6 de octubre de 2020

Sinceramente, no tengo ni la más remota idea de como escribir esta entrada.

Hace apenas una hora hemos llegado al hotel y aquí estoy, en nuestra habitación de la planta sexta del Hotel Hblue de La Paz, tomándome una margarita de las que me hace el barman del hotel con tan solo verme entrar por la puerta y con el Mar de Cortés de fondo, hacia donde se me va la vista por inercia a cada poca rato y es que, en él, hemos vivido, sin duda alguna, uno de los mejores días que recuerdo de viaje y eso, quien me conoce, sabe que no es poco.

Así que como mi cabeza no da para más empezaré por donde se empiezan las cosas, es decir, por el principio y este principio lo hemos de buscar a media tarde de ayer, cuando llegábamos a la ciudad de La Paz después de visitar el Pueblo Mágico de Todos Santos y nos recibía una ciudad más grande de lo esperado, las cosas como son, pero aletargada, sin hacerse agobiante, más bien todo lo contrario, todos los caminos de la cual conducían, irremediablemente, a su artería principal, que no es otra que su precioso malecón, y es que toda la ciudad mira, con toda la razón de ser, hacía el Mar de Cortés.

Después de unos días en Los Cabos, tocaba quitar de telón de fondo al inmenso Océano Pacífico para tener por fin a nuestros pies el mar que el oceanógrafo Jacques Cousteau bautizó como el acuario del mundo y en donde, si todo iba bien, nos íbamos a pasar ya, prácticamente, todos los días que nos quedaban de viaje hasta tener que volver, de aquí aún bastantes días, por suerte, a Barcelona.

Con todo, nuestras primeras horas en esta ciudad las pasamos subiendo y bajando el mencionado malecón, mientras el día, poco a poco, iba llegando a su fin y se despedía sobre el golfo de California mostrándonos sus colores imposibles, mientras las preciosas fragatas nos daban la bienvenida, vestidas con sus mejores galas, para reafirmarnos que justo era ese el lugar en el que teníamos que estar y eso que, aún, no teníamos ni idea de lo que se nos venía encima.

Tour a Los Islotes y al Parque Nacional del Archipiélago Espíritu Santo

Y es que para abrir la lata habíamos elegido para nuestro primer día en La Paz y en el Mar de Cortés uno de los tours más imprescindibles de esta zona de la Baja California Sur y para ello iríamos de la mano de la empresa Dive in La Paz, con los que llevábamos ya algunas semanas hablando para organizar todo y en la sede de la cual nos presentábamos puntuales a las 8 de la mañana para hacer las presentaciones de rigor, cargar todos los bártulos y dirigirnos al muelle, a escasa distancia de donde tienen el local, en el centro de La Paz.

Iba a ser un tour en petite comité y es que tan solo éramos Adri y yo junto con nuestra guía, Alejandra, el capitán del barco y otra turista, china, un poco muy rara, pero que brillaría por su ausencia y es que, aunque parezca alucinante, ni le gustaba el mar, ni sabía apenas nadar, con lo que se sentó en un rincón de la panga en la que navegaríamos y solo se levantó, prácticamente, a la vuelta, casi diez horas después, para recoger su bártulos y largarse. Sin comentarios.

Pero entremos en materia y es que, como hemos dicho antes, a esas alturas, aún no teníamos ni la más remota idea de lo que nos esperaba y eso que nos pudimos hacer una idea cuando, apenas salir de la marina, cuando no hacía ni 2 minutos qué habíamos soltado amarras, ya nos cruzábamos con una familia de delfines nariz de botella (Tursiops truncatus) pescando, alrededor de la cual pudimos dar varias vueltas antes de poner rumbo hacia nuestro destino, que no era otro que el Archipiélago Espíritu Santo.

Este archipiélago se encuentra al sur de La Paz y se tarda como alrededor de tres cuartos de hora en llegar a él, momento que aprovechamos para saber más de este Parque Nacional, formado por 2 islas principales y 7 islotes y que cuenta con más de 20 bahías y ensenadas en sus aproximadamente 105 km² de superficie. Es precisamente este hecho el que le da esa forma característica que se puede distinguir perfectamente desde el aire, como si le hubieran ido haciendo cortes y en ellos hubieran puesto alguna de las playas más bonitas que uno se puede imaginar. Eso se debe a que su origen es totalmente volcánico, y al ir colapsando las distintas capas de estratos se han ido creando estas formas imposibles y fascinantes a la vez.

