16 de octubre de 2019

Pues si, una vez más, aunque nos parezca que fue ayer que poníamos un pie en La Palma, nuestro viaje llegaba a su fin así, sin darnos ni cuenta, señal inequívoca de como habían ido estos días en la quinta isla del archipiélago que conocemos y, en nuestra opinión, una de las más bonitas.

Nos quedaba aún por eso gran parte del día por delante y lo habíamos reservado para conocer la que, según muchos, es la capital más bonita de las siete islas que conforman el archipiélago canario y eso, señores, era algo que teníamos que comprobar a pesar de que no es precisamente ciudades lo que venimos buscando de las Islas Canarias y, de hecho, en la mayoría de las que hemos pisado ni siquiera nos hemos acercado por ellas, como fue, por ejemplo, el caso de Fuerteventura o de Lanzarote, en donde ni nos dejamos caer por sus respectivas capitales.

Pero como uno tiene que confiar en los consejos que le dan si estos son de buena mano, bien temprano por la mañana, después de despedirnos de las fabulosas vista de nuestro apartamento en Los Llanos de Aridane, dejamos atrás la soleada costa oeste de La Palma y cambiamos de tercio para bajar hasta la pequeña ciudad de Santa Cruz de La Palma, que descansa protegida detrás del Risco de La Concepción desde hace más de 5 Siglos.

Un día en Santa Cruz de La Palma

Este encanto del que todos hablan, tiene su explicación en la prosperidad que llegó a alcanzar la ciudad, que fue el primer núcleo castellano fundado en la isla después de la conquista de esta por parte de Álvaro Fernández de Lugo, debido, sobretodo, al comercio marítimo, y es que su puerto fue, durante muchos años, escala obligada para todos los barcos que cruzaban el Atlántico hacia lo que ellos denominaban El Nuevo Mundo y disfrutó, durante muchos años, de un floreciente comercio de exportación de azúcar y vino, hecho que también atrajo a comerciantes flamencos, genoveses o portugueses entre otros, que favoreció, a su vez, el desarrollo de ideas muy avanzadas para su época y que marcaron, durante siglos, el carácter de su gente.

Solo para poner un ejemplo de esto, deciros que aquí, en Santa Cruz de La Palma, se dispuso del primer ayuntamiento elegido por sus ciudadanos, gracias sobretodo a un comerciante de origen Irlandés, Dionisio O’Daly, que a pesar de la gran corrupción de la época, logró que en el año 1773 fueran los propios palmeros quien eligieran a su alcalde cada dos años.

Para visitar la ciudad, lo primero que hemos de tener en cuenta es que Santa Cruz es un ciudad muy pero que muy pequeña, así que se trata de dejar el coche bien aparcado (cosa difícil, ya os lo digo) y andar, andar y andar, disfrutando de los preciosos rincones que nos tiene guardados.

Para ello, lo mejor es dejar el coche en los alrededores de la Plaza de La Constitución, en donde encontramos un Parking enorme en la entrada del Puerto, y empezar nuestra ruta por Santa Cruz de La Palma precisamente por la Calle O’Daly, que avanza paralela al mar y en donde ya empezamos a encontrar algunos ejemplos de la arquitectura palmera, sobretodo en antiguas casa de la aristocracia, como pueden serlo la Casa de Arce y Rojas, en el numero 42 y que data del siglo XVII o la Casa Salazar, en el numero 22.

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Así con todo, sin duda, lo mejor es desembocar en la preciosa Plaza de España, en la que automáticamente uno retrocede en el tiempo varios centenares de años y que es de una belleza sublime.

En ella encontramos los edificios que albergaban el poder antiguamente, con el ayuntamiento por un lado, sede del poder civil, y que fue construido en 1553 después de que el anterior lo redujeran a cenizas los piratas en una de sus muchas incursiones y que representa una de las obras de arquitectura civil más importante de Canarias y por otro lado, justo enfrente del ayuntamiento, la Iglesia del Salvador, de 1497, de la que destaca portada principal, que evoca un arco del triunfo romano y su torre, de carácter militar y defensivo, sin duda debido a que fue construida después de varios ataques de corsarios y piratas.

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Pero para uno que, la verdad, no entiende mucho de todos estos temas, lo bello de este lugar es el conjunto, como está enmarcado cada edificio, aunque mejor que lo veáis vosotros mismos y os hagáis una idea de lo que es, para mi, el rincón más bonito de esta ciudad.

Desde aquí, lo suyo es dejar por un momento la calle principal y subir por la escalinata que hay entre la Iglesia y la fuente renacentista que antiguamente abastecía de agua a toda la ciudad para desembocar en el Barrio de San Sebastián, un auténtico remanso de paz al lado de la siempre ajetreada Calle O’Daly, aunque apenas los separen unas pocas decenas de metros.

Aquí se trata de pasear por sus empinadas y adoquinadas calles, de típico estilo canario, todas pintadas de blanco y con precioso balcones de madera pintados de colores, hasta llegar a la Plaza de San Sebastián, en donde encontramos la pequeña ermita del mismo nombre, y que forma otro de los conjuntos más bonitos de Santa Cruz de La Palma y es que si algo estamos viendo ya es que, en cada esquina, aparecen postales que se van mejorando unas a otras, quedándonos claro ya, el porque de aquello que nos decían: sobretodo, nos os vayáis sin visita su capital!

