eso, de que no hayamos encontrado los tiburones nodriza que acostumbran a utilizar los recovecos que quedan a los pies del islote para descansar pero que, tal y como estaba el agua, acercarse más a ese punto no era, para nada, una buena idea, con lo que nos tendremos que conformar con los tiburones que viven por debajo de nuestro embarcadero.

Los Cayos Zapatillas, la definición perfecta de un paraíso caribeño

El día, a pesar de los daños colaterales que el temporal había ocasionado en los fondos marinos, limitando su visibilidad, estaba saliendo a pedir de boca y aunque el cielo no brillaba azul sino que más bien estaba nublado con algunos intervalos de sol, para nosotros, eso, era ya todo un triunfo y quedaba ponerle la guinda al pastel visitando los que son, muy probablemente, los cayos más conocidos de todo Bocas del Toro: los Cayos Zapatillas.

Estas dos islas se encuentran al sur de Punta Vieja, relativamente cerca de donde estamos, hecho que hacía que, desde que llegamos, y cuando el temporal decidía tomarse un pequeño respiro, aparecieran allí, en frente nuestro, tan cerca y tan lejos en realidad y es que, para llegar a ellos, se ha de cruzar un gran arrecife que, con temporal, se vuelve insalvable.

Es precisamente por eso, yo creo, que se había convertido como en el símbolo de nuestra libertad recién adquirida y no queríamos perder ni un instante en llegar hasta allí, en pisar sus playas y poder comprobar, en carne propia, si se trataba realmente del paraíso del que todos hablan, sobretodo después de hacerse mundialmente famosos al ser donde se grabó la primera edición del programa de Supervivientes que, por supuesto, no vi.

Y la verdad, bonitas, lo son un rato.

Es la estampa que a todos nos viene a la cabeza cuando escuchamos hablar del paraíso, con playas de un blanco inmaculado, de fina arena de coral, aguas de azules imposibles, y sus cocoteros colgando encima del mar.

Aún así, he de reconocer que, el hecho de que, junto a nosotros, hubiera como una veintena de lanchas más y como un centenar de personas en las primeras playas que hay junto al embarcadero, posando de formas un tanto ridículas para poder colgar esas fotazas en su Instagram hacen que desluzcan un poco, sobretodo cuando esta gente viene con esos pequeños altavoces que tanto me sacan de quicio, y que ponen a todo volumen para que la gente sepa lo chonis que son. Entonces el paraíso me recuerda más a la Barceloneta o a la Mar Bella que a un cayo perdido del Caribe de Panamá.

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Por suerte, a esta gente, le gusta caminar más bien poco con lo que rodeando su costa por la playa, hecho que a veces, reconozco, que cuesta de verdad, y es que en algunos trozos parece una zona de guerra, con decenas de cocoteros caídos al mar a causa del temporal, aún podemos encontrar lugares de ensueño, completamente enteros para nosotros solos y en donde, ahora si, podemos disfrutar de un trozo del cielo en la tierra y donde podemos confirmar que, su fama, bien merecida está.

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Supongo que os podréis imaginar la sonrisa que llevábamos en la cara de vuelta a nuestro rincón en Punta Vieja, lucía el sol, a ratos, vale, pero era el sol. Solo nos lamentábamos de los días anteriores pero, chico, es lo que tiene viajar, y hemos de ser conscientes que, cada vez, estas cosas ocurrirán más y es que ya nadie se atreve a decir cuando una época es buena o no para ir a un lugar u otro y es que el clima cambia a pasos agigantados con lo que todo puede pasar.

Y el resto del día, pues a disfrutar de nuestro pequeño paraíso salvaje, entre Balboa y Balboa, tirados en el embarcadero debajo del cual, de vez en cuando, se dejaban ver los tiburones que habitan en él, y entre paddle surf, kayaks y risas, muchas risas, llego la noche.

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Nuestra última noche y es que si, por desgracia, todo, tiene un final.

3 de mayo del 2019

Y fue entonces, al empezar a hacer la mochila que lo entendí todo.