Junto con otras islas del Golfo de California, esta reconocido como Patrimonio Mundial de la Unesco y eso hace que reciba cada año miles de visitas, por lo que es necesaria una más que correcta política de conservación que implica a todos los actores afectados, no solo a nivel gubernamental, sino también a todas esas empresas prestadoras de servicios que tienen que capacitarse año tras años para poder operar en él y que se toman muy en serio las reglas del Parque, y es que una parte muy importante de su sustento viene de él con lo que no se la pueden jugar.

La verdad es que oír eso reconforta, solo así se pueden preservar lugares como este, y a pesar de que algunas de las normas nos fastidian, no lo vamos a esconder, es la única manera de poder hacer duradero un lugar como Espíritu Santo y que no solo se conserve sino que mejore con los años, algo que parece se está consiguiendo.

Con todo, mientras Alejandra nos va poniendo en contexto, uno no puede dejar de tener un ojo puesto en el mar y es que, como nos dijeron nada más aterrizar, aquí, todo, absolutamente todo, es posible y es que el Mar de Cortés es el hogar de aproximadamente el 35% de toda la población mundial de cetáceos, ojo al dato, y aunque no nos encontremos en la mejor época para verlos (esta va de diciembre a marzo aproximadamente), hay algunas especies que residen aquí todo el año como las ballenas de aleta (rorcual) o las orcas, uno de nuestros sueños y que esperemos poder cumplir, sin mencionar distintas especies de delfines, como ya habíamos podido comprobar.

Otro de los platos fuertes de este lugar son los enormes bancos de mobula munkiana y cuando hablo de bancos me refiero a que es posible encontrar a miles de estos ejemplares nadando juntos. Cuando esto ocurre (la primavera es la época ideal para ello aunque puede verse durante todo el año) tiñen el mar de negro pero sobretodo uno sabe de su existencia por un comportamiento que tienen y que aún no ha sido descifrado y es que algunos de estos ejemplares emergen de la superficie para dar un salto en el aire batiendo sus aletas, como si se dispusieran a ponerse a volar. Hay muchas teorías sobre ello, algunos dicen que lo hacen para desparasitarse, otros que si saltan para alardear enfrente de las hembras, aunque la verdad es que es un tema que no está claro aún pero sea el motivo por el que sea, el espectáculo está asegurado.

Con todo, y después de cruzar el canal que separa la península de la Baja California con el archipiélago, nos vamos encontrando con los primeros islotes y, en ellos, con las primeras muestras de la increíble fauna que habita estas islas.

Y es que en ellas nos encontramos con una gran sorpresa con la que no contábamos pero que nos ha hecho especial ilusión y es que si ayer, al atardecer, ya nos sorprendieron las preciosas fragatas (Fregata magnificens) sobrevolando el Mar de Cortés, ave que esperábamos encontrar y poder observad de cerca en nuestro viaje a las Galápagos que tuvimos que cancelar y substituir por este, hoy ha sido otra ave, que yo solo asociaba a las Islas Encantadas pero que, por lo visto, cada vez se ve en mayor numero por la Baja California y que nos ha dejado una gran sonrisa en la cara: el piquero de patas azules (Sula nebouxii).

Fragata en pleno vuelo
Fragatas macho en Isla Gaviotas

Estas aves, también llamadas pájaro bobo, posiblemente por su forma tan peculiar de andar, son uno de los símbolos de las Islas Galápagos y su principal característica radica en el color azul chillón de sus patas, que proviene de su dieta y que tiene un importante papel a la hora de su reproducción ya que el macho muestra sus patas a la hembra en un baile de exhibición en toda regla y tras el que, con suerte, se la llevará al huerto.