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Y menos mal que estábamos avisados.

A estas alturas lo suyo es volver de nuevo a Calle O’Daly que, por cierto, muchos también la conocen como Calle Real y que a partir de la Plaza de España cambia de nombre para llamarse Calle de Anselmo Pérez, hasta la preciosa Plaza del Borrero y luego continuar hasta la Plaza de la Alameda, ya en el otro extremo de la ciudad.

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Esta plaza es otro de los imprescindibles de la ciudad, y es que es el lugar en dónde se fundó esta.

Hoy en día nos encontramos con una preciosa plaza rectangular llena de frondosos laureles de indias, bajo la sombra de los cuales los niños juegan a pelota mientras los padres se toman su cervecita y le dan al pico en el kiosko que hay en medio de la plaza, bajo la atenta mirada del Barco de la Virgen.

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Y es que si, como escucháis, en el extremo de la plaza se encuentra una reproducción de la carabela Santa María y que alberga el Museo Naval (4,5€), otra parada obligatoria para los frikis de estos temas como aquí el menda, y en donde uno puede encontrarse desde antiguas cartas de navegación, a replicas de alguno de los barcos más famosos que han surcado los mares, objetos encontrados en naufragios ocurridos en las costas de La Palma y, por supuesto, darse el placer de pasearse por la cubierta de la misma Santa María.

La verdad es que vale la pena.

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Desde aquí ya nos cierra el paso el Barranco de las Nieves, momento que aprovechamos por girar hacia otro de los puntos más emblemáticos de Santa Cruz de La Palma: la Avenida Marítima.

En esta avenida, a parte del Castillo de Santa Catalina que nos encontramos nada más girar y que se trata de una fortaleza construida por Felipe II para la defensa de la ciudad de tantos ataques piratas como estaba sufriendo, lo más destacado que encontramos y que ha pasado a ser un must de la ciudad es la sucesión de los coloridos balcones canarios que adornan el paseo, algunos llenos a rebosar de flores, otros más sencillos, pero todos ellos perfectamente conservados y es que son, no en vano, uno de los principales reclamos de la capital.

Su origen se remonta a los primeros tiempos de la ocupación castellana y por influencia de los habitantes provenientes de Andalucia, aunque posteriormente los emigrantes portugueses también aportaron su granito de arena y de allí los distintos tipos de balconadas que vemos: un ejemplo más del legado palmero y la aportación que en él influyeron las procedencias de los inmigrantes que llegaron al puerto de La Palma atraídos por su prosperidad.

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En nuestro caso, era ya el momento de despedirnos de la ciudad y, con ella, de La Palma, y es que nuestro vuelo de vuelta a Tenerife salía en apenas dos horas con lo que no teníamos mucho más tiempo que perder pero, si no es el caso, otra opción puede ser acercarse, ya en coche, eso si, hacia el santuario de Nuestra Señora de las Nieves, donde se venera a la patrona local de Santa Cruz o, si no va con vosotros, tiraros en la misma playa de la ciudad, un amplio arenal negro volcán en donde se le puede poner un broche perfecto a lo que sin duda es, al menos para nosotros, un día atípico en las Canarias, metidos dentro de una ciudad aunque, sin duda alguna, un día bien aprovechado y que tiene que estar, si o si, en los planes de cualquiera que visita La Isla Bonita.

Y con esto, nuestros 5 días en La Palma, llegan a su fin aunque, sin duda alguna, no con un adiós sino con un hasta luego: tenemos muchas deudas pendientes aún aquí…

Seguimos!!

DATOS PRACTICOS

· Dónde dormir en La Palma:

A la hora de elegir alojamiento para nuestros días en La Palma hemos de tener una cosa clara antes de nada: Oeste, igual a sol, Este, igual a lluvia, o como mínimo, cielo encapotado.

Y es que la enorme mole que forma la Caldera de Taburiente crea también un micro-clima que hace que en una isla tan pequeña como es la de La Palma puedas pasar de un cielo azul eléctrico a otro gris y triste en apenas unos pocos kilómetros.

Por eso, a la hora de elegir nuestro alojamiento teníamos claro que sería en la parte más soleada de la isla, es decir, en la costa oeste pero además también buscábamos que nos quedara a buen pie para poder conocer el resto de La Palma y para ello, la zona que quedaba mejor situada era la central, y es que de aquí sale una carretera que mediante un túnel te cruza de costa a costa pero además tenemos a tiro tanto la carretera que sale hacia el norte como la que va hacia el sur: Adjudicado!

Aquí las poblaciones más importantes son Los Llanos de Aridane y Tazacorte y buscando buscando dimos con un alojamiento en la primera que cumplía con todos los requisitos que buscábamos: La Camuesa.

Se trata de unos apartamentos situados a las afueras de la localidad, de los que además teníamos muy buenas referencias y que incluso disponían de una piscina con vistas al Océano Atlántico y en donde por las cuatro noches que íbamos a pasar nos pedían menos de 200€ con lo que poco había que pensar.

Muy muy recomendable.

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