El día había empezado, como aquí es habitual, a las 6 de la mañana cuando, con las primeras luces del alba, había salido a explorar.

Esta vez no me había ido muy lejos y es que, nada más salir, me encontré con un precioso colibrí que había decidió hacer su nido justo enfrente de nuestra cabaña y allí me había quedado, embobado, viendo su eléctrico vuelo ir y venir, durante un buen rato.

Nuestros amigos franco-chilenos se iban hoy también hacia Ciudad de Panamá aunque, a diferencia de nosotros, lo hacían con el vuelo de las 10 de la mañana con lo que hemos ido a despedirnos para después desayunar tranquilamente y ver como, efectivamente, el día que abandonábamos el paraíso el sol iba a brillar.

No teníamos ninguna prisa, nuestro avión salía a las 18:00 de Bocas del Toro y, además, al no entrar nadie en nuestra cabaña la podíamos utilizar hasta la hora que quisiéramos, con lo que, podíamos disfrutar aún durante bastantes horas de este sol que volvía a brillar.

Y como no, desde nuestro querido embarcadero, que se ha convertido en estos días de sol, en nuestro lugar favorito, desde donde vemos la selva y su inmensidad por un lado, nuestros tiburones por otro, y al Mar Caribe brillar.

Con todo, las horas fueron pasando y lo que decía al principio de esta crónica, fue al empezar a hacer la mochila que lo entendí.

Y lo que entendí no fue poca cosa, no: lo que entendí fue, nada más y nada menos, lo que es la felicidad.

Y todo vino por algo tan típico en mi como no encontrar, por ningún lado, donde estaban mis chanclas. No tenía ni la más remota idea de dónde las había dejado y es que, haciendo memoria, desde que llegamos a la Isla, el lunes pasado ya, que no me las había puesto: he ido descalzo todo este tiempo.

Y entonces entendí, muy claramente que, eso, el ir descalzo, era la felicidad.

Aunque si, de acuerdo, el tiempo, los primeros días, fue desesperante, y mucho, pero el poder vivir descalzo es la metáfora perfecta de lo que representa estar aquí, en un contacto permanente con la naturaleza más salvaje, sin prácticamente nada de lo que hay preestablecido en nosotros presente, donde todo es relativo, donde solo importamos nosotros dos y nada más. No existe la vida más allá del presente, no existe el mañana. Solo disfrutar, solo vivir, solo sentir.

Gracias Bastimentos, a sido un autentico placer…

DATOS PRACTICOS

· Al Natural Resort:

Poco o nada queda ya que decir que no haya dicho durante la entrada de este lugar, que fue precisamente lo que nos llevó hasta aquí y cuyo nombre es todo una declaración de intenciones: Al Natural.

Y es que difícilmente uno puede estar en un lugar en un contacto tan intimo con la naturaleza que aquí, en las cabañas de Michelle, un belga que hace ya bastantes años lo dejó todo para hacer realidad su sueño en uno de los parajes más bonitos de la tierra.

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Eso si, ese contacto tan estrecho también tiene sus cosas malas, así que si eres de esos que los bichitos le sacan de quicio o que no puede vivir sin Internet o secador de pelo, igual no sería este tu lugar idóneo.

Aquí se viene a lo que se viene y te aseguro que si es lo que buscas te va a encantar.

Mención a parte merece su comida, y es que Vincent, el chef, tiene un auténtico don y convierte todo lo que toca en algo delicioso: como es de esperar todo se mueve en torno al pescado, un pecado que, a diaria, le traen los pescadores locales, con lo que más fresco no se puede encontrar.

Sin duda un lugar maravilloso, posiblemente de los mejores lugares donde hemos estado y que no puedo hacer más que recomendar y recomendar.

Y cuánto cuesta el paraíso? Pues 5 noches con Pensión Completa, claro, más traslados nos salieron por 770€ los dos.

Es pasta, si, pero os juro que es el dinero más bien gastado de todo el viaje yo creo.

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