Piquero de patas azules

Los Islotes, el mejor lugar del mundo para nadar con lobos marinos

Con todo, íbamos dejando atrás uno tras otro los islotes que componen este archipiélago y es que nuestra primera parada tenía nombre y, sobretodo, protagonistas y es que en el extremo más alejado de Espíritu Santo, sobresalen del mar dos enormes moles de roca que reciben el nombre de Los Islotes y que son uno de los culpables de haber puesto este lugar en el mapa y, señores, razones no le faltan.

Y es que allí vive la mayor colonia (y la más saludable) de lobo marino de California (Zalophus californianus) que hay en la Baja California Sur, donde conviven más de 500 ejemplares de entre los que destacan, para nuestro gozo, un numero muy elevado de crías y juveniles y es que se trata de una colonia de reproducción, en las que se lleva a cabo el apareamiento, el parto y el amamantamiento de las crías y es el lugar donde los enormes machos, que pueden llegar a pesar hasta 400 kilos, se reproducen una y otra vez con su harén, algunos de los cuales están compuesto por hasta 30 hembras (existe un enorme dimorfismo sexual ya que las hembras apenas alcanzan los 120 kilos de peso) con lo que eso conlleva: una explosión de vida que tiene lugar entre los meses de junio, julio y agosto, meses en los que el baño y el buceo en la lobera están prohibidos, ya que los machos se pueden poner muy territoriales entre ellos y puede llegar a ser peligroso si no se respetan las distancias.

Es por eso que los meses que les siguen, que coinciden con el ultimo trimestre del año y, sorpresa, con nuestra visita a la lobera, son los mejores para realizar esta actividad ya que las crías, que ya se separan de sus madres, empiezan a explorar por su cuenta los alrededores de la lobera y sienten una enorme curiosidad por esos extraños humanos que vienen a verlos de vez en cuando.

Sin duda es una de las actividades estrella de este viaje y era por eso que estábamos ansiosos por meternos al agua, sobretodo cuando paramos motores y, de repente, empezaron a saltar decenas de lobitos marinos de las rocas, cuyas siluetas veías como se acercaban a nuestra embarcación, frenéticos, pasando por debajo de ella, saltando, haciendo piruetas frente a nuestros ojos, incrédulos y expectantes, esperando el momento en que Alejandra y nuestro capitán nos dieran el ok para podernos meter al agua.

Y es que, la verdad, la visibilidad era perfecta, el mar estaba plano como una balsa de aceite y no había ninguna otra embarcación alrededor, solo nosotros, decenas y decenas de lobos marinos esperándonos y, por delante, uno de los momentos más especiales que hemos vivido en nuestros viajes.

Bueno, también estaba nuestra compañera china, con la que Alejandra batallaba para que, tan solo, se dispusiera a bajarse de la embarcación con lo que al ver que nosotros no podíamos esperar más en seco y después de pedir permiso al capitán, nos echamos al agua y empezamos a nadar en dirección a un puente de roca que hay en el extremo de Los Islotes y en donde nos habían chivado que se acumulaban los más pequeños de la casa para encontrarnos con un espectáculo que ni en nuestros mejores sueños: imaginaros meter la cabeza debajo del agua y que, de repente, veas como se dirigen hacia ti decenas de estos entrañables animales hasta el punto de incluso tocarte, curiosos, con esa cara que tienen de no haber roto nunca un plato y que interactúan claramente contigo, mirándote fijamente a los ojos, intentado descifrar que narices eres, hasta que se confían y entonces ya no se cortan un pelo, mordiéndote las aletas, la cámara (como se ve perfectamente en uno de los vídeos que grabamos), acercando su cara a la tuya, jugando contigo como si de perritos se trataran.

Sinceramente, había dejado nuestras expectativas por el suelo.

Y es que poder formar parte de eso, ver como, en primer plano, jugaban entre ellos, como cachorritos recién nacidos (que es, básicamente, lo que son) mordiéndose en el lecho marino que allí apenás alcanza los 5 o 6 metros de profundidad, o jugando con las pobres (y resignadas) estrellas de mar, que se iban quitando unos a otros como si de un juguete se tratara, mostrándotelo y luego llevándoselo en el momento en el que lo intentas agarrar.

Mágico.

Y si a mi me pareció increíble, pues imaginaros a Adri, no daba abasto con todo, pues chillando de emoción que estaba, jugando con uno y con otro, intentado que todos y cada uno de ellos se llevaran su ración de juegos y a mi que me encanta verla allí, en su salsa, disfrutando como nunca, sin duda estando en el mejor lugar en el mundo donde, en ese momento, podía estar. La verdad es que es por estas cosas por las que viajamos y si a esa ecuación le sumas un año de mierda como este 2020, poder vivir eso, la verdad, que no tenía precio.

No se cuanto tiempo estuvimos pero lo que si que se es que se nos pasó volando y que podríamos haber estado, perfectamente, todo el día, allí, sin aburrirnos ni un solo segundo y es que cuando no eran unos eran otros pero las fiestas que te hacían era para recordar.

De vez en cuando se acercaba algún gran macho, eso si, marcando el limite de su territorio (lo hacen dejando una hilera de burbujas que hace como de frontera por la cual, obviamente, mejor no pases al mismo tiempo que sueltan una especie de ladridos). Las crías la verdad es que a los machos les importan más bien poco, pero sus rocas son sus rocas, y allí nada ni nadie se puede acercar, al igual que ocurre con sus hembras, que son solo suyas y mejor no prestarles demasiada atención si no son ellas las que se te acercan.

La verdad es que es una actividad totalmente segura si uno no se pasa de listo e intenta hacer lo que no debe, algo que se consigue usando simplemente un poco de sentido común y es que uno ha de estar un poco loco para intentar tocarle las narices a esos enormes machos que no te dan bola e intentar molestarlos, sería algo así como meterle el dedo en el ojo a un tiburón o tocarle las pelotas a un león que toma el sol en el Serengetti.

Además, las normas del Parque hacen que sea totalmente obligatorio realizar la actividad con chaleco salvavidas, no porque nadie se ahogue, sino porque de esta manera se aseguran que nadie se sumergirá, limitando la movilidad de los participantes al mismo tiempo que se preservan, de esta manera, los corales y se consigue tener a todo el grupo más controlado y evitar así sustos y problemas para todos.

Obviamente eso es un coñazo, pero son las normas y aunque no nos gusten, es responsabilidad nuestra seguirlas, si queremos seguir disfrutando de momentos como esos.

Dejando atrás Los Islotes

El Archipiélago de Espíritu Santo, el paraíso en el Mar de Cortés

Y hablando de normas, hay otra que dice que no se puede estar más de hora y media en Los Islotes con lo que, después de apurar hasta el último minuto, y muy a nuestro pesar, abandonamos el lugar para acercarnos a reponernos de tantas emociones y asimilar un poco lo que había ocurrido en alguna de las tantas y tantas playas que hay en Espíritu Santo, para seguir maravillándonos, en esta ocasión con una de las playas más bonitas que hayamos visto nunca, bañada por unas aguas de un azul casi imposible, y rodeada de roca quemada en donde solo crecen los enormes cactus con los que ya nos hemos familiarizado pero que crean una combinación que nunca antes habíamos visto y que no nos cansaríamos de contemplar.

En concreto desembarcamos en la Playa del Embudo, pero cualquiera de las que íbamos cruzando era de las que quitan el hipo, poniendo de golpe en nuestra lista de tareas a realizar una excursión a fondo de este archipiélago, algo que ya queríamos hacer antes de venir pero que, a consecuencia de la pandemia, aún no era posible y es que hay empresas que organizan tours de varios días en kayak de mar en los que vas yendo de una playa a otra, durmiendo en campamentos levantados en ellas, y que te permiten disfrutar de este paraíso de noche y de día y conocerlo a fondo recorriendo, también, algunos de sus senderos, algo que tampoco podíamos realizar en estos momentos por las restricciones vigentes a consecuencia del maldito Covid19.

Además, cada rincón de esta isla tiene alguna peculiaridad, algo que descubrimos nada más dejar nuestro escondite en la Playa de Embudo y recalar en una enorme bahía en la que las protagonistas no eran otras que las tortugas, que se contaban a decenas y es que se trata de un lugar de alimentación de la tortuga verde, en el que está prohibido bañarse y mucho menos desembarcar, pero en donde pudimos vivir un espectáculo puestos de pie en la panga, viendo como iban sacando una tras otra la cabeza de la superficie, y viendo como por debajo nuestro se deslizaban, veloces, las sombras de decenas de estos animales, mientras nos maldecíamos por no podernos meter a nadar con ellas.

Con todo, y al ver nuestra cara de contrariados por no podernos mojar, Alejandra decidió que nos dirigiéramos a otra bahía en donde nos volvimos a poner el snorkel y, ahora ya si, sin los molestos chalecos, pudimos apreciar el fabuloso estado de conservación de los corales que rodean la isla y, ahora si, tuvimos nuestro premio en forma de una preciosa y nada tímida tortuga verde con la que pudimos quitarnos la espinita anterior y disfrutar de estos fabulosos animales nadando con ella durante un buen rato.

La verdad es que el día había sido increíble, no podíamos pedir más, aunque de vuelta a la península seguíamos oteando el horizonte en busca de alguna señal que nos hiciera desviar de nuestro camino, ya no por lo que esta nos pudiera deparar, sino por que no queríamos que el día terminara jamás.

Hay lugares en el mundo que a uno se le quedan grabados a fuego, y este, el Parque Nacional de Espíritu Santo, había sido uno de ellos.

Tanto, que aún no habíamos llegado de nuevo a tierra firme y ya estábamos planeando una nueva visita a Los Islotes, aunque para ella aún quedaban unos días, con lo que tendréis que esperar.

Bueno, en verdad quedaban unos días para que Adri volviera al Parque Nacional, porque en lo que a mi respecta, mañana, tengo una cita con él de nuevo, aunque esta vez para explorarlo desde las profundidades del mar.

Seguimos, no?

DATOS PRACTICOS

· Dónde dormir en La Paz: La oferta hotelera en La Paz es muy amplia y comprende desde pequeñas pensiones o posadas a resorts en algunas playas y marinas de la región.

Nosotros, para los días que íbamos a pasar en la ciudad, que eran unos cuantos ya que íbamos a hacerle dos visitas, elegimos un hotel situado algo alejado del centro pero que nos convenció por sus instalaciones y los comentarios que leímos sobre el en Booking.com: el Hotel Hblue.

Se trata de un hotel de 6 pisos, con unas instalaciones nuevas y más que decentes, y que terminó por convencernos por una piscina infinita que tiene en su azotea con vistas al Mar de Cortés, el mejor lugar para asimilar todas las cosas maravillosas que vivimos cada día que pasamos en La Paz y en donde me puse fino filipino de margaritas y es que el barman se los marcaba que daba gusto, y en enormes vasos en los que casi podías nadar.

Como anécdota tuvimos que cambiar de habitación la primera noche por tener a dos maquinas del sexo en el piso de arriba, que desde que llegaron a media tarde hasta que ya no pudimos más (unas 7 u 8 horas después) estuvieron dándole a la mandanga y moviendo (y rompiendo) todos los muebles que podía haber en esa habitación, que justo era la que teníamos encima nuestro, dejándome hundido en la miseria aunque el echo de que nos cambiaran la habitación por la suite de la azotea y a escasos tres pasos del bar donde mi amigo ya me preparaba las margaritas con tan solo una mirada, hizo que me resarciera un poco.

Muy recomendable, eso si, como decimos algo alejado del centro (unos 15 minutos andando) y de noche las calles pueden estar algo oscuras aunque eso es algo que se soluciona con un UBER y adiós problema.

Uno 60€ / noche la doble con desayuno.

· Dónde comer en La Paz: Obviamente, en una ciudad del tamaño de La Paz y con su importancia turística, los lugares donde uno puede comer son muchísimos, con lo que solo podemos hablar de los que nosotros probamos en los días que pasamos en ella y que repetiríamos, dejando de lado esos que no nos terminaron de convencer por un motivo u otro.

  • J&R Ribs Costillería: Pequeño local enfrente de la Catedral de La Paz, en donde el protagonista indiscutible son los costillares de cerdo, uno de los mejores que hemos comido nunca. Solo apto para carnívoros ya que no hay mucha cosa más en la carta que no sea costillas, costillas y costillas.
  • El Mezquite Grill: Otro restaurante solo apto para carnívoros y en donde, según nos dijeron, sirven los mejores trozos de carne de La Paz. No se si serán los mejores ya que solo probamos esos en nuestros días en la capital paceña pero lo que si tengo claro es que están de escándalo. Algo alejado del centro aunque se puede llegar perfectamente andando.
  • Tacortería: Precioso restaurante en pleno malecón y en el que podemos encontrar grandes clásicos de la gastronomía mexicana así como buenos cortes de carne y papas rellenas. Una delicia de comida y de lugar.
  • Marisquería Los Laureles: También ubicado en el Malecón, una marisquería mexicana de las de toda la vida, con mesas y sillas de plástico, gente local y todo el pescado y marisco que puedas comer. Como no podía ser de otra manera el ceviche es su especialidad aunque yo me comí un pulpo ranchero del que poco se habla. Buenas Margaritas, importante.

· Cómo llegar a La Paz: La Paz, como buena capital de estado que es, dispone de un aeropuerto internacional que la conecta con la mayoría de grandes ciudades mexicanas y con algunas estadounidenses. Con todo, su principal conexión es con el DF, desde donde salen varios vuelos diarios de compañías como AeroMexico, Volaris o Viva AeroBus.

Si hemos de llegar a ella por tierra, como hicimos nosotros, la carretera Trans-Peninsular te deja en San José del Cabo en apenas dos horas mientras que si lo que queremos es desplazarnos hacia el norte, la misma carretera (de hecho es la única que hay) nos llevaría hasta Tijuana, eso si, después de recorrernos caso 1.500 kilómetros de puro desierto solo salpicado por algunos pequeños núcleos de población.

Muy importante el tema de la gasolina en estos casos, y es que fuera de las ciudades prácticamente no hay gasolineras con lo que podemos estar perfectamente 200 kilómetros sin cruzarnos con ninguna y os aseguro que no debe ser nada agradable quedarse tirado en medio de la nada y es que por no haber, no hay ni cobertura. Avisados estáis.

· Tour de Los Islotes y el archipiélago Espíritu Santo: En La Paz son infinidad los prestadores de servicios que ofrecen tours a Los Islotes y al Parque Nacional de Espíritu Santo pero, como siempre, es muy importante mirar bien con quien los hacemos principalmente para asegurarnos una experiencia agradable para nosotros y, sobretodo, para aquellos animales que vamos a ver.

En estos casos es, y tiene que seguir siendo, un requisito indispensable que practiquen un turismo responsable y que sigan las normas y conductas que marca el Parque Nacional, aunque algunas veces eso no nos guste, como por ejemplo ocurre en Los Islotes con el hecho de que sea obligatorio el realizar snorkel con el chaleco salvavidas. No os fíes nunca de alguien que os diga que os podréis saltar las normas, descartar esos centros rápidamente. Igual conseguiréis una foto mejor, no digo que no, pero estaríais contribuyendo a que con el tiempo las normas sean aún más estrictas o que, directamente, prohíban realizar la actividad por no poder controlar la afluencia de turistas y sus actitudes, sin olvidar que estaremos haciendo un flaco favor a la fauna local, que es precisamente lo que nos lleva hasta allí.

Con todo, y después de hablar con varias empresas, finalmente nos decidimos por Dive in La Paz y la verdad es que fue una decisión totalmente acertada y es que no solo hicimos este Tour con ellos sino varios, que ya veremos en próximas entradas.

Este en particular, tiene un coste de 95$ por persona, saliendo de la marina a las 8 de la mañana y llegando de nuevo, en nuestro caso, sobre las 17 de la tarde aunque normalmente se llega un poco antes, pero al estar tan a gusto y solo nosotros, pudimos alargarlo un poco más.

Mención a parte se merece Alejandra, nuestra guía y una autentica jefaza con la que el tiempo nos pasó volando y aprendimos un montón. Pedir por ella si vais, no os arrepentiréis.